Amistades peligrosas: la fatal dependencia de Rusia y China

Tras la guerra, la globalización seguirá, pero nada será igual. La industria deberá garantizar su futuro con menos ‘just in time’ y mayor pluralidad de proveedores

Es el nuevo telón de acero el fin de la globalización? ¿El fin del reparto global del trabajo? ¿Cómo saldrá el mundo de la economía de guerra? Para Alemania, que se ha beneficiado como ningún otro país de la globalización, la guerra actual es una catástrofe humana y económica. La dependencia alemana de Rusia, de la que importa por 4.000 millones de euros, es gravísima. ¿Cómo ha llegado a depender tanto de Rusia? se pregunta el diario Die Welt. Es la historia de un fracaso: la lista de los políticos alemanes que apostaron por el gas ruso no se limita a los ex cancilleres Gerhard Schröder y Angela Merkel. Rusia produce el 11% del petróleo mundial. Si Alemania renunciara completamente al gas y al petróleo rusos, tendría consecuencias dramáticas para la industria y para la población, y la inflación se dispararía a dos dígitos, según la patronal alemana. Las consecuencias para las cadenas de riqueza germanas serían desastrosas. El 95% de los bienes industriales precisan productos químicos, desde los coches hasta los medicamentos. Sin energía se paraliza toda la producción industrial. Alemania importa el 55% del gas, el 45% del carbón y el 42% del petróleo crudo de Rusia. Importó carbón por 330 millones solo en enero de 2022. De parar su importación, se apagarían las luces porque carece de terminales de regasificación de gas natural licuado.

Alemania despierta a la ilusión del orden global tras la Guerra Fría. La guerra de Putin ha acabado brutalmente con ese sueño y ha destapado también otra amistad peligrosa: su dependencia del mercado chino. Los consorcios automovilísticos alemanes viven de China. VW vende el 40% de sus coches en el gigante asiático.

Explica el experto de Süddeutsche Zeitung, Caspar Busse, que a los pocos días del ataque ruso a Ucrania, muchas fábricas de automóviles pararon porque “les faltaba una pieza importante aunque fácil de fabricar: los mazos de cables que comunican todas las funciones del salpicadero.“ Los cables vienen sobre todo de Ucrania, cuyas plantas proveedoras han cerrado por la guerra. “Es solo un ejemplo de la rapidez con la que ha afectado el conflicto bélico.“ Al mismo tiempo, las empresas alemanas se están apartando masivamente de Rusia. Están cerrando sus filiales y fábricas y se retiran de sus cooperaciones empresariales.

Los expertos coinciden en que en el futuro se seguirá apostando por la globalización porque implica bienestar y es positiva para la economía y el crecimiento económico mundial. No habrá autarquía; pero tampoco nada será como antes. El empresariado alemán ya se cuestiona todo lo que se daba por sentado en los últimos decenios y vira hacia nuevas fórmulas de producción. La pandemia ya delató la debilidad de las cadenas internacionales. La escasez mundial de microchips generó una crisis en varias industrias como la automotriz, la electrónica y las tecnologías de la información. Fabricantes como el consorcio VW sufrieron la dependencia de semiconductores de Taiwán y Corea del Sur.

Durante decenios la eficiencia productiva fue la máxima premisa. El proveedor debía suministar en el momento justo en el lugar exacto. Just in time era el concepto del fabricante japonés Toyota. Luego llegó el vasco José Ignacio López de Arriortúa, conocido como López en la Alemania de los noventa, quien introdujo en Volkswagen la optimización de la producción con su fórmula para reducir drásticamente los costes. El flujo global de bienes se intensificó y perfeccionó. Ya no se precisaban grandes existencias.

El economista alemán keynesiano Sebastian Dullien dice que la clave es que los Gobiernos no se olviden de lo que hemos aprendido durante los últimos dos años. Alemania y Europa deberán fortalecerse para aguantar choques externos. Eso significa, por ejemplo, traer de nuevo la producción estratégica a Europa, sobre todo la capacidad de fabricar bienes considerados importantes desde el punto de vista estratégico. “Tenemos que dar con un buen y valiente concepto de partida para movilizar una política industrial europea activa. Y por supuesto llevar la infraestructura europea, incluidas las redes digitales y las redes de fuentes de energía libre de CO2 y sin emisiones de gases de efecto invernadero, a los niveles que requiere el siglo XXI”.

Dullien, quien dirige el Instituto de Investigación de Macroeconomía y Coyuntura económica de Düsseldorf (IMK), opina que la hiperglobalización de los últimos años menguará. “Durante la crisis sanitaria muchos países se dieron cuenta del riesgo que supone depender de cadenas globales de suministro lejanas para productos y bienes que son básicos o estratégicamente importantes. Dichas cadenas de suministro son muy sensibles a choques y eventualidades de todo tipo. Al mismo se ha evidenciado que los ahorros en costes que suponen dichas cadenas no justifican ni compensan los perjuicios generados cuando algo sale mal”. Por esta razón, muchas empresas han anunciado que en el futuro importarán más productos semielaborados de Europa o directamente de Alemania. En el futuro veremos más cadenas de suministro regionales.

Por otro lado, el mejor lugar para producir determinados bienes no es siempre el más barato. Hay que tener en cuenta otros factores. Por ejemplo que en los lugares en los que se producen y desarrollan tecnologías claves se crea riqueza, se pagan salarios e impuestos, se avanza tecnológicamente. Si aceptamos que la producción de sectores importantes se traslade fuera de Europa, habrá que aceptar la pérdida de bienestar en la UE. Dullien cree que la política tendría que intervenir siempre que el mercado traslade creación de riqueza fuera de Europa de una manera desproporcionada.

¿Qué pasaría con Taiwán, uno de los mayores fabricantes de chips del mundo, en caso de estallar un enfrentamiento violento entre China y la provincia rebelde? Entre las profundas implicaciones internacionales está la cuestión de la garantía de seguridad en el suministro. Durante la epidemia no solo se vio que llegaban con retraso las piezas, sino que a veces no llegaban. La dependencia energética evidencia ahora el poder ruso. A ello se suma la profunda inseguridad que genera una economía de guerra.

En el futuro, la industria deberá garantizar su continuidad con menos just in time y con mayor pluralidad de proveedores. Europa deberá fabricar piezas esenciales. Por cierto, la dependencia occidental es ahora nefasta; pero esa misma interdependencia global podría ahogar pronto a Putin. Según el laureado economista Nobel Paul Krugman, dos terceras partes de las importaciones de Rusia son materias primas, productos semielaborados y bienes de equipo. Los aviones rusos no podrán pronto volar sin piezas que les llegan de fuera. Sus compañías aéreas no reciben ni repuestos ni equipamientos ni asistencia técnica. Rusia no es autarca. Y Putin pensó que sus reservas monetarias le alcanzarían para eludir las sanciones. Pero ahora sus reservas apenas le sirven de nada. Occidente ha congelado sus reservas: 630.000 millones de dólares en reservas del Banco Central ruso en el extranjero en divisas foráneas. Pero el sistema Putin respira todavía con los ingresos por energía

Lidia Conde es analista de economía alemana.