La respuesta a la crisis: si estás en un pozo, no sigas cavando

La mejor forma de ‘intervenir’ en los mercados es dejarlos trabajar en libertad. Obstinarse en elevar las cargas a la empresa puede acelerar la recesión

Los gobiernos y los bancos centrales creen que esta es una crisis de un año y la solución más rápida que han encontrado es presionar a las empresas y pedirles que arrimen el hombro. Sin embargo, ante el tono y el tipo de las medidas en forma de impuestos, tal parece que se trata de colocar sobre sus hombros un peso añadido a las cargas que ya soportan por la inercia de la crisis.

En primer lugar, en todos esos sectores de la economía española, equipamiento y conservación de vivienda, transporte y ocio, restauración y turismo, el aumento de los precios superó el 5% interanual. Es cierto que las materias primas energéticas han moderado sus precios ante la perspectiva de una demanda global reducida, pero su coste se ha más que duplicado desde el último trimestre de 2020. Los precios de los alimentos y de los metales industriales acumulan incrementos del entorno del 40% al 20%, según los datos el Banco de España. Como consecuencia, los empresarios han sufrido encarecimientos continuados de los costes que han afectado, primero y de forma más acentuada, a la producción de manufacturas y, después, a los servicios. Por fortuna y cierta previsión, estas variables han actuado en un contexto de mejora de los mercados de trabajo y de una situación patrimonial de los hogares relativamente favorable en términos del nivel de ahorro agregado. Sin embargo, según los datos de la encuesta sobre proyección de empleo de ManpowerGroup para el último trimestre de 2022, los directivos prevén que este indicador avance solo un 2% entre octubre y diciembre, frente al 21% del tercer trimestre del año 2021 o al 33% del cuarto. Estos consideran que la desaceleración se debe "al incierto panorama que se dibuja por el precio de la energía, la inflación, los cuellos de botella en el suministro de algunas materias primas y con la invasión de Ucrania como telón de fondo".

En términos netos, la totalidad de las previsiones de contratación, aunque escasas, se concentran en las grandes empresas. En las compañías pequeñas (de 10- 49 trabajadores) y las microempresas (menos de 10 empleados) se anticipan contracciones netas del -2% y -5%, respectivamente. Por tanto, las empresas y sus trabajadores padecen la situación y no necesitan más cargas.

En segundo lugar, en la UE los hogares y las empresas ya soportan una factura energética adicional de unos 600.000 millones de euros (anualizado), o el 4% del PIB pagado a proveedores extranjeros de energía, según las estimaciones de Unicredit, lo que está reduciendo los ingresos reales de una forma que no se había visto en décadas. Esa factura se ha podido reducir gracias a las mejoras de eficiencia y cierres, y a que los gobiernos de la UE han proporcionado aproximadamente 350.000 millones de euros en diversas formas de apoyo.

Ese dinero de la energía no se queda en Europa o en España, se transfiere principalmente a Oriente Medio, Norte de África, Rusia y Noruega, cosa muy distinta a lo ocurrido en la crisis energética de 1970, cuando los "petrodólares" retornaban a los bonos del Tesoro de EE. UU. y algo a Europa. Esto pone de manifiesto la necesidad de un acuerdo internacional para establecer un tope al precio de la energía de quienes la producen y que se benefician de precios del gas unas diez veces superiores a los que predominaban durante los cinco años anteriores a la pandemia. Hay que recordar también que los precios de la gasolina en EE. UU., por ejemplo, apenas se han movido desde que Rusia invadió Ucrania. No se entiende, por tanto, el empeño en señalar a las empresas como responsables de la inflación ante la evidencia de los beneficios de los países productores, de manera que, como no puede ser por desconocimiento, tiene que ser por necedad. Mal consejera esta justo en un momento en que el comercio mundial entre empresas apunta a una disminución del 2% al 3% en el cuarto trimestre. Si ello se confirma, supondrá una caída anualizada del 8%. Obstinarse en más cargas puede acelerar una recesión y, según una vieja recomendación, si ya estás en un pozo, no sigas cavando.

En tercer lugar, si el BCE sube las tasas de interés al 2% o más durante los próximos seis meses y en Estados Unidos los tipos superan el 4% en abril de 2023, como una señal clara de que se asumen las consecuencias de la recesión y, dado que los efectos sobre la inflación de una subida de tipos solo se produce de forma completa a los dos años de la medida, el dinero va a ser más caro durante más tiempo del que se estima, al menos hasta 2024, pero no hay ninguna seguridad de que para entonces se decida bajar los tipos de interés para ayudar a salir de la segura recesión de 2023.

En ese contexto, habrá que ver en cuánto suben los costes financieros de las empresas (las estimaciones del Banco de España ven un alto impacto en las pymes), en qué proporción pueden estas reducir su factura de energía, hasta cuándo pueden aguantar sin repercutir en sus costes y sin cerrar su negocio y/o despedir trabajadores y cuánto del exceso de ahorro, que en la UE es de alrededor del 8% del PIB, se utilizará para suavizar el golpe.

En cuarto lugar, cuando la inflación general ya es alta, los salarios tienden a aumentar. Los trabajadores buscan salarios más altos para compensar la pérdida de su poder adquisitivo. El Fondo Monetario ha llegado a la conclusión de que, si la inflación subyacente supera al 4% (y en España era del 4,2% en julio) los salarios suben entre un 0,4 y un 0,6% durante el año en el que se ha producido el shock inflacionista, y menos del 0,2% si la inflación subyacente es inferior a ese 4%. También asegura el FMI que incluso en un entorno de alta inflación, los salarios se estabilizan después de un año, en lugar de seguir aumentando a un ritmo constante. Ese es uno de los motivos por los que se cree que, reconducido el impacto de la energía, en un año la inflación estará sometida y los tipos volverán a bajar. Es evidente que ese supuesto se basa en lo que ha ocurrido en el pasado, pero como la situación actual no tiene referencias para realizar estimaciones con cierta precisión, las proyecciones conocidas tienen un nivel predictivo bajo.

Obviamente, la “clase media y trabajadora”, modo oficial e ideológico con el que se enmarca ahora al conjunto de la población española, necesita dónde trabajar. El Estado no está en condiciones de ofrecer empleo, más bien obligado a analizar todas sus ineficiencias y adherencias, tal como se hace en el sector privado. Solo quedan, por tanto, las empresas y la mejor forma de “intervenir” en los mercados es dejar que trabajen en libertad, aplicar la norma médica por excelencia: evitar la “iatrogenia, o el daño al paciente por un intervencionismo excesivo”. Y por supuesto, frenar la narrativa de que las empresas se aprovechan de la situación. Es intelectualmente pobre y fácticamente falso.

 Carlos Balado es profesor de OBS Business School y director de Eurocofín