La debilidad del euro se impone en la agenda del BCE

La fragilidad de la moneda única probablemente alimente las divisiones en Fráncfort sobre el ritmo deseable de los aumentos de tipos de interés

La debilidad del euro se impone en la agenda del BCE

Que el euro caiga por debajo de la paridad con el dólar, [como sucedió ayer], marca un umbral simbólico para los observadores de la historia de la moneda única. Sin embargo, para la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, la debilidad de la moneda es tanto una crítica implícita a la política monetaria del banco central como otra fuente más de irritación.

La actual debilidad del euro puede verse primero como una indicación de la fortaleza del billete verde. La Reserva Federal de Estados Unidos ha subido los tipos de interés de forma agresiva, y la Administración del presidente Joe Biden se embarcó el año pasado en un estímulo fiscal masivo.

Pero la fortaleza relativa del dólar también es en parte obra del BCE. Al mantener su tipo de referencia bajo –está en menos 0,5% desde septiembre de 2019, antes de la pandemia–, el BCE ha animado a los inversores a deshacerse de los activos en euros en favor de rendimientos más altos en dólares. Y eso a pesar de que la inflación se estaba disparando, con un 6,8% previsto para este año.

Por mucho que recurra a la cantinela oficial de que no tiene como objetivo los tipos de cambio, el BCE no puede pasar por alto la debilidad actual. La vacilante moneda única no solo es mala para la moral y el prestigio de los gobernadores de bancos centrales y los ministros de finanzas europeos: también complica la lucha contra la inflación. Un dólar fuerte encarece las importaciones denominadas en dólares, sobre todo la energía y las materias primas. Por tanto, la debilidad del euro probablemente alimente las divisiones en el BCE sobre el ritmo deseable de los aumentos de tipos, y sobre si habría que empezar con una subida del 0,25% el 21 de julio, o algo más agresivo.

Hay un rayo de esperanza económico: la debilidad del euro favorece a los exportadores al hacer que sus productos sean más competitivos en los mercados mundiales. Pero con la economía mundial camino de la desaceleración y los problemas de la cadena de suministro que siguen obstaculizando el comercio, es poco probable que esa pequeña ventaja le haga la vida más fácil al BCE.