Inflación: a ver quién paga la segunda ronda

El poder adquisitivo se ha erosionado en más del 20% en los últimos siete años, y esto en un contexto en el que los precios no eran un problema

"Los acontecimientos, joven, los acontecimientos”, le dijo un anciano Harold Macmillan, primer ministro británico en las décadas de 1950 y 1960, a un joven reportero que le preguntó cuáles consideraba que en su larga carrera eran los mayores desafíos en política. Seguro que gobiernos y bancos centrales suscriben esa opinión. Los acontecimientos ya son muy conocidos y los desarrolla muy bien la Comisión Europea en su informe de primavera, sin embargo, los efectos de estos acontecimientos están infravalorados, al menos dos de ellos.

El primero es la desconfianza entre las autoridades y otras elites. No se fían unos de otros y sus decisiones están resultando divergentes, de manera que la población se ve muy afectada en la medida en que su distancia con quienes gobiernan y quienes mueven los mercados crece. Y la consecuencia es peligrosa porque, como decía el historiador Henry Thomas Buckle: “cuando el intervalo entre las clases intelectuales y las clases prácticas es demasiado grande, aquella no tiene influencia alguna y estas no cosecharan ningún beneficio”.

El segundo de esos efectos es el desbarajuste que se produce en el mercado laboral, sobre todo el español, con una clara tendencia a no mejorar. Se pueden analizar con más detalle. Las decisiones de los inversores no solo van por delante de las autoridades y de los acontecimientos, sino que los generan. Un indicador en el que se refleja esta afirmación es el índice VIX o indicador del miedo, como se le conoce. Creado en 1993 por la CBOE (Chicago Board Options Exchange), mide la volatilidad de los contratos futuros a 30 días que se hacen sobre el S&P 500. Un contrato a futuro consiste en comprar o vender una cantidad de bienes o valores a una fecha determinada (en este caso, a 30 días) a un precio fijado. Mediante esos contratos futuros, el VIX puede medir la variación que los mercados esperan que tendrá la Bolsa en los próximos 30 días. Este indicador se mueve de forma inversa a los índices: cuando la renta variable cae con fuerza, el VIX se dispara, y viceversa. Entre 0 y 20 puntos se considera una volatilidad reducida, los inversores tienen confianza y el S&P 500 está en tendencia alcista, aunque podría comenzar a revertirse; entre 20 y 30 puntos los inversores empiezan a preocuparse, lo que conduce a más volatilidad; entre 30 y 100 puntos comienza a existir pánico en el mercado. Cuanto más sube el VIX, peor tendencia se augura para las bolsas de todo el mundo.

Este año, este indicador empezó en 16 puntos y en menos de un mes saltó a 32, con un máximo de 36,4 puntos en marzo; luego comenzó a bajar hasta los 26,6 puntos a mitad de mayo. La volatilidad abre oportunidades a los inversores, de hecho, el S&P 500 ha generado una rentabilidad promedio en 12 meses de más del 15% si el VIX se situaba entre 28,7 y 33,5 puntos, y más del 26% si superaba los 33,5 puntos. Si el mercado y por tanto el VIX estaba inquieto por una tendencia alcista de la inflación, confirmada ahora por las autoridades económicas después de resistirse a entender los comportamientos de las personas en situaciones como esas, ahora, con la invasión rusa, está preocupado.

El segundo de los efectos aparece en el mercado laboral, en el que dos indicadores reflejan desequilibrios serios. El primero es el índice de miseria de Okun, que suma paro e inflación y alcanza niveles máximos en muchas economías mundiales. En España, con una tasa de paro del 13% y una inflación del 7%, el índice de miseria está en el 20%, lejos del 65% de Turquía y del 10% de Alemania. A esos niveles aumenta el temor al descontento social y a las protestas globales ante la subida de la inflación, y en un entorno donde el desempleo aún no ha bajado a los niveles de 2019. Este índice pone también de manifiesto el deterioro de la clase media y baja.

El otro indicador es la curva de Beveridge, que representa la relación inversa entre la tasa de paro, eje horizontal, y la tasa de vacantes, eje vertical, y proporciona información acerca de la eficiencia para emparejar demandantes de trabajo (empresas) y oferentes (trabajadores), y pone de relieve la paradoja que vive España: es uno de los países europeos con mayor tasa de paro, pero con más de 109.000 vacantes que no encuentran ocupante.

En síntesis, en las fases alcistas la demanda de trabajo aumenta y el desempleo se reduce, lo que significa moverse hacia arriba y a la izquierda por la curva de Beveridge. Sin embargo, cuando curva se desplaza a la derecha, refleja un mercado de trabajo menos eficiente.

España, Bulgaria y Grecia se posicionan como los tres países con menor tasa de vacantes de la eurozona, con un 0,7% del empleo total. El 4,9% de los puestos de trabajo en la República Checa se encuentran sin cubrir, el valor más alto de la UE, seguido de Bélgica (4,7%) y los Países Bajos (4,2%). Por el contrario, en España la tasa de desempleo supera ampliamente a la de vacantes y está muy sesgada a la derecha, una ineficiencia que podría ser representativa del desempleo por insuficiencia de la demanda o del desempleo tecnológico.

Con los datos expuestos es fácil pensar que vivir va a ser más caro en los próximos años, aunque no es una novedad. El sitio web de la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) tiene una calculadora del IPC. Si se toma como referencia febrero de 2022, se necesitan 12.000 dólares para comprar lo que costaba 10.000 dólares en enero de 2015. El poder adquisitivo se ha erosionado en más del 20% en los últimos siete años, y esto en un contexto sin inflación.

Ante el tirón de esta, el 61% de las empresas dice que va a subir los precios, según la encuesta empresarial de PWC. A la vista de todo lo anterior y dado el efecto rebaño en la economía, los efectos de segunda ronda se van a producir y a ver quién la paga esa ronda.

Carlos Balado es Profesor de OBS Business School y director de Eurocofín