COLUMNA

Proteccionismo, tributos y dólar

Los últimos movimientos de la economía estadounidense dan muestras de alejarse del libre comercio. El autor considera que este giro responde más a cuestiones electoralistas que a la preocupación por el bienestar de los ciudadanos

Las últimas dos semanas han llegado cargadas de malas noticias para el dólar. La Administración Bush decidió emprender la senda proteccionista y anunció la aplicación de aranceles a las importaciones de productos textiles chinos. Esta medida, aunque insignificante desde el punto de vista económico, y legal desde el punto de vista de la Organización Mundial del Comercio -dentro del proceso de entrada de China en la OMC se contempla la adopción de medidas como esta para facilitar el proceso- tiene un fuerte componente simbólico. Desde hace varios meses se está discutiendo en Washington la estrategia a seguir con los aranceles del acero y con la ley FSC/ETI, que otorga deducciones fiscales a los beneficios derivados de la exportación de productos estadounidenses. En ambos casos la discusión está estancada y varios países han amenazado ya con medidas compensatorias similares.

La decisión sobre los productos textiles chinos, que irá acompañada de una decisión similar sobre mobiliario, simboliza el giro proteccionista de la Administración Bush. En palabras de un alto cargo de la Casa Blanca, el proteccionismo ya no es un tabú en Washington. La razón es bien simple: los expertos de opinión del Partido Republicano han llegado a la conclusión de que el libre comercio no gana votos, más bien al contrario. Con el impacto de la entrada de China en el comercio mundial haciéndose sentir de manera cada vez mas palpable en el tejido industrial americano, la población americana reclama venganza contra el 'enemigo chino' que está 'robando' los empleos industriales. Y en año electoral, los políticos estadounidenses sólo piensan en su reelección. De hecho, la estrategia de la Casa Blanca parece ser que estas son las mínimas medidas necesarias para evitar males mayores: por ejemplo, varios senadores han presentado una propuesta para imponer un arancel del 27% a todas las importaciones chinas.

Si la guerra comercial derivara en reducciones de las compras de bonos, las consecuen-cias para EE UU serían nefastas

Las noticias desde el punto de vista de la política fiscal no son mucho mejores. A pesar de tener un déficit fiscal superior al 5% del PIB, esta semana se han discutido dos leyes, una sobre energía y otra sobre la reforma de las prestaciones de salud para los ancianos -Medicare-. La ley sobre la energía no avanza mucho en la protección del medio ambiente y está cargada de concesiones a los distintos grupos de presión, y la ley de reforma del Medicare, aunque necesaria desde un punto de vista de protección social, significa un importante aumento permanente del gasto.

Ambas políticas son inquietantes dada la precariedad de la situación macroeconómica estadounidense. No olvidemos que EE UU tiene un déficit por cuenta corriente del 5% del PIB, y que su financiación en estos momentos depende casi exclusivamente de las compras de bonos del Tesoro por parte de los bancos centrales asiáticos. No olvidemos que la economía estadounidense está todavía muy apalancada, y que por tanto es muy sensible a aumentos del tipo de interés. Si la guerra comercial derivara en una decisión de reducir las compras de bonos estadounidenses, las consecuencias sobre la economía serian nefastas. Como ejemplo, basta ver la reacción de los mercados el día que se anunciaron los aranceles textiles: el dólar se depreció un 2% contra el euro, el tipo de interés a diez años aumentó 10 puntos básicos, y la capitalización del mercado bursátil americano cayó 100.000 millones de dólares. Por otro lado, los tipos de interés a largo plazo se mantienen todavía bajos gracias a la política monetaria de la Fed, pero aumentar el déficit de esta manera es una estrategia arriesgada, sino claramente irresponsable, y el riesgo de un aumento drástico de los tipos de interés a largo plazo es muy alto.

Claramente, Washington tiene una visión de la política fiscal diametralmente opuesta a Bruselas, donde la batalla campal sobre el Pacto de Estabilidad se reduce a una diferencia de opiniones sobre el esfuerzo fiscal del 0,2 % del PIB, dentro de un contexto claro de reducción del déficit. La política estadounidense está claramente poniendo objetivos electoralistas de corto plazo por delante del bienestar del país. Los mercados se están empezando a plantear dudas sobre la responsabilidad de estas políticas, y el dólar pagará las consecuencias.