Especial Formación

Acceso, movilidad y empleo

Aunque aún son el 1,3%, cada vez más personas con discapacidad optan a la universidad.

Carmen Bermúdez, profesora de Historia del Arte en la UCM, a su llegada a la facultad en taxi.
Carmen Bermúdez, profesora de Historia del Arte en la UCM, a su llegada a la facultad en taxi.

Accesibilidad universal. Desde hace ya tiempo, este ha venido siendo el compromiso social adquirido para procurar la integración de todas las personas con algún tipo de limitación, física o/y psíquica. Por todos entendido, pero quizás solo en su sentido más literal: acceso a cualquier lugar, priorizando así la eliminación de barreras arquitectónicas.

“Sin embargo, la inclusión no se consigue solo a base de rampas” explica Pilar Villarino, directora ejecutiva del Comité Español de Personas con Discapacidad, más conocido como CERMI. “Se deben ampliar conceptos e incluso cambiarlos, y hablar mejor de diversidad funcional, de acceso al conocimiento, de excelencia. Una nueva toma de conciencia necesaria, que se puede y debe fomentar desde la misma universidad, asumiendo ese liderazgo en innovación social”.

Hasta 2007 la legislación en materia educativa solo obligaba a determinadas adaptaciones curriculares en los niveles de primaria y secundaria. Fue en ese año, con la reforma de la Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Universidades (LOMLOU) cuando la exigencia se hizo extensible a los campus, incluyendo estudios superiores, lo que provocó muchos cambios: nuevos estatutos, y mucho trabajo y presión por parte de colectivos pro inclusión, como la plataforma de representación, defensa y acción de la ciudadanía española con discapacidad antes mencionada.

El perfil es un hombre que cursa Ciencias Sociales y Jurídicas; excepto en doctorado, donde hay más mujeres

“La reforma supuso el primer escalón para el cambio de paradigma que estamos viviendo, un proceso que convendría acelerar puesto que es muy grave que el 50% de los chavales con discapacidad abandonen en secundaria su formación. Esto pone en evidencia que el sistema de orientación no funciona, por lo que estamos tratando de mejorarlo, trabajando con estos profesionales para que haya un asesoramiento correcto”, indica Isabel Martínez, comisionada para Universidades de Fundación ONCE.

“Hay que fomentar tres frentes: acceso, movilidad y empleo. No podemos permitirnos que las multinacionales argumenten que no contratan a estos estudiantes porque no los hay; cuando además son perfiles que compensan sus supuestas limitaciones con talentos enormes. Ni tampoco que solo el 7% de este colectivo universitario haga prácticas, o que de los 50.000 españoles que aproximadamente van a Programas Erasmus, ellos no superen la treintena”, prosigue.

Para impulsar estas ideas en Fundación ONCE cuentan con varias iniciativas, entre ellas, su programa Campus inclusivo, campus sin límite, ya en su quinta edición. Durante 10 días lleva a estudiantes con discapacidad a las universidades para que prueben en directo y se animen a matricularse en ellas. También dispone de las becas Oportunidad al talento, que incluyen posgrado, máster y doctorado, así como propuestas de movilidad para potenciar los idiomas en otros países.

Diana González, que cursa tercer año de Estudios Ingleses en la UNED.
Diana González, que cursa tercer año de Estudios Ingleses en la UNED.

Todo es poco para revertir la tendencia, pues el último Observatorio Universidad y discapacidad, realizado por la consultora PricewaterhouseCoopers, presentado en 2014 por CERMI y Fundación Universia, constataba que “el número de estudiantes con discapacidad en las universidades va descendiendo según se eleva el nivel formativo” en palabras de Ramón Capdevila, director de esta última entidad.

Asimismo, el II Estudio Universidad y discapacidad realizado por esta fundación en las mismas fechas, cifra en un 9,2% a los universitarios con discapacidad que optan a estudios superiores tras la carrera. En cuanto al perfil predominante, subraya el de un hombre con discapacidad física que realiza estudios de Ciencias Sociales y Jurídicas, salvo en el caso de doctorados, donde hay más mujeres con preferencia por materias de Arte y Humanidades. Este año se reeditará este estudio, sin duda con mejoras, aunque no aún al ritmo deseado, como anticipan los expertos.

  • Mucho anonimato

Además, Fundación Universia ha analizado los servicios de empleo e inclusión laboral, que también la ley de 2007 requirió a las universidades, resultando chocante un dato: mientras el 95% de las instituciones declara disponer de un departamento, programa o persona encargada de la atención a los estudiantes con discapacidad, cerca de un 50% no ha recurrido a ello.

