La guerra va a empobrecer al mundo un 7,4% al menos

Es la previsión del FMI de la tasa de inflación global para 2022, lo que supone la misma depreciación de la renta de los ciudadanos, siempre que no aumente a final de año ni tampoco sus ingresos

Efectos de la guerra en la economía Pulsar sobre el gráfico para ampliar

Desde hace unos meses, en muchos países se repite la siguiente escena: después de pagar en la caja de su establecimiento habitual de alimentos, la mayoría de los clientes leen y revisan el tique de su compra. Comprueban los precios, el porqué han pagado más por los mismos productos de siempre. El hecho es más que ilustrativo de los tiempos que corren.

La subida de la inflación, que empezó antes de que acabara 2021 y que ha tomado fuerza tras la invasión rusa de Ucrania, es la razón principal de la pérdida de poder adquisitivo que sufren los ciudadanos. Aunque no es la única.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) expone en su último informe sobre la economía mundial “ciertos desafíos” que contribuyen a la tormenta perfecta como son las sanciones a Rusia tras la invasión de Ucrania, que reducirán las exportaciones de petróleo un 30% y de gas hasta cero a finales de año; las secuelas de la pandemia con efectos muy desiguales según países, y la transición a una producción de bajas emisiones de carbono, que es vital para la supervivencia global.

La renta disponible de los hogares ha caído más desde 2020 que en la crisis de 2008

Sin embargo, el rápido aumento de la inflación, favorecido igualmente por los factores expuestos, es lo que empobrece más veloz e intensamente a la población. El FMI calcula que la tasa mundial en 2022 será del 7,4%, 3,6 puntos porcentuales más que en sus predicciones de octubre de 2021. Luego, el mundo será un 7,4% más pobre al acabar el año que en diciembre de 2021 y eso si la tasa no sube aún más.

Gregorio Izquierdo, director del Instituto de Estudios Económicos español, recuerda que la inflación la soportan de igual manera los hogares y las empresas en las que “las tensiones laborales están conviviendo con los precios elevados de las materias primas que necesitan para su producción”. El experto reconoce que el problema es grave porque “si el índice de precios al consumo sube un 10% y los salarios, un 2,5%, la pérdida de poder adquisitivo es de un 7,5%”.

El aumento de precios ha llegado a todo tipo de productos. Los hogares, que ya venían sufriendo desde hace meses el alza de la energía, se enfrentan al encarecimiento de bienes básicos como alimentación, vivienda y transporte, a los que habría que añadir en muchas familias también educación y que, por regla general, suponen el 50% del presupuesto. Un dato ilustra la situación: el 25 de febrero, solo un día después de la invasión rusa, la tonelada de maíz subió 100 euros su precio habitual.

Menor consumo

Una cliente paga un producto en una tienda de alimentación en Palma, el tipo de establecimiento donde más se nota la subida de los precios.
Una cliente paga un producto en una tienda de alimentación en Palma, el tipo de establecimiento donde más se nota la subida de los precios.

La consecuencia es que se consume menos de todo. La ropa y el calzado son de los artículos más afectados. “Desde que empezó el verano ya he tenido que rebajar los precios hasta en cuatro ocasiones y, aún así, me va a quedar un stock enorme de ropa y calzado de esta temporada”, señala Luis Arigorren, dueño de una tienda de moda femenina en el centro de Madrid. También el ocio. Paloma García Aguado, administrativa que percibe un sueldo medio, admite que en estas vacaciones de verano ha podido disfrutar de su segunda residencia, “pero sin salir a cenar o a tomarnos algo en una terraza”.

Otro economista, Raymond Torres, director de coyuntura de Funcas, asegura que los datos avalan esta sensación de empobrecimiento, “pues la renta disponible de los hogares ha caído un 3% en lo que llevamos de año. Si en 2020, debido a la pandemia, cayó un 5% y en 2021 no subió, aunque tampoco bajó, llevamos tres años sin que crezca la renta disponible de los hogares”. “Es peor que durante la crisis financiera que empezó en 2008”, subraya.

La OCDE urge a tomar medidas para evitar una crisis alimentaria

Pero no solamente se prescinde de compras o servicios menos necesarios, sino que ya se nota en muchos países la caída del consumo de alimentos básicos como fruta, aceite, carnes y pescados según apuntan las grandes cadenas de distribución.

El último informe sobre perspectivas económicas de la OCDE, publicado el pasado junio, es pesimista al respecto. “La guerra en Ucrania ha hecho desaparecer las esperanzas de ver pronto el final de la inflación observado en la economía mundial en 2021 y principios de 2022 a causa de cuellos de botella en las cadenas de suministro asociados al Covid-19”, expone el texto.

Los bomberos luchan contra el incendio provocado por un misil ruso en la ciudad ucraniana de Járkov.
Los bomberos luchan contra el incendio provocado por un misil ruso en la ciudad ucraniana de Járkov.

