Una nueva globalización

Una competición subterránea se está desarrollando para atraer gigafactorías de semiconductores o de baterías eléctricas a las economías avanzadas

Hace unos meses, Corea del Sur anunció un plan de inversiones de 450.000 millones de dólares, en diez años, para desarrollar uno de los mayores ecosistemas de fabricación de semiconductores del mundo. Recordemos que Corea del Sur es un país comparable en dimensiones a España, con un PIB y una renta per cápita similares a las nuestras. Es solo una muestra más de la avalancha de noticias sobre gigainversiones tecnológicas que los países líderes están anunciando.

Hemos entrado en una era de hipercompetición tecnológica. El Covid ha sido una gran máquina del tiempo, que nos ha proyectado diez años hacia el futuro en digitalización, pero nos ha devuelto a 1945 en geopolítica. Una II Guerra Fría se ha desatado, esta vez entre EEUU y China, que se va a dirimir en el campo de la alta tecnología. Un anticipo fue el veto de Donald Trump al despliegue de redes de comunicación 5G de Huawei.

En 1945 una carta de Roosevelt a su consejero científico, el Dr. Vannevar Bush, originó el icónico informe “Science: The Endless Frontier”, que inició la carrera tecnológica que ha sustentado el liderazgo económico y geopolítico norteamericano durante 75 años. Justo al llegar a la presidencia, Joe Biden envió también una carta a los presidentes de las principales universidades de su país (entre ellas, Harvard y el MIT), subrayando la necesidad de relanzar la ciencia y la tecnología americanas como base de su prosperidad económica, de su salud y seguridad nacional, y como instrumento que permite combatir y mitigar los grandes problemas humanos (entre ellos, el cambio climático o las pandemias). A continuación, propuso un plan masivo de reformas, un renovado New Deal que contemplaba un paquete de 325.000 millones de dólares en I+D y digitalización; 50.000 millones para investigación estratégica en campos como los semiconductores, la biotecnología o la supercomputación; 40.000 millones para nuevas infraestructuras de investigación. Y más de 100.000 para el despliegue del vehículo eléctrico.

Biden, en el fondo, relanzaba una carrera por la supremacía tecnológica ante los avances de China, quien, a diferencia de la Unión Soviética, pone su tecnología al servicio de la economía, y esta al servicio de la tecnología. La nueva era de hipercompetición tecnológica es una era de grandes números y de apuestas contundentes. Basta decir que China pretende volcar 100.000 millones en I+D en el hub tecnológico de Shenzhen. ¿Nos imaginamos a qué nivel de intensidad tecnológica van a llegar en ese Silicon Valley asiático? Justo esa cantidad es la que ha anunciado TSMC (Taiwan Semiconductores Manufacturing Company) para actualizar sus cadenas de suministro globales. Las gigainversiones se palpan también en las dimensiones y los esfuerzos en I+D que realizan las grandes corporaciones tecnológicas, que ya dominan la cima de la economía mundial. El valor financiero combinado de Apple y Microsoft ya supera el PIB de Japón. El valor de Tesla se acerca al PIB español. Amazon declara invertir 40.000 millones anuales en I+D (para tener una referencia, el esfuerzo en I+D de toda la economía española es de solo 18.000 millones).

La globalización ha mutado. De un modelo donde la fuerza conductora era la externalización de actividades por coste, estamos asistiendo a una nueva globalización dirigida por la atracción de actividades de innovación. De un paradigma geoeconómico marcado por el fundamentalismo de mercado (“la mejor política industrial es la que no existe”), a un nuevo paradigma tecnonacionalista, donde los países compiten por atraer y concentrar inversiones en I+D e industria avanzada. No en vano vemos como países como Alemania o Italia inician conversaciones con empresas como Intel o TSMC para generar hubs locales de fabricación de semiconductores, en un momento en que EEUU también ofrece incentivos a Samsung o TSMC para instalar fábricas de chips en Texas. La Chip Act de Biden contempla ayudas por 53.000 millones de dólares a la investigación y producción de chips en EEUU. No olvidemos que una fábrica de semiconductores es una gran instalación, comparable a una central nuclear, que precisa inversiones de alrededor de 20.000 millones, y que las empresas fabricantes se van a ubicar allí donde encuentren mejor calidad institucional, talento innovador, fiscalidad favorable e incentivos a la I+D. Una competición subterránea se está desarrollando por la atracción de gigafactorías de semiconductores, o de baterías eléctricas, a las economías avanzadas. Esas gigafactorías van a determinar la nueva geografía industrial de los próximos años, y garantizarán la prosperidad de los territorios que las acojan por varias décadas.

Europa debe ser el tercer agente en juego, entre EEUU y China; y es consciente de ello. Los fondos Next Generation suponen una propuesta masiva de transformación digital y ecológica. Thierry Bretón, comisario europeo de industria, propone que Europa alcance el 20% de la producción mundial de semiconductores en 2030. Europa cuenta con alguna de las economías más innovadoras del planeta (como Alemania), y puede jugar la liga de la sostenibilidad: la economía del futuro será sostenible o no será.

En este contexto, este mes de noviembre hemos conocido las últimas estadísticas de I+D de la economía española, correspondientes a 2020. Aunque hemos pasado del 1,25% al 1,41% en I+D sobre PIB, este avance se debe más a la caída del PIB español a causa de la pandemia (alrededor de un 11%), que al incremento de la inversión (solo un 1,3%). Crecemos en el índice más por reducción del denominador, por destrucción de actividad productiva no innovadora, que por crecimiento del numerador. Cifras que se nos antojan muy preocupantes, especialmente cuando vemos que países líderes como Israel llegan al 4,9%, Corea del Sur al 4,6%, Alemania al 3,2%, o la media de la OCDE es del 2,4%, y todos, como hemos visto, se rearman con nuevas y vertiginosas inversiones. Los fondos Next Generation constituyen una gran esperanza. Que no nos defrauden.

 Grupo de Reflexión de Ametic