La inflación, el detonante de la próxima crisis financiera

El aumento de la masa monetaria no tiene parangón, el endeudamiento de empresas y gobiernos está en máximos y el Covid ha destruido miles de empresas

Pese a que la pandemia provocada por el Covid nos condujo a la peor recesión global del último siglo, los activos financieros apenas sufrieron la hecatombe económica. Para el recuerdo queda ya la corrección bursátil del entorno del 30%-35% que se experimentó durante los meses de febrero y marzo de 2020. Y es que la recuperación fue casi tan rápida como la caída, por lo que para finales de agosto de ese mismo año, el índice de renta variable a nivel mundial ya había subsanado la totalidad de la caída, y cerrábamos el temido 2020 con un retorno del +14%. Es evidente que algo importante ocurrió, y que permitió un comportamiento tan poco habitual, donde la disociación entre la economía y los mercados fue la tónica general.

Mientras una parte de los inversores aplaude la astucia de los bancos centrales y gobiernos por implementar medidas tan acertadas como para evitar el colapso de las bolsas, del consumidor, de las empresas y de nuestro modelo económico en general, otros se preguntan cuál será el precio que habrá que pagar por esas medidas tan atrevidas. En la vida toda acción tiene una consecuencia, y sería pueril pensar que se puede crear un programa de ayuda basado en un estímulo fiscal sin precedentes, financiado por la creación de dinero de la nada, mediante un incremento exponencial de la masa monetaria, y que todo va a seguir igual que antes. Nuestras acciones tienen consecuencias, y es momento de hablar de dichas consecuencias. China y EE UU llevan meses experimentando una fuerte recuperación económica, a la que se sumará Europa en breve.

Pero no se puede hablar solo de la cara de la moneda, es decir, el crecimiento económico, sin hablar de la cruz, la inflación. A lo largo de la historia podemos encontrar distintas fases en las que se han producido procesos inflacionistas problemáticos, como en Alemania en 1922, en Hungría en 1945, en Yugoslavia en 1992, en Zimbabue en 2007, en Corea del Norte en 2009 o en Venezuela en 2016. En todos ellos encontramos la combinación de tres factores con anterioridad a la aparición de las presiones inflacionistas: fuerte aumento de la masa monetaria, un nivel de endeudamiento excesivo y una caída de la capacidad productiva. Si miramos la situación actual, el aumento de la masa monetaria no tiene parangón, el nivel de endeudamiento a nivel empresas y gobiernos está en máximos históricos, y el Covid ha provocado la quiebra de miles de empresas, así como un mal funcionamiento de los canales de distribución globales. Se trata de un fenómeno que no afecta a un solo país, sino al conjunto de forma generalizada.

Los últimos datos de inflación hablan por sí solos, aunque probablemente no hemos visto lo peor. Dada la magnitud de la subida del precio en la materia prima agrícola, energética e industrial… y como se está disparando el coste de envío de mercancías, es solo cuestión de tiempo que los sobrecostes, que ya se registran en los procesos de fabricación, acaben por trasladarse al consumidor final en forma de datos de IPC.

Hablemos ahora de los efectos que tiene una inflación al alza. En primer lugar, provoca una clara discriminación social, ya que la inflación suele ser el impuesto más injusto que se puede exigir a la sociedad, donde el trabajador de clase baja normalmente no ve actualizado su salario al ritmo de la inflación real, ya que el cómputo de dicha inflación es manipulado a través del ajuste hedónico, para que no refleje la realidad de los precios. Es decir, que la subida del coste de vida no se ve compensado por la subida de los ingresos. Mientras que, por el contrario, la clase alta, aquella que suele tener capacidad económica para invertir en bolsa o en inmobiliario, ve como la revalorización de sus inversiones le cubren de la pérdida de poder adquisitivo provocado por la inflación. En segundo lugar, el riesgo que supone para nuestro modelo económico, me refiero a ese castillo en el aire que hemos creado, y que se sustenta en un endeudamiento crónico, en el que incurren gobiernos y empresas, y que financian los Bancos Centrales. La realidad es que vivir con un nivel de endeudamiento como el que tenemos en el mundo actual solo es posible cuando el coste que lleva aparejado es ínfimo, es decir, cuando los tipos de interés están al 0% o incluso son negativos.

La inflación es lo único que puede obligar a los bancos centrales a cambiar su modo de actuar, pero no será algo que hagan de motu proprio, se resistirán todo lo que puedan, e incluso intentarán cambiar las reglas del juego que ellos mismos han escrito, como cuando pasan de hablar de que su objetivo es que la inflación vuelva al 2%, y luego, cuando ocurre, en lugar de retirar estímulo monetario cambian el discurso y hablan de 2% de media a largo plazo, o del objetivo del mercado laboral o de la estabilidad financiera.

De momento, los inversores siguen fieles al discurso cambiante de los bancos centrales, y como buenos perros aleccionados de Pavlov, siguen bailando al son de los cantos de sirena de políticas monetarias expansivas, durante los próximos años. Pero no nos engañemos, los próximos meses serán de máxima intensidad, con datos de inflación muy elevados por efecto base de la comparativa contra el año anterior, y será interesante ver si incrementan las disensiones en el seno de los consejos de los bancos centrales, donde algunos consejeros ya han comenzado a mostrar su reticencia a mantener este nivel de estímulo incondicional en apoyo a los mercados, y por otro lado, si los inversores mantienen su fe en las promesas de política monetaria ultra expansiva, o si por el contrario comienza a fraguarse un cambio en el sentimiento actual.

Pablo Gil es Jefe de Estrategia de XTB