Dado que Rusia y Ucrania representan alrededor del 30% de las exportaciones mundiales de trigo, el 20% de las de maíz, fertilizantes, minerales y gas natural, y el 11% de las de petróleo, “los precios de estos productos aumentaron considerablemente tras el inicio de la guerra y, si no se toman medidas, existe un alto riesgo de crisis alimentaria”. La OCDE concluye que “la fuerte subida de los precios ya está socavando el poder adquisitivo y ello obligará a los hogares de menores ingresos de todo el mundo a recortar su gasto en otros artículos para poder cubrir las necesidades básicas de energía y alimentos”.

La pobreza de la población afecta incluso a países exportadores de materias primas como México, ya que su tasa de inflación anual alcanzó en agosto el 8,7%, la más alta desde diciembre de 2000, aunque algunos organismos privados la sitúan en el 10%. A pesar de que el Banco de España, en su informe de economía latinoamericana, predice que la prohibición de EE UU y la Unión Europea de importar energía de Rusia “puede beneficiar a economías más abiertas como Colombia, México y Perú”, lo cierto es que las rentas de los ciudadanos valen ahora un 8,7% menos.

Los precios de la energía, que ya habían crecido antes de la guerra de Ucrania, ahora están disparados. La energía contribuye a elevar la tasa de inflación, con todo lo que ello supone, pero por sí misma ya es un quebradero de cabeza para hogares y empresas. Un ejemplo de empobrecimiento lo encontramos en la próspera Alemania.

Antes del verano, y a causa de su enorme dependencia del gas ruso, el Gobierno federal advirtió a su población de que había que ahorrar “y ducharse con agua fría”. En este país, como en la mayoría de los de la Unión Europea, se han tomado medidas destinadas a consumir menos energía, como el apagado del alumbrado público o la regulación de los grados de los aparatos de aire acondicionado en verano y de la calefacción en invierno.

En un país de veranos calurosos como España, el precio de la energía (gas y electricidad) se ha convertido en un infierno para la mayoría. “Llevo todo el verano, desde mediados de junio, luchando contra el calor a base de corrientes en casa para no poner el aire acondicionado. La factura de la luz se ha triplicado respecto al verano de 2021, es imposible hacerle frente”, afirma María González, en cuyo hogar entran dos sueldos.

El invierno se afronta con mucho temor. Aunque el precio de la bombona de butano ha subido casi un 50% en relación a los primeros meses del año, la venta de estufas se ha disparado este septiembre, según un gran establecimiento.

Por último, no hay que olvidar que el alza de la inflación ha conllevado una subida de tipos de interés por parte de la Reserva Federal estadounidense y del Banco Central Europeo, lo que afecta en gran medida a la financiación ajena que muchos hogares y empresas necesitan. Pedir un préstamo a una entidad financiera va a encarecer la deuda contraída, especialmente la hipotecaria.

Hasta cuándo

La pregunta que se hace todo el mundo en estos momentos es hasta cuándo va a durar esta situación económica tan tenebrosa. La respuesta de los expertos es unánime: todo depende del conflicto en Ucrania, que tensiona los suministros y el precio de los alimentos y de la energía.

Sin embargo, hay lugar para cierto optimismo, según algunos expertos. Raymond Torres, de Funcas, reconoce que “la incertidumbre sobre la inflación es colosal, pero debería haber cierta moderación en el último trimestre del año por el descenso del precio del petróleo, por el de los suministros importados y por el freno a la cotización de los alimentos. Es una realidad que el origen de la inflación importada va remitiendo”. Para este especialista económico, “estamos cerca de pasar el pico, pero en los países de la OCDE, y más en Europa, en 2023 la tasa de inflación todavía estará alta, con el consiguiente deterioro adicional de la renta disponible”. Torres augura que también el año que viene seguirá la inflación elevada en Estados Unidos y en América Latina, “especialmente en los países que importan alimentos”.

Asimismo, Gregorio Izquierdo, del Instituto de Estudios Económicos, cree que a finales de este ejercicio “la inflación será menor y a un año vista se habrá superado”. No obstante, insiste en que “la gran contingencia es la guerra en Ucrania”.

“El alivio gradual de las presiones de la cadena de suministros y de los precios de las materias primas, así como el impacto de la subida de los tipos de interés, empezará a notarse en 2023”, explica la OCDE en sus perspectivas económicas para este año. No obstante, el organismo matiza que “se prevé que la inflación subyacente –la que no computa los precios de la energía entre otros componentes más volátiles– se mantenga en torno a los objetivos de los bancos centrales o por encima de ellos en muchas de las principales economías”.

La realidad es que la guerra que se libra en Ucrania ha elevado la tasa de inflación en países como Reino Unido, Alemania y Estados Unidos a niveles que no se alcanzaban desde la década de los setenta del siglo pasado. Es la misma conclusión a la que llega el Fondo Monetario Internacional (FMI).

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