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Análisis
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

¿Por qué no se reduce el precio del petróleo?

Europa debe hacer políticas bajo el supuesto de que el coste del crudo y el de otros combustibles fósiles van a permanecer estructuralmente altos

petróleo
Amr Nabil (AP)

El precio del petróleo ha ejercido hasta ahora cómo una de las principales variables económicas que definían el desempeño de un país. Para los países exportadores, un petróleo alto significaba ingresos extraordinarios y posibilidades de desarrollo económico caído del cielo. Para los importadores, en cambio, un petróleo barato impulsaba el crecimiento económico, mientras uno caro llevaba a menores crecimientos e incluso a recesiones económicas.

Quizá esta es la principal razón de que en las últimas décadas haya existido cierto equilibrio en este precio, que a pesar de su carácter cíclico solía tender a un valor que era bueno para los productores, pero no excesivamente lesivo para los compradores. Este precio de equilibrio estuvo entre los 30 y 40 dólares el barril desde mediados de los 80 hasta mitad de la década del 2000, y sobre 50 o 60 dólares en la segunda mitad de la década pasada. Estos periodos de estabilidad se alternaron con crisis de distinta naturaleza: la crisis del petróleo de finales de los 70, la crisis financiera de 2008, y finalmente por la pandemia, los problemas de las cadenas de suministro y la guerra en Ucrania.

Entendiendo estas cuestiones, sorprende ver el precio del petróleo en niveles muy elevados desde el fin de los confinamientos de 2020. Estos precios no se corresponden con la demanda mundial de petróleo, cuyo máximo fue en 2019, ni con la capacidad de producirlo, ya que hay capacidad infrautilizada en los países de la OPEP+. La razón es sencillamente la voluntad de los productores de que esto sea así. Una de las cosas que hemos visto durante estos últimos tres años es que, cuando el petróleo comenzaba a caer, estos países pactaban una nueva reducción de la producción para mantener el precio del barril en el entorno de los 80 dólares.

El porqué de este cambio se puede intuir en unas declaraciones recientes de un responsable de la OPEP ante el último informe de la Agencia Internacional de la Energía (IEA). Esta agencia pronosticó recientemente que la demanda máxima de todos los combustibles fósiles, entre ellos el petróleo, se produciría durante esta década. Una previsión así es impactante viniendo de la IEA, tradicionalmente muy conservadora en lo que a prospectiva energética se refiere. Ante este pronóstico, la OPEP reaccionó con desdén, diciendo que la IEA respondía ante el interés occidental y que eso no sucedería porque el mundo necesitará mucho petróleo durante décadas.

El representante de la OPEP, quizá involuntariamente, expresó una cuestión geopolítica central: el interés de Occidente es, efectivamente, que el consumo de petróleo decaiga, porque Europa (excepto Noruega) no es productora de petróleo y los EE UU, aunque sí lo son, no es un país con excesivas reservas (es el primer productor mundial, pero el octavo país en reservas, por debajo de la mayoría de los países de la OPEP y de Rusia). El interés de los productores, en cambio, es que los ingresos del petróleo continúen el mayor tiempo posible.

En este conflicto geopolítico existe un tercer actor de enorme relevancia, al ser el segundo consumidor mundial de petróleo y quien prácticamente ha sostenido por sí solo el aumento de demanda de los últimos 15 años. Es China, que está transitando por una rápida transformación energética que se mira con escepticismo desde Occidente, pero que tiene características explosivas. Concretamente, la venta de vehículos eléctricos en el país sigue un crecimiento exponencial, con alrededor de seis millones de coches enchufables vendidos el año pasado, cifra que ya ha superado a estas alturas del año 2023. La cuota de mercado de estos vehículos roza el 40% y la especialización en este tipo de vehículos de las empresas chinas vislumbra que las cifras seguirán subiendo a toda velocidad.

Alrededor de un 30% del consumo de petróleo mundial se usa para vehículos ligeros. En China, además, los autobuses y los camiones también se están electrificando, y esto supone una enorme cuña potencial para la demanda mundial de petróleo. Algunas estimaciones indican que el pico de demanda de petróleo en China se puede dar ya este 2023. No hablamos solo de no contribuir al aumento de consumo de petróleo, hablamos de reducir.

La motivación de China va más allá de la lucha contra el cambio climático y la construcción de lo que llaman una civilización ecológica, es también una cuestión de dependencia. China no produce petróleo ni gas natural, y por soberanía energética es lógico sustituir la tecnología que usa estos combustibles por otra que pueda ser movilizada con fuentes de energía propias, como los vehículos eléctricos. La relación ambivalente de este país con el carbón también se explica en estos términos, pues es el único combustible fósil que pueden considerar recurso propio.

La tendencia a la electrificación del transporte es inevitable y afectará a la demanda de petróleo a muy corto plazo. En este contexto, mantener el petróleo por encima de su precio de equilibrio de intereses puede tener sentido ¿Intenta la OPEP maximizar los ingresos petroleros antes de que la demanda se hunda? Es una explicación plausible. Porque a diferencia de otras épocas, donde la demanda de combustible reaccionaba claramente al precio y los altos costes impulsaban medidas de eficiencia, que se abandonaban cuando el precio se normalizaba, ahora existe una sustitución tecnológica que no se puede revertir con petróleo barato. Vender lo más caro que puedas durante el tiempo que puedas parece la opción óptima.

Creo que Europa debe hacer políticas pensando que el precio del petróleo, y el de otros combustibles fósiles, va a permanecer estructuralmente alto. Quizá se vean oscilaciones naturales en su precio, pero las dinámicas que empujan a precios altos parecen claras. Conflictos como el que actualmente vivimos en Gaza son bombas de relojería geopolíticas que pueden catalizar subidas todavía más agresivas del precio, sobre todo si implican a países productores como Irán.

Afortunadamente, nuestras economías se han mostrado bastante más resilientes a los altos precios de los combustibles fósiles de lo que era habitual en el pasado. Tener la alternativa tecnológica en nuestra mano también nos debe ofrecer un horizonte optimista. Si dedicásemos a la transición energética la mitad de los esfuerzos que dedicamos a otras cuestiones, en una década nos podríamos liberar de gran parte de nuestra dependencia energética que tantos problemas y disgustos económicos nos ha causado en el pasado.

Pedro Fresco es especialista en mercados energéticos y colaborador de Agenda Pública

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