El Banco Central Europeo y el final de la ‘barra libre’

Ciudadanos y empresas van a tener que participar en el peligroso juego de la ‘asfixia sin pérdida de conocimiento’, es decir, ralentización sin recesión

Llevábamos más de una década sin ver subidas de tipos en Europa y disfrutando del coste del dinero más bajo de la historia, cuando el BCE nos ha despertado del plácido sueño con un alza del 0,50% en la tasa de interés. Además, nos ha dejado claro que esto solo es el primer paso de un proceso largo de normalización monetaria, es decir, que nos van a seguir encareciendo la financiación durante los próximos trimestres.

Tanto ciudadanos como empresas van a verse obligados a destinar una parte mayor de sus recursos económicos a pagar créditos y préstamos, lo que provocará una menor capacidad de consumo e inversión, y, por tanto, un menor crecimiento económico. Y esto es precisamente lo que pretende el BCE, ralentizar la economía a fin de que remitan las presiones inflacionistas. El problema es que se trata de un ejercicio complicado, porque hay una línea muy fina entre fuerte ralentización y recesión económica. Es como si pretendiesen asfixiarnos un poco, pero que no perdamos el conocimiento, y ese es un juego muy peligroso.

Eso no quiere decir que esté en contra de que suban los tipos de interés para luchar contra la inflación, pero lo que sí es criticable es que hayan tardado tanto en darse cuenta del problema que estaban causando las presiones inflacionistas, y que ahora vayan a tener que recuperar el tiempo perdido concentrando las subidas de forma drástica y en un tiempo récord, porque cuando las cosas se hacen deprisa y corriendo, suelen acabar mal.

No debemos olvidar que el problema de la inflación no se ha presentado de golpe, sino que se lleva cociéndose a fuego lento desde hace años, empezando por un cálculo oficial que no refleja la realidad de los precios que pagamos los ciudadanos. Además, nos hemos querido autoconvencer de que es normal tener las tasas de interés en el cero por ciento e incluso en niveles negativos durante años.

Hemos mirado hacia otro lado cuando a raíz de la pandemia se articularon estímulos monetarios y fiscales que requerían incrementar la masa monetaria exponencialmente, es decir, crear dinero de la nada e inyectarlo en el sistema a presión. Pero todos sabíamos que cuando aumentas mucho la oferta de cualquier producto provocas una reducción de su valor, y eso es lo que hemos hecho con el dinero, aumentar tanto su cantidad que ha perdido capacidad adquisitiva, que es precisamente lo que significa la inflación.

El discurso que dio la presidenta del Banco Central Europeo sonó triunfalista, pese a que llevan trimestres fallando estrepitosamente con su política monetaria, negando el problema de la inflación, pese a que ha alcanzado cotas del 8,6%, cuando su único mandato es controlar la estabilidad de los precios. Aun así, Lagarde sacó pecho y habló de la unanimidad entre los consejeros al decidir subir los tipos en medio punto porcentual, y en el apoyo a la hora de lanzar una nueva herramienta, “instrumento de protección de la transmisión monetaria”, que han denominado por sus siglas en inglés, TPI.

Se trata de un programa diseñado para luchar contra posibles crisis de financiación de algunos países europeos, concretamente los sospechosos habituales: Italia, España, Portugal y Grecia. Lagarde pretende conseguir lo que ya logró Mario Draghi cuando era presidente del BCE durante la crisis periférica y lanzó el programa OMT. La idea es mostrar tanta superioridad y potencial fuerza en el mercado que nunca tengan que usar las herramientas disponibles.

Sin embargo, hay muchas diferencias entre lo que acontecía en 2012 y la situación actual. En primer lugar, hace diez años no teníamos un problema de inflación, y, por tanto, el BCE no estaba obligado a encarecer el coste de financiación. En segundo lugar, para cuando Draghi lanzó el programa OMT, el mercado de renta fija ya tenía las primas de riesgo por encima de 500 puntos y era más fácil provocar cierta calma entre unos inversores tremendamente estresados. Y, en tercer lugar, la deuda sobre el PIB de los países más afectados era casi un 30% menor de lo que es hoy.

Por último, merece la pena hablar de las condiciones concretas del TPI, ya que a priori parece una bazuca de potencial ilimitado, cuando en realidad su utilización está sometida a una condicionalidad severa. Hablamos de las condiciones económicas que deben cumplir los países que quieran beneficiarse de él, y que pretende evitar que se convierta en un mecanismo para financiar el despilfarro y la falta de disciplina fiscal de los miembros de la Unión Europea.

Sin entrar en detalles concretos, pero para que los lectores lo comprendan mejor, España no cumplió con esas condiciones desde el año 2012 hasta 2019, y a partir de entonces no es que las hayamos satisfecho, sino que con la llegada de la pandemia se eximió a todos los países de cumplir con sus obligaciones presupuestarias.

Por tanto, creo que nos enfrentamos a una segunda parte de año muy distinta a la primera, en la que tanto ciudadanos como empresas vamos a tener que jugar al juego de la asfixia sin pérdida de conocimiento, mientras el Gobierno juega otra partida distinta llamada control presupuestario en un entorno de tipos al alza.

Pablo Gil es estratega jefe de XTB