Europa es poca cosa para alcanzar soberanía tecnológica e industrial

La Unión quiere reforzar sus posiciones en energía, sanidad y defensa, compitiendo a varias bandas, y también con EE UU

Europa es un continente con dos tipos de países: los que son pequeños y los que todavía no saben que son pequeños. Esta síntesis del viejo continente en el contexto geopolítico ya la apuntaron los patronos que iniciaron la construcción de la Unión Europea después de la Segunda Guerra, y ha hecho fortuna creciente después entre los estudiosos de la geopolítica. No solo es pequeña, sino que cada ciclo histórico lo parece más, con un desplazamiento permanente en el último medio siglo, y acelerado en lo que va del actual, del protagonismo económico y político hacia el este, hacia Asia, hacia el Pacífico.

Europa es un auténtico museo arquitectónico que concentra los mayores flujos transfronterizos de intercambios comerciales y movimiento de personas del planeta por el diseño de un proyecto político de integración exitoso que arrancó con el Tratado de Roma; ha logrado que todos sus países socios se gobiernen democráticamente, como requisito imprescindible para entrar en un club que ocupa ya todo el continente; y acapara el 50% del gasto en bienestar del globo, una de sus señas de identidad social. Sí: es pequeña (ocupa el 2% del territorio global y acoge al 10% de la población del planeta), pero quiere poner freno al trasvase del protagonismo industrial, financiero y político que la globalización ha llevado hacia Oriente, con un esfuerzo desconocido por recuperar su soberanía estratégica.

Los líderes europeos pretenden recuperar el tiempo perdido para disponer de autonomía en materia industrial, tecnológica, sanitaria y de defensa, tras comprobar en los últimos años de crisis encadenadas que había perdido protagonismo en tales cuestiones, y que acontecimientos de diversa naturaleza podían poner en cuestión su propia existencia. El desequilibrio existe desde hace lustros, pero han sido episodios como el Brexit, la pandemia de Covid o la guerra de Ucrania los que han abierto los ojos a Europa sobre la realidad, tras años de progreso y aguas tranquilas, con una globalización que parecía ser la solución a todos los problemas tras la caída del muro de Berlín, que había simbolizado la división de Europa.

El primer pinchazo de la burbuja europea fue el Brexit, la primera operación que cuestionaba la unidad geográfica de la Unión Europea, tras años de goteo de nuevas adhesiones. Reino Unido siempre tuvo en Europa una forma muy insular de entender la integración continental, por considerar que suponía una pérdida de soberanía que no estaba dispuesta a ceder. Por ello, preservó la confianza ciega en el Banco de Inglaterra, quedándose al margen del euro, y defendía celosamente su marco jurídico; pero fue la gota malaya de la globalización la que sacó a los británicos del proyecto europeo, por un reducido margen de votos, eso sí, en una disparatada pirueta del partido tory al que se enganchó el labour con entusiasmo nacionalista.

El electorado británico, como el norteamericano y el entregado al populismo en el resto de Europa, había acumulado poco a poco agravios económicos y sociales con la globalización, que, entendían, solo beneficiaba a los países emergentes (China, India, Brasil…), con un desplazamiento de la producción industrial más cualificada hacia zonas con costes más baratos, y con la consiguiente pérdida de empleo cualificado y de elevadas rentas en las economías industriales.

La llegada en 2020 de la pandemia mortal de Covid genera una carrera desatada por encontrar la solución de forma individual (incluso en la Unión Europea, que corrigió después mutualizando gasto y decisiones), y advierte andando los meses de la desnudez de la UE en su industria, que había puesto en manos ajenas la fabricación de los más delicados componentes para activar las cadenas de producción. Otra vez, la globalización había debilitado las posiciones europeas y había fortalecido las asiáticas, con una ruptura de los flujos de suministro industrial que han desatado un grave episodio de inflación.

Y, por último, la bravata bélica de Vladimir Putin con la invasión de Ucrania, amparada en el irredento deseo nacionalista ruso de recomponer el imperio zarista y el bolchevique de los últimos siglos, explicita la preocupante dependencia energética del viejo y pequeño continente europeo de los gasoductos que atraviesan los Urales. Detrás de la ocupación ucraniana está también la intencionalidad moscovita de debilitar económicamente a una Europa que lidera la transición energética hacia las fuentes verdes para reducir la dependencia de la energía fósil que, como monocultivo, sostiene la economía rusa.

Tras esos tres episodios, Europa se mira al espejo y observa que no tiene liderazgo industrial; que las grandes empresas tecnológicas no están aquí, sino en EE UU y China; que tiene una lentitud desesperante para solventar sus dificultades; y que con una guerra en sus mismas puertas no tiene capacidad militar ni industria de defensa de la que echar mano, y debe encomendarse a la defensa sindicada de la OTAN, liderada por EE. UU. Para tratar de subsanarlo ya había puesto en marcha en 2020 un gigantesco programa de inversión de financiación mutualizada para modernizar las economías en los países de la Unión, con criterios que absorberían los diferenciales existentes con los gigantes americano y chino, y que devolverían la soberanía estratégica.

Semiconductores, baterías, industria solar y eólica, investigación tecnológica, química y defensa son áreas en las que pretende hacer un esfuerzo que costará años en dar resultados. Europa dejó estos espacios a América y a China, sobre todo a China, y se concentraba en actividades de servicios que tenían mejor, o más, valor añadido. Pretende ahora recuperar el tiempo perdido, y tendrá que competir incluso con el potentísimo programa de ayudas activado por EE UU (Ley de Reducción de la Inflación), de cerca de 400.000 millones de dólares, con el que este trata de recuperar su industria nacional, especialmente la energética ligada a la movilidad, en un ejercicio de neoproteccionismo iniciado por Trump y secundado ahora por Biden, que puede romper las reglas de la OMC. Varias empresas europeas, españolas también, ya buscan los incentivos promovidos por Washington, más agresivos y potentes que los europeos.

José Antonio Vega es periodista