El año de la necesaria recuperación

El virus nos ha enseñado la carta deflacionaria, sobre todo desde China, pero también que esta ya no es la fábrica del mundo a la que confiar toda la producción

Deberá ser 2022 el año de la recuperación económica, del crecimiento. De la salida hacia delante y volver a ratios prepandemia. Pero también será un año de volatilidades, de tensiones geopolíticas, de escaladas de precios. De contracción en algunos ámbitos acompañada en ciertos sectores de desindustrialización, esta ya anunciada y espoleada en los últimos meses significativamente en algunas regiones sobre todo en el sector de la automoción, energético e industrial, también en el resto del Estado. Algunos solo harán especial énfasis en la reforma laboral, una reforma a medias incluso en el discurso teórico. Acotar la precariedad no es solo un triunfo y una necesidad, sino una respuesta global. Véase el espejo estadounidense y donde el cambio de rumbo llevará, quizá, quién sabe, hacia un impulso del emprendedurismo. El tiempo dirá el coste o precio final de un cambio incipiente de paradigma.

 

2022 nos trae una fuerte ratio de endeudamiento, por muy barato que este sea respecto a épocas pretéritas. Donde la inflación y la presión inflacionista golpea de nuevo convirtiéndose en un riesgo serio para el crecimiento sólido, donde la vivienda no deja de subir como tampoco el precio del alquiler, o el precio desbocado de la luz y la energía en general más allá del debate estéril ahora mismo en la Unión Europea de si la nuclear es o no energía verde hasta una fecha delimitada. Hacen falta más ideas. Pero de las buenas. No solo fuegos artificiales. La pandemia no está erradicada, creímos en 2021 superarla, pero la bofetada última de realismo nos ha dejado a medias. Inflación y omicrón y otras variantes amenazan precisamente una recuperación ascendente y lineal. El PIB mundial crecerá, pero probablemente no alcance el 5%, aunque no será idéntico para unas y otras economías, emergentes y desarrolladas. Ya no hablemos de las que ni siquiera entran en esa dualidad.

2022 nos dará una radiografía muy nítida del nivel de solvencia de nuestras empresas, tiempo ya donde las moratorias concursales desaparecerán, con un nuevo texto refundido concursal para mediados de año, donde las ayudas públicas y los fondos next generation –y sería un error si no llegan a las pequeñas y medianas empresas sobre todo–, marcarán el rumbo definitivo de la economía española.

Se acabaron los meses de precios bajos, por lo menos los primeros del año, incluso de inyectar dinero a la economía. Sin freno ni cortapisa. Será un año donde sabremos en verdad si es cierto o no el riesgo de un desabastecimiento de la economía, del colapso del transporte mundial, sobre todo, las grandes rutas marítimas, del encarecimiento de los costes de producción y la logística. Si en verdad volveremos a producir en nuestros países y dejar de depender absolutamente del gigante chino.

Pero todo esto solo el tiempo lo dimensionará a lo largo de doce meses con un riesgo incierto, sobre todo, el virus. Virus que lastra la economía. Que la ha condicionado e incluso enclaustrado en un cuello de botella cuasi perfecto. La inflación y la subida de precios, especialmente energéticos, es un buen reflejo al que se anuda fallas impensables en la producción, sobre todo en lo tecnológico, en chips y semiconductores que han paralizado sectores enteros fabriles o industriales. La dependencia de los componentes, especialmente en Europa, debe hacernos recapacitar si volver a producir por nosotros mismos, lo que ha de redimensionar el alcance desbordante de la otrora deslocalización sin freno hacia Asia. El virus nos ha enseñado la carta deflacionaria, sobre todo desde el gigante asiático, pero también que este ya no es la fábrica del mundo en la que confiar toda producción y bienes de consumo.

Somos un país envejecido, como a la vez un continente sumamente envejecido y sin resolver la crisis migratoria y una necesaria población joven migrante para nuestras economías y sociedades. El cóctel es perfecto, sobre todo si a mediados de año vuelven las bajadas de precio, se controlan los costes energéticos, sobre todo de la luz, se crea empleo más estable y suben los salarios como espoleta para el crecimiento del consumo. La verticalidad es si las empresas aguantarán esas subidas y todo dependerá en último extremo si el dinero comunitario no solo llegará sino, sobre todo, se empleará, por una vez de un modo eficiente y en sectores revulsivos. El juego de la oferta está ahí, como amenaza frente a una demanda desbocada.

Los gobiernos aún tienen margen, especialmente en una inteligente política fiscal y de recortes y reducciones que reactiven no solo la confianza, sino que ayuden a bajar el precio de la luz y el gas. Falta mucho para alcanzar óptimos umbrales de una economía verde en la energía. Y los costes de la misma irán, ab initio, in crescendo. Tardaremos tiempo en equilibrar esa balanza y obtener rentabilidad y ventajas.

Pero 2022 será un año empeñado además por la tensión política, visceral y vacía. Con discursos catastrofistas de un lado, triunfalista de otros, pero todos llenos de la misma vacuidad y lisonjas a modo de proclamas evanescentes sin pulso ni timón. Es necesario arrimar con inteligencia el hombro, la estrategia, las ideas y llevarlas a cabo. Algo que se antoja sumamente difícil en un país empeñado en cabalgar una y otra vez a lomos de mula vieja en medio de una batalla goyesca que no conduce más que a la fractura y la debilidad.

Es el año de una ansiada, necesaria y esperada recuperación. Veremos el coste para los más débiles y sobre todo, para quiénes viven en umbrales de pobreza o sin eufemismo, en la pobreza misma en un país que se tiene y tuvo casi siempre por rico. Ojalá por una vez triunfe algo la inteligencia.

Abel Veiga es Profesor y decano de la Facultad de Derecho de Comillas Icade