Viveros Villanueva, el negocio de plantas injertos de vid que surgió por la plaga de la filoxera
La centenaria firma navarra produce ocho millones de plantones al año y prevé invertir tres millones de euros para renovar sus instalaciones. Es un referente en el control de plagas y adaptación del viñedo al cambio climático

Su actividad surge por una plaga, la filoxera, que llegó en barco a Europa desde América a finales del siglo XIX y arrasó el viñedo europeo. “La solución fue buscar, a caballo por las montañas rocosas de México, variedades de la especie vitis americana resistentes a la picadura de este insecto. Se trajo ese material y lo que se hacía era injertarlo en la parte aérea de la planta, una vitis vinífera, donde brota la uva”, cuenta por teléfono Carlos Lucea Villanueva, director técnico de Viveros Villanueva y uno de los miembros de la cuarta generación al frente de esta pequeña firma navarra.
La importación de este parásito coincidió con el desembarco, también por mar, de otra enfermedad vegetal, el mildiu de la patata, que produjo la gran hambruna irlandesa en dicha época. Esta crisis en el campo europeo fue, sin embargo, el germen del viverismo en España. “Fue nuestro bisabuelo Leandro Fernández, un zamorano afincado en Navarra, quien inició la actividad”, prosigue Lucea Villanueva.
Si bien al principio solo producían y servían a los viticultores barbados (la parte subterránea) sin injertar, tras la filoxera, que se come todas las raíces de la vitis vinífera, el vivero se fue profesionalizando y especializando en el cultivo y la comercialización de plantas injertos de vid para las principales denominaciones de origen (DO) vitivinícolas españolas, hasta alcanzar una producción de ocho millones al año. Para ello, dispone de 4.000 metros cuadrados de naves agrícolas y un viñedo de unas 250 hectáreas.
Sus clientes superan los 1.000 anuales, entre bodegas y viticultores. “Algunos llevan tres generaciones con nosotros”, dice orgulloso. Y si antes era el viticultor o la bodega la que injertaba, luego lo comenzó a hacer el vivero, a medida que empezó a jubilarse la generación que conocía el oficio.

Evolución
Petra, hija de Leandro Fernández, y su marido Segundo Villanueva continuaron con el negocio, y fue el yerno de Fernández quien dio el nombre que ostenta hoy la compañía que factura 7,2 millones de euros y que prevé escalar a ocho en dos años. “En aquel tiempo, era una forma de ganarse la vida, no era habitual ponerle un nombre a una empresa”, justifica.
Cinco de los siete hijos de este matrimonio asumieron después el negocio familiar, con el 20% del capital cada uno. En la actualidad, están al frente seis primos, que son bisnietos del fundador. “Ha habido una transición ordenada y el reparto del capital se mantiene”, señala. Su crecimiento ha sido orgánico. “El abuelo [Segundo Villanueva] trabajaba en Navarra. Cuando se incorporaron sus hijos, entraron en las comunidades cercanas: La Rioja, Aragón, Cataluña, y hoy estamos en todas las regiones vitícolas”, detalla.

En 2008, con la cuarta generación ya al mando, se creó una estructura más profesionalizada, pero sin perder la identidad familiar, matiza Lucea Villanueva, y abrieron un laboratorio de I+D que ha revolucionado el negocio con los proyectos de sanidad vegetal y los servicios de asesoría personalizada. Estos se hacen en colaboración con bodegas, viticultores, universidades y centros de investigación, en función de sus necesidades. “Nuestro objetivo es entregar la planta lo más sana posible”, afirma.
Además, con la globalización y el cambio climático, las patologías se multiplican, de ahí la importancia de esta división. La enfermedad de la madera de la vid es la última en aparecer, llamada la filoxera del siglo XXI. “Son unos hongos que destruyen internamente los tejidos vasculares de la viña”, explica. O la bacteria Xylella fastidiosa, que también causa daño interno. “Vendemos una planta viva, un ser vivo, con una esperanza media de vida de 40-50 años y que puede verse afectada por plagas y enfermedades; la calidad es garantía fitosanitaria”, apostilla.

El menor consumo de vino en España empuja a la empresa al exterior
La crisis global en la que está inmerso el sector vitivinícola debido a la caída del consumo de vino ha empujado a Viveros Villanueva a la internacionalización. La empresa, que emplea a 32 personas (50 en picos de demanda), se ha lanzado a países de Europa del Este como Rumanía o Moldavia con el apoyo del Gobierno de Navarra. La intención es que el peso exterior alcance el 25% en los próximos cinco años desde el 10% actual.
“El impacto del cambio climático y los cambios en los hábitos de consumo han generado nuevas oportunidades para innovar. Las bodegas tienen que reorientar tanto la localización del viñedo como las variedades a plantar para adaptarlas a vinos rosados, blancos, espumosos, más fresquitos, o de menor graduación alcohólica”, indica Carlos Lucea Villanueva, director técnico de la empresa. “El problema es que los jóvenes no lo ven como un producto sano”, revela.
Este salto conlleva la renovación de su instalación, ubicada en el municipio navarro de Larraga. La inversión prevista es de casi tres millones de euros y se espera que las obras se inicien a finales de año. “Cambiamos la piel. Haremos un nuevo vivero con tecnología moderna, cámara de conservación, sala de producción aclimatada, certificación y eficiencia energética”, avanza.
