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Cómo el restaurante La Bola o la pastelería Escribà siguen en pie más de 100 años sin ayudas

Salvo excepciones, los establecimientos históricos no reciben apoyo económico. La falta de relevo generacional supone su final en muchos casos

Fachada esquinera del veterano restaurante La Bola en el centro histórico de Madrid.
Fachada esquinera del veterano restaurante La Bola en el centro histórico de Madrid.Manuel Casamayon
Marta Yoldi

Cumplir 100 años es todo un acontecimiento para una pequeña empresa. Superarlos y seguir con la persiana abierta, ya es heroico. No obstante, en ese caso se encuentran unos mil establecimientos repartidos por toda España, fundamentalmente comercios, restaurantes y tabernas.

Este tipo de negocios se enfrenta a más dificultades que el resto de su competencia “moderna”. Y, en contra de lo que pueda parecer, no reciben ningún tipo de ayuda por el hecho de mantener una actividad en un local más que centenario y singular para la población donde se ubica.

Las ayudas oficiales, las subvenciones y los consultores son para los negocios de nueva creación o para digitalizarse, no para comercios como el nuestro que lleva más de 100 años abierto”, lamenta Gerard Masachs, CEO de Escribà, empresa propietaria, entre otras, de una de las confiterías más antiguas y con más solera de Barcelona, Pastelería Escribà, en la Gran Vía, creada en 1906. En la década de los ochenta, la familia abrió otra pastelería, Escribà La Rambla, situada en la Casa Figueras, uno de los edificios modernistas de la Ciudad Condal.

Cambio de escenario pero igual lamento. En Vitoria, Cuchillería Ferreiro lleva funcionando desde 1880 en el mismo emplazamiento, un callejón de la céntrica calle Lehendakari Aguirre. “No nos apoya nadie”, asegura su dueño Ángel Ferreiro, cuarta generación al frente del negocio.Ni siquiera el fomento de elementos tradicionales, como hace el zaragozano comercio Bellostas, más que centenaria tienda (data de 1875) del centro histórico de la ciudad y dedicada a vender, entre otros muchos artículos, complementos de los trajes baturros, tiene apoyo económico, cuenta su propietaria, Isabel Bellostas, nieta de los fundadores.

El ser uno de los restaurantes más reconocidos del viejo Madrid, La Bola, tampoco es motivo de ayuda. “Yo no recibo ni un euro de ninguna Administración”, afirma Mara Verdasco, una de las propietarias del famoso establecimiento nacido en 1870.

Todos coinciden en que la longevidad de sus negocios se basa en su estricto sentido comercial. “Yo estoy dispuesta a vender de todo y a lo largo de mi vida he cambiado de artículos varias veces, he vendido desde bolsos, piel, juguetes y ahora souvenirs y hasta belenes navideños”, declara Bellostas, cuya última idea, los juegos de mesa, surgió durante la pandemia. “La creatividad es la que nos salva”, confirma Christian Escribà, quien añade que su empresa se adapta a todo lo que les pueda venir bien, como lo demuestra su última apuesta, el pop up La Roca Village, o el showroom pastelero, el primero de Europa, que instalan encima de la pastelería de Gran Vía, en lo que fue el domicilio familiar.

Los propietarios de este tipo de negocios aseguran que salen adelante gracias a su sentido comercial

“El beneficio que obtengo es por mi trabajo”, sentencia Verdasco, mientras que Ferreiro coincide en que levanta la persiana todos los días porque se esfuerza en realizar bien su oficio, “que es muy especializado, y que, como muchos, tiende a desaparecer”.

La falta de apoyos se suma a los inconvenientes, en la mayoría de los casos, de tener que mantener bienes tan antiguos. La Bola, por ejemplo, está protegido por la Comisión Institucional para la Protección del Patrimonio Histórico, Artístico y Natural (Ciphan), formada por representantes del Colegio de Arquitectos, del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid. Eso acarrea una serie de obligaciones para con el local.

“No puedes tocar el interior, ni paredes, ni decoración, ni nada de nada”, indica Verdasco. “Si hay una inspección de Sanidad y te obligan a tener más aberturas, por poner un caso, me tengo que gastar mucho más dinero que cualquier otro porque tengo que recurrir a artesanos. O si tengo que adaptarme a la normativa de movilidad de discapacitados es mucho peor”.

Interior de la pastelería Escribà La Rambla, situada en la Casa Figueras en la Rambla de las Flores en Barcelona.
Interior de la pastelería Escribà La Rambla, situada en la Casa Figueras en la Rambla de las Flores en Barcelona.

La misma queja expone Escribà: “La pastelería de Casa Figueras, donde tenemos alquilado el local, se levantó con artesanos modernistas que emplomaron cristales o pusieron mosaicos de principios de siglo. Cada vez que hay que reparar algo, sale carísimo, ya que incluso hay que traer algunos materiales de Italia”.

A su vez, están de acuerdo en que no quieren ser subvencionados porque sí, pero sí quieren sentirse más apoyados. “Voy a contar una anécdota que resume lo que pasa”, señala Ferreiro. “Cuando comenzaron las obras del Museo de las Víctimas del Terrorismo, aquí al lado, el impacto en mi cuchillería fue enorme y tuve bastantes desperfectos. El Ayuntamiento no me ha abonado ni una sola de las facturas que les presenté por los arreglos”. Masachs relata un episodio parecido. “El permiso municipal para reparar una avería en las tuberías de los baños de Escribà La Rambla tardó tres meses. No pedimos dinero, sino simplemente que no nos pongan trabas”.

Apoyos recientes

No obstante, algo está cambiando respecto a la apreciación de los establecimientos históricos, que no se tenía hace solo unos lustros. En los presupuestos para 2024 “hemos incluido una bonificación del 50% de la cuota del IBI a favor de los establecimientos centenarios que sean declarados de especial interés o utilidad municipal”, informan en el Ayuntamiento de Madrid. Para Mara Verdasco, “está bien, pero es insuficiente. Muchos propietarios de los negocios no son los dueños del local o del inmueble donde se sitúa, a muchos no les va a afectar. En mi caso, ahorraremos unos 1.500 euros al año. Yo oigo a muchos clientes europeos que vienen al restaurante que, en sus países, puede haber ayudas, a la contratación o al pago de impuestos, que les pueden hacen ahorrar hasta 100.000 euros anuales”.

El Govern catalán concede subvenciones a estos locales para su mejora y Madrid ha bajado el IBI

Otra acción reciente es la aprobada por la Generalitat de Cataluña. Se trata de “una línea de ayudas enfocadas a subvencionar cualquier inversión de estos establecimientos (los que entren en la definición recogida en la ley de Comercio de 2017 reformada hace poco para dar cabida al reconocimiento de los lugares comerciales históricos, centenarios y emblemáticos) enfocada a su mantenimiento o mejora. Así, los comercios beneficiarios recibirían una subvención de hasta el 50% de los gastos subvencionables con un tope de 25.000 euros. Este último año se han concedido ayudas por valor de cerca de 90.000 euros”, anuncian en el Departament d’Empresa i Treball del Govern catalán.

La tarea fundamental de las Administraciones públicas en materia de establecimientos con historia ha consistido y consiste en promocionarlos como un reclamo turístico de las ciudades en cuestión. Es particularmente destacable la labor en este sentido de las cámaras de comercio territoriales, aunque no todas la llevan a cabo. La Cámara de Comercio de Sevilla, por ejemplo, en colaboración con el Ayuntamiento de la ciudad, concede el distintivo “Establecimiento emblemático de Sevilla”, para el que se requiere el cumplimiento de hasta 42 requisitos.

Isabel Bellostas confía en la Cámara de Zaragoza, porque “a mis 82 años, sé que no tengo quién me suceda en el negocio . Pero la Cámara de Comercio ha creado una sección especial este año para que los emprendedores se interesen por las empresas con solera y estas tengan continuidad”.

Fachada de Bellostas, histórica tienda de Zaragoza.
Fachada de Bellostas, histórica tienda de Zaragoza.

La promoción turística de los negocios históricos es una iniciativa habitual de casi todos los ayuntamientos. Si cumplen con los requisitos, tienen cabida en páginas web, creadas para darles visibilidad, como elementos a tener en cuenta por los visitantes. Y otra iniciativa, esta ya más antigua, es la colocación de placas en las fachadas de los locales centenarios para informar de que se trata de establecimientos singulares y con valor histórico. “Sí, tenemos una placa”, explica el dueño de Pastelerías Escribà. “Bueno, está bien”, añade. Gerard Masachs, sin embargo, echa en falta otras medidas. “Serían necesarias ayudas fiscales, como por ejemplo, la exención de impuestos municipales a partir de cierta antigüedad o subvenciones a fondo perdido. Nadie premia la trayectoria centenaria”, comenta.

Muchas cámaras de comercio hacen promoción como elementos singulares de las ciudades

Para Ángel Ferreiro, lo esencial es garantizar la continuidad de los oficios que dan lugar a muchos de estos negocios. “Conmigo, que aprendí a base de ver a mi abuelo y a mi padre, se acaba Cuchillerías Ferreiro. Falta personal que se interese”.

El problema del relevo generacional está detrás de la desaparición de la mayoría de estos comercios. Es el caso de Sombrerería Alocén, ubicada en el casco viejo vitoriano, que cerró en 2021, tras 107 años de historia, al jubilarse su propietario.

Otro motivos de desaparición es la carestía de los alquileres de los locales. Una vecina del barrio de Justicia de Madrid, Paloma Alonso, comenta con nostalgia mientras señala un local del barrio: “En esta esquina existía una pastelería que abrió en el siglo XIX y que estaba en manos de la misma familia desde hacía décadas. Aquí compraban hasta mis bisabuelos. El interior es precioso y por lo menos se ha conservado, pero cerraron como pastelería tradicional por la subida del alquiler, según me contaron días antes del cierre”. La protección del edificio ha procurado la conservación de los interiores, que ahora albergan otra actividad.

Desapariciones y transformaciones

Cierre en Valencia. La capital valenciana acaba de perder hace unos días una tienda “de las de toda la vida”, Guantes Piqueras. Este comercio, que se encuentra, o se encontraba, en la plaza de la Reina ha echado el cierre después de 140 años de historia ininterrumpida, informa Ep. La propietaria del establecimiento Margarita Piqueras ha explicado en un vídeo colgado en redes sociales que “ha llegado el momento de deciros adiós. El motivo principal es mi cercana jubilación”. A ello se añade la falta de material. “Muchos fabricantes están cerrando sus empresas”, declara Piqueras en el citado vídeo.

Cambio en Oviedo. La transformación también forma parte del universo de los comercios centenarios, pero las hay radicales. Si no, que se lo digan a los habitantes de Oviedo que, en 2010, vieron cómo cerraban Almacenes Guisasola, otra tienda “de las de siempre”. El año pasado el local volvió a la vida, pero convertido en un restaurante japonés perteneciente a una cadena que tiene abiertos 17 por toda España. Al menos, las trazas a la vista del restaurante son aptas para los más nostálgicos de la capital asturiana.



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