Cuando el DNI miente

La discriminación por edad está detrás de normas como la que obliga a jubilarse en un determinado momento o antes

Hay gente que no sabe la edad que tiene. ¿por qué debería saberlo su DNI? La gente miente (sobre), detesta, ignora o amenaza (a quien revele) la edad que tiene. Y, sin embargo, desconoce por completo que lo que dice su DNI es cada vez menos cierto. En efecto, cada vez menos, nuestra edad de calendario, la que dice el DNI que tenemos, representa nuestra verdadera edad.

 Pero ¿cuál es nuestra verdadera edad, si no es la que dice el DNI? Esta última es la que nos habilita para votar, conducir un vehículo, tener personalidad jurídica plena, acceder a una pensión de jubilación o para tener derecho a una tarifa bonificada en el autobús o en los museos.

Pero la edad cronológica no lo es todo. Solo es una condición que debe combinarse con otras para, a modo de doble llave de seguridad, acceder a la plenitud de funciones que la sociedad reserva a los ciudadanos. La edad de calendario, dada la creciente discrepancia entre esta y nuestro aspecto físico, se está convirtiendo, en el mejor de los casos, en un motivo de incredulidad y, en el peor, en un hándicap a la hora de mantenerse en el mercado de trabajo, por ejemplo. La discriminación por edad se alimenta del DNI. Por esto, las mentiras sobre la edad son habituales en las relaciones y redes sociales, profesionales e, incluso, familiares.

Hay, al menos, cuatro grandes conceptos de edad: (i) la edad cronológica (o de calendario, la del DNI), (ii) la edad biológica, (iii) la edad psicológica y (iv) la edad social.

Frente a la edad cronológica, la edad biológica, que depende de factores genéticos, de entorno y de comportamiento, es la que se corresponde con nuestro estado funcional interno y enfatiza el estado general de salud y puede estar muchos años por encima o por debajo de aquella, especialmente cuando la edad de calendario es avanzada.

La edad psicológica, que tiene que ver con el estado anímico, la situación personal y las actitudes y creencias de cada cual, también puede estar a años de distancia de la edad cronológica y, por supuesto, de la edad biológica. No es raro ver en nuestros propios círculos familiares, personales y profesionales, a individuos que, a una edad cronológica dada, incluso mayor que su edad biológica, parecen tener una edad psicológica muy desalineada con las anteriores y ello se refleja cada día en sus comportamientos. Hay personas de cierta edad (de calendario), que aparentan menos años (biológicos) a primera vista, pero que, cuando hablan, revelan un desarrollo de su personalidad muy inferior al que correspondería a la edad que indica su DNI. Y viceversa, claro.

La edad social, por último, es la edad, grosso modo, a la que la sociedad, en un marco de sorprendente rigidez, decide cuáles deben ser los comportamientos adecuados a cada edad cronológica, para que el individuo asuma uno u otro rol en el marco general de las interacciones sociales.

La edad social son todas y cada una de las edades, en realidad, a las que la sociedad espera de cada uno comportamientos estereotipados acordes a lo que nuestro DNI y la costumbre marcan. Como puede apreciarse, de todas las definiciones anteriores, esta última es la más esquiva, porque, además, la sociedad es distinta en cada marco de coordenadas espaciotemporales.

Por una parte, