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A fondo
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La resaca del 23-J: reflexiones sobre tirios y troyanos

Entramos en una nueva dimensión donde parece que no hay límites: España nunca ha estado tan polarizada ni dividida en democracia real como hasta hoy

Resultados Elecciones generales 23J
El presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez (c), el cabeza de lista del PSN al Congreso de los Diputados, Santos Cerdán (d), y la presidenta del PSOE, Cristina Narbona (i), saluda a los militantes y simpatizantes socialistas que han acudido a la sede del PSOE, durante el seguimiento de la noche electoral de los comicios generales de este domingo en España. EFE/Rodrigo JiménezRodrigo Jiménez (EFE)

Nadie, absolutamente nadie podía prever el escenario poselectoral que el domingo dictaron las urnas: un país que puede encaminarse hacia un bloqueo, pero que también puede conformar uno u otro Gobierno en un marco de profunda inestabilidad y volatilidad. Nadie puede tampoco negar el derecho de Alberto Núñez Feijóo a ir a la investidura. Veremos cómo queda el recuento de los votos en el exterior y el disputado diputado en Girona. Cuando a mitad de recuento, derecha e izquierda, pues es pernicioso hablar de bloques, algo que inevitablemente tiene un matiz no disimulado de bloqueo, las fuerzas de cada signo estaban empatados a 160 todo hacía presagiar que el resultado no sería disímil. Y hemos llegado pues a ese escenario que solo en los libros teóricos del comportamiento electoral puede vislumbrarse.

¿Qué ha ocurrido? Exceso de optimismo, percepciones particulares, pronósticos exagerados, expectativas bien alimentadas, pero no contrastadas, pactos en las autonómicas y municipales, errores de campaña, falta de fuerza y valentía en arrojar propuestas, y un largo etcétera pueden reprocharse tirios y troyanos. Incluso la apelación al voto útil, pero ¿útil para quién? Se han dicho tantas y tantas cosas, negaciones, vetos, líneas rojas, pero lo cierto es que Pedro Sánchez es un auténtico superviviente, el último de los animales políticos que se conocen en el ruedo ibérico. Un ruedo que refleja y es espejo de la compleja realidad sociopolítica de este país. Gobernable, sí, pero a un precio excesivo, el precio de saciar el ánima y el trasfondo del regionalismo y el nacionalismo que crecen y encuentran parte de su razón de ser en esto mismo. Elipsis de la que no salen ni PP ni PSOE cuando les toca gobernar con ellos.

Algunos añoran las mayorías absolutas y aquel bipartidismo que en algún momento llegó a captar y retener casi el 93% de los votos. Quizá de los excesos y quiebras de aquellas absolutas hemos llegado a un paisanaje más fragmentado. Y por ello más complejo de gobernar. Pero Sánchez lo ha hecho. A su manera. Equidistante. Cambiante. Adaptado a cada circunstancia; sus circunstancias, ni siquiera las de su partido. Feijóo tiene un gran resultado. De eso no cabe duda. Pero la dulce derrota y la amarga victoria es algo de aquél Felipe González de 1996. El castigo electoral a Sánchez se produjo en mayo, pero en candidatos ajenos. La izquierda ha movilizado a buena parte de su electorado, y definitivamente en este país se vota contra. Se vota, en parte, con las vísceras. Se difama, se denigra al adversario, se acuchilla toda idea contraria. En ese guerracivilismo cuasi innato del españolito.

Sí, sorpresa. Porque los partidos no han sabido gestionar las expectativas, ni las positivas ni tampoco las negativas. Sorpresa que hemos sentido todos, al lado de cierta incredulidad y que nunca se debe dar nada por ganado ni tampoco por perdido. Más de 16 millones de españoles atrapados en la lógica perversa a veces de la aritmética, que tiene más de lógica que de perversa. Esa es la realidad. No hubo un masivo vuelco en la participación. Al contrario. Las grandes noches electorales, y la del domingo lo fue sin duda, vienen precedidas por un día de una participación mayoritaria y rayana al 80%. No fue así.

Si el descontento agudo que en mayo supuso un vuelco electoral hacia el Partido Popular era sinónimo de una percepción generalizada de fin de ciclo de Pedro Sánchez, qué ha llevado a creer que estas elecciones iban a suponer el fin político y electoral del actual presidente es una pregunta que estos días se están haciendo muchos, sobre todo los estrategas y cúpulas de algunos partidos. Qué ha fallado. Cómo ha sido posible. Y más cuando los ecos y altavoces mediáticos estaban encendidos a su máximo decalaje decibélico, donde se evidenciaban no pocos puntos polémicos y decisiones que harían caer a cualquier Gobierno. Y sin embargo, nadie mejor que Sánchez para capitalizar ese descontento propio hacia él. La geometría variable que acuñó uno de sus predecesores le ha servido; otra cosa es el peaje que se ha tenido que pagar, y puede que le sirva en una rocambolesca hipótesis de Gobierno si Feijóo no logra la mayoría necesaria para la investidura, si es que finalmente lo intenta y el jefe del Estado le encarga la formación de Gobierno, y deja finalmente vía libre a Sánchez y a la composición dificilísima de intereses y coaliciones de voto que tiene por delante.

España se puede bloquear políticamente, pero lo que queda claro que hoy parte de esa llave la tienen los partidos nacionalistas. También el PNV, que ha visto como le ha comido ahora y en mayo un terreno insospechado Bildu y se cuidará muy mucho a quién investir. Pero de todo hemos visto y vivido con PNV.

El mensaje del antisanchismo, y es triste acuñar algo con anti, no ha tenido la repercusión que algunos esperaban, al tiempo que la carencia o ausencia de propuestas definidas y en clave positiva no han cundido. Unos y otros buscarán culpas y culpables. Algunos harán lo que siempre han querido y hecho en política, afilar garras y segar la hierba bajo los pies al tiempo que afilan llagas. Hoy no hay nadie, ni en el PP ni en el PSOE, que puedan sustituir a sus líderes. Tampoco lo tienen mejor los otros dos. Es lo que hay. Lo que han querido las formaciones políticas y la forma de estructurar monolíticamente sus partidos.

Entramos en una nueva dimensión donde el límite parece que no va a existir. Gobierne quién gobierne tiene que conceder, pagar peaje. Y el camino, España, aquella polvareda orteguiana y aquél pretérito galope que ya no es ni será. Feijóo intentará la investidura, puede que sea investido, pero España nunca ha estado tan polarizada ni dividida en democracia real como hasta hoy.

Abel Veiga es profesor y decano de la facultad de Derecho de Comillas Icade

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