La factura de la pseudonormalidad, elevada pero ineludible

Poco que decir sobre las cantidades ingresadas por las farmacéuticas por las vacunas, a las que sí cabría exigir facilidades para que lleguen a los países pobres

El confuso panorama de variantes, restricciones, pasaportes y contagios impide ver con claridad el cambio tectónico que han producido las vacunas en la lucha contra pandemia. Algunos números: el pico de contagios de enero se alcanzó el día 15 con 39.000 en 14 días. Dos semanas después España registraba 1.800 fallecidos semanales por coronavirus. El pico de la ola veraniega se alcanzó el 20 de julio (32.000 en 14 días) y la cifra de mortalidad en una semana es inferior a 350 personas.

En la ola de enero España estaba sujeta al estado de alarma, con confinamientos, toques de queda y nula movilidad social; esta primavera han abierto restaurantes y discotecas, y han vuelto los atascos en hora punta. Las vacunas no solo han reducido drásticamente la mortalidad de los contagiados; también el ritmo de contagios, permitiendo la vuelta de las sociedades a una relativa normalidad.

Obviamente, esta cierta normalidad llega también a las variables macroeconómicas y a pie de calle. Desde finales de diciembre se han creado 335.000 puestos de trabajo en España, según las series desestacionalizadas de la Seguridad Social, y la economía crecerá este año en el entorno del 6%, de acuerdo con las previsiones oficiales. Esta salida del pozo, común a todos los países desarrollados (que son los que tienen dinero para aprovisionarse de vacunas e infraestructura para inyectarlas masivamente) habría sido imposible sin vacunas.

¿Son muchos 23.000 millones? Seguramente. Y bien pagados están. Las economías han levantado cabeza al ritmo marcado por las pautas de vacunación. La quinta ola provocada por la más contagiosa variante delta ha emborronado el cuento, pero es lo que cabe esperar: la selección natural perfecciona el virus mientras la vacunación limita su impacto.

Es el camino que seguir. El único, de hecho, mientras no haya tratamiento efectivo, más allá del ruido que a este respecto se emita desde la ignorancia, la mala fe o el egoísmo. Las alternativas son o bien una prolongación indefinida de las restricciones (que solo regímenes autoritarios pueden sostener) o bien una factura humana que queda fuera de la ecuación. Poco que decir, pues, sobre las cantidades ingresadas por las farmacéuticas, a las que sí cabría exigir, no obstante, las máximas facilidades para que las vacunas lleguen a los países pobres. El virus no distingue fronteras, y cuanta más rápida e intensa sea la inmunización, menor será la circulación del virus y menores las probabilidades de que nuevas variantes interrumpan la vuelta a algo parecido a la normalidad.