COLUMNA

Más ciencia, no sólo hormigón

Finalizo la lectura del libro El científico rebelde, escrito por Freeman Dyson, y comprendo que precisamente ciencia es la palabra clave para salir del atolladero en el que nos encontramos, a pesar de ser muy poco utilizada por nuestros líderes salvadores.

Cada día nos desayunamos con la noticia de un nuevo y gigantesco plan de inversiones públicas, que las Bolsas aplauden con una intensidad tan brusca como efímera. Sin fuelle alguno, la economía mira sedienta hacia el maná que los Gobiernos nos ofrecen. Masivas inyecciones de capital a los bancos -que hasta ahora no han repercutido en la economía real- y megaplanes de inversiones en infraestructuras para intentar reanimar la actividad y alejar el fantasma de la recesión.

Ambas medidas nos parecen necesarias, pero claramente insuficientes. Corremos el riesgo de salvar a las entidades financieras al tiempo que ahogamos financieramente al tejido empresarial. Cualquier ayuda pública a una entidad bancaria debería conllevar un compromiso de liquidez para empresas y familias.

Lo de las inversiones en obras públicas como bálsamo de Fierabrás que todo lo arregla ya se conoce desde la época de Primo de Rivera. Es una medida efectiva a corto plazo, pero incapaz de generar por sí un tejido productivo saneado. Si están inteligentemente diseñadas, aportan una plataforma de competitividad y calidad de vida, aunque tienen un alto costo ambiental. Sus efectos son limitados. Si de verdad queremos superar esta pavorosa crisis, debemos poner las bases para una nueva revolución tecnológica. No pidamos al hormigón y a los tipos de interés lo que no pueden darnos. Giremos nuestros ojos hacia la ciencia, motor real del avance histórico de la humanidad.

Un ciclo económico se acaba. De hecho, se ha prolongado milagrosamente gracias a los incrementos de productividad regalados por la implantación de las nuevas tecnologías y el aire insuflado por un exceso de financiación cuya resaca ahora sufrimos. La industria pesada y la del automóvil pertenecen al siglo XX. Internet, las telecomunicaciones, la industria de la microelectrónica han sido los impulsores de la actividad a principios del XXI.

Schumpeter ya advertía que los grandes saltos económicos siempre cabalgaban a lomos de las revoluciones tecnológicas. El impulso de un nuevo ciclo económico precisa a veces destruir las bases del anterior. El petróleo destronó al carbón, el teléfono al telégrafo y la electricidad al vapor. Aún nos queda mucho trabajo en el campo de las tecnologías de la información, pero nuevos retos nos aguardan. Conseguir superarlos será el verdadero motor de otro ciclo prolongado de bienestar económico.

Debemos sustituir el petróleo como primera fuente de energía. Es caro, contamina y tiene un alto costo estratégico. Ya se está reabriendo el debate nuclear -tanto de fisión como de fusión-, pero debemos ir más allá. Las energías renovables aún pueden ofrecernos muchas alegrías, combinadas con el uso de las pilas de combustible y el desarrollo de hidrógeno como fuente de producción y acumulación de energía. España se ha consolidado como una de las potencias mundiales en materia de energías renovables. Son varias las empresas españolas que exportan tecnología puntera al resto del mundo, teniendo a EE UU como un mercado prioritario. El megaplán de Obama contemplará fuertes inversiones en energías renovables. Sin duda alguna, nuestras empresas saldrán favorecidas.

La biotecnología supone nuestro segundo gran eje de desarrollo. Sus aplicaciones en alimentación, sanidad, tratamiento de residuos y un largo etcétera pueden resultar espectaculares. Es reseñable la anticipación, por poner un buen ejemplo, de Navarra en estas cuestiones. Después de haber apostado durante años por las energías renovables, aborda ahora un plan sin precedentes para fomentar la investigación y el desarrollo del sector biotecnológico. Les irá bien.

Basten estos ejemplos para ilustrar nuestra tesis. El desarrollo siempre cabalgó sobre los lomos de la ciencia y la tecnología. Fomentémoslas por consiguiente. La Universidad deberá cambiar radicalmente su actual dinámica si de verdad quiere convertirse en actor principal de esta revolución. Precisamos de centros de excelencia, sean públicos o privados. Debemos impulsar ambiciosos consorcios de investigación. En Europa ya tenemos varios precedentes, como el de la tecnología espacial o el acelerador de partículas. Ha llegado la hora de ponernos manos a la obra. Como en otras ocasiones, será la ciencia la que termine superando la mayor crisis global.