En las universidades consultadas, alegan que muchos alumnos así lo prefieren, “por puro desconocimiento del servicio, o bien porque deciden no desmarcarse, aunque al hacer la matrícula quedan contabilizados puesto que deben declarar si tienen discapacidad”, explica Mercedes García, delegada del rector para la Unidad de Apoyo a la Diversidad e Inclusión en la Universidad Complutense de Madrid, UCM, y añade “es una opción que respetamos completamente”.

“No se trata de atenciones nuevas, ni que surgieran justo con la reforma, hace más de 20 años se establecieron ya medidas de atención a la diversidad funcional para garantizar la igualdad; es verdad que muchas veces primando la integración antes que la inclusión, que es lo que concibe las diferencias individuales no como problemas sino como oportunidades, siempre por delante las capacidades” subraya Mercedes García.

  • Luchadores

Y aptitud precisamente es lo que han demostrado Clara Sánchez-Rebato y Rubén Antonio Gonzales, alumnos de la UCM. Ella cursa un máster sin que sea impedimento su silla de ruedas, que tampoco fue problema para viajar al Reino Unido con el programa Erasmus, y él, demuestra que su ceguera se puede paliar con un manejo virguero de las nuevas tecnologías.

Clara Sánchez-Rebato, en silla de ruedas, y Rubén Antonio Gonzales (con jerséi verde), con sus compañeros en la UCM.
Clara Sánchez-Rebato, en silla de ruedas, y Rubén Antonio Gonzales (con jerséi verde), con sus compañeros en la UCM.

“Son estudiantes que le dejan a uno boquiabierto. Hay que conocerlos para creerlo, porque no es ciencia ficción. Son autónomos, cañeros, luchadores, capaces, personas que ejemplifican que la noción de discapacidad ya es otra. Algo que tiene que seguir evolucionando, para aprovechar tanto talento”, comenta Mª Antonia Durán, de la Oficina para la Inclusión de la Complutense de Madrid; un campus cuya diversidad funcional se extiende a los profesores, aunque en mucha menor proporción, algo común a toda la oferta universitaria.

Hace tres años Carmen Bermúdez empezó a notar los primeros estragos de lo que le acabaron diagnosticando como la enfermedad neuromuscular ELA. Profesora de Historia del Arte en la facultad de Geografía e Historia, se confiesa inmersa “en un laberinto” y aplaude los nuevos protocolos con que cuenta la UCM, aunque considera que están “mucho más enfocados a los alumnos que al profesorado, aunque yo siempre he contado con todo el apoyo tanto de mi departamento como del decanato”.

Bermúdez se desplaza a impartir sus clases en taxi, y una vez que llega en la puerta le espera un voluntario de la universidad para acompañarla dentro. “Es un servicio que da mucha tranquilidad, y que me permite continuar con mi vocación. Pero no es solo una cuestión de buena voluntad, sino que hace falta todavía mucha empatía social e incluso un cambio cultural, para que, en lugar de recortar prestaciones en materia de dependencia, se proporcionen los recursos necesarios”, concluye.

A distancia o presencial, esa es la cuestión

Diana González, con discapacidad visual y física, quería estudiar idiomas, pero no tenía claro dónde. “Elegí una universidad al uso, pero con mis continuas citas médicas faltaba demasiado y me cambie a la UNED para seguir con mi grado de Estudios Ingleses. Aquí debo asistir solo dos días y es más llevadero”. Esta universitaria entra dentro del 38,2% de alumnos con discapacidad en la UNED, de 20.695 universitarios registrados, según la Guía de Atención a la Discapacidad 2016 (Fundación Universia). No obstante, desde 2014 se ve un alza del 7% a favor de los centros presenciales.

“Superada la fase de discriminación, estamos viviendo la de normalización, y de ahí que se vayan limando diferencias. Ni clasificaciones ni etiquetas, lo importante al tratar la diversidad funcional es identificar lo que se tiene, no las carencias, para ajustar bien los recursos y adaptarnos a las necesidades. Ahora, por ejemplo, a dificultades de aprendizaje como la dislexia y otras”, considera Tiberio Feliz, director del Centro de Atención a Universitarios con Discapacidad, UNIDIS, de la UNED.

También sabe del tema Silvia Arias, directora de la Oficina de Acción Solidaria y Cooperación de la Universidad Autónoma de Madrid, UAM. “La ley fija la matrícula gratis a partir del 33% de discapacidad (según un baremo que establece Sanidad), pero la atención se necesita independientemente del grado”, indica Arias. “Las hay más leves y otras que requieren mayor adaptación. Por ejemplo, un estudiante sordociego, discapacidades psíquicas en un 37%, muchos Asperger, o parálisis cerebrales. Para nosotros decir no, es un fracaso, por eso contamos con un servicio pionero de ruta, adaptado. Creo que nuestro plan de integración es una referencia y el tan premiado Programa Prodis así lo demuestra”, concluye Arias.