A fondo

El fracaso colectivo de la vacuna española contra el Covid-19

España se ha mostrado como la única potencia mundial incapaz de llevar a ensayos clínicos una solución frente al SARS-CoV-2. La escasa industria patria no ayuda

Diana Morant, ministra de Ciencia, a la llegada a La Moncloa para su primer Consejo de Ministros en julio.
Diana Morant, ministra de Ciencia, a la llegada a La Moncloa para su primer Consejo de Ministros en julio.

Este fin de semana se ha conocido que la Agencia Española del Medicamento y Productos Sanitarios (Aemps) frena la aprobación del ensayo clínico o prueba en humanos de la primera vacuna española contra el Covid-19 que lo intenta, liderada por el investigador Mariano Esteban. Nada reprochable contra el equipo del CSIC. Entra dentro de la normalidad este tipo de parones o fallos en el avance científico. Lo que es un fracaso colectivo es que España sea la única potencia económica mundial que no haya conseguido avanzar hasta ahora con una solución propia de inmunización frente al SARS-CoV-2 al menos en ensayos clínicos.

Si fuera por la industria farmacéutica patria y por el sistema científico español no habría vacuna disponible y el coronavirus seguiría campando por sus anchas. Decenas de países han logrado pasar de las pruebas con animales a humanos, incluidos algunos territorios ajenos a la élite científica como Cuba, Tailandia, Vietnam, Kazajistán o Indonesia. Desde luego lo han logrado todos los países homologables a España en PIB y población. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recoge que hay 108 de estas vacunas en estudios con humanos. Repito, ninguna española. Sin contar que desde diciembre del año pasado ya hay 22 vacunas autorizadas (que han superado los ensayos) y en uso en al menos un país, según recoge Unicef en su Covid-19 Vaccine Market Dashboard.

En el caso de las vacunas, ha habido un discurso chovinista desde hace meses por parte de responsables gubernamentales y de los propios científicos afirmando que aunque la vacuna española se retrasase no pasaba nada, que lo importante era estar en la carrera y que la solución patria sería mejor, “de segunda generación”, llamaban. Pues ni segunda ni tercera, decenas de multinacionales ya trabajan en las futuras alternativas con el complicado reto de superar a dos opciones que han demostrado una eficacia del 95%, la de Pfizer/BioNTech y la de Moderna. Por supuesto, sin rastro de alternativa española. Se ha visto que el rey va desnudo y nadie ha querido reconocerlo.

España comúnmente tiene el vicio de ser despiadadamente autocrítica, pero curiosamente no lo es con su ciencia. Es habitual escuchar que los investigadores españoles son excelentes y es la falta de recursos lo que falla. Frecuentemente también se oyen lamentos de que los científicos tengan que irse fuera. El problema no es que se vayan al exterior, ya que cualquiera de ellos tiene una obligación de formarse allá donde estén los mejores de su especialidad sea en Alemania, Reino Unido o EE UU, sino que se tengan que ir porque la ultraprecariedad patria no sea capaz de atraer jóvenes talentos.

Si España quiere dar un salto en calidad tiene que atraer talento, sea nacional o internacional

Pero no seamos cortos de miras. Si España quiere dar un salto en calidad tiene que atraer talento, sea nacional o internacional. El sistema científico español podría aprender del ejemplo de la liga profesional de fútbol. Hay que fichar a los mejores, sean de donde sean. ¿Importó al aficionado madridista que en el once de la final de la decimotercera Champions League hubiera solo tres españoles? ¿Les disgusta a los culés que el mejor jugador de la historia, Messi, sea argentino? No. Al más puro estilo del mandatario chino Deng Xiaoping, lo importante no es el color del gato, sino que sea capaz de cazar ratones.

El mejor ejemplo es el de la primera vacuna del Covid-19 que llegó al mundo y la más extendida en su uso, por la capacidad industrial y por el mejor resultado clínico: la de Pfizer/BioNTech. La biotecnológica germana BioNTech, que fue la impulsora de esta I+D, tiene como progenitores al matrimonio de emigrantes turcos Uğur Şahin y Özlem Türeci. A nivel teórico puso las bases la bioquímica húngara Katalin Karikó, que ha desarrollado prácticamente toda su carrera en EE UU. La estadounidense Pfizer, por su parte, puso sus gigantescos recursos para avanzar en el desarrollo, testar la vacuna y fabricarla y distribuirla a nivel global.

Para conseguir ese reto tiene que haber recursos, investigadores líderes que atraigan cerebros jóvenes y proyectos ilusionantes. Es una obviedad decir que España es un lugar atractivo para vivir, pero es así. Barcelona lo ha demostrado atrayendo a cada vez más firmas tecnológicas al calor del 22@ y de una ciudad que gusta a los extranjeros. Los laboratorios públicos deben mirar a Europa y Latinoamérica y ofrecer esas oportunidades a los mejores.

Desgraciadamente, el capital español tiene demasiada aversión al riesgo de la I+D

Sin duda, la escasez de presupuesto es uno de los problemas, pero no el único. En el caso de la vacuna se ha demostrado que tampoco hay industria. No existen firmas biotecnológicas punteras que hayan investigado por su cuenta o impulsado algunas de las vacunas surgidas en los centros públicos. Ni tampoco ha habido ninguna gran farmacéutica nacional que haya apostado por desarrollarla. Las dos mayores y seguramente las dos únicas con algo de capacidad, Grifols y Almirall, no se han mojado. Otras como Rovi, Reig Jofre, Biofabri o Insud se han sumado al loable esfuerzo de fabricar en España algunas de las fórmulas internacionales en uso, pero ahí el proceso de innovación es escaso. No existe un gran laboratorio nacional que pueda servir de tractor como sí lo hay en Alemania, Francia o Reino Unido. Y, desgraciadamente, el capital español tiene demasiada aversión al riesgo de la I+D.

De momento, la única que avanza en el intento es la firma gerundense Hipra, que da el salto de salud animal a humana con una vacuna propia, que espera el visto bueno de la Aemps en las próximas semanas para convertirse en la primera española que consiga llegar a los ensayos clínicos. Sin olvidar que, sin duda, sin capital privado que aporte recursos en primeras etapas (capital semilla) y luego a gran escala es al sector público al que le toca apoyar el salto del laboratorio a la industria.

Otra de las barreras que sufre la I+D pública española es la esclerotización y anquilosamiento, sin capacidad de reacción como se ha visto en esta grave crisis sanitaria. No existen mecanismos ni incentivos para trasladar la ciencia del laboratorio a la sociedad. El modelo funcionarial se impone con la perversidad de cercenar el mérito de las nuevas generaciones o de los que puedan llegar de fuera. Un científico-funcionario puede llevar 20 años redactando papers sin ningún avance destacable. Este asunto, el laboral, es un melón complicado de abrir para cualquier político, pero hay que buscar una mejora en los incentivos y en la competitividad a nivel internacional, como hacen Real Madrid o FC Barcelona o cualquier organización que quiera estar entre los mejores. La nueva ministra de Ciencia, Diana Morant, tiene trabajo.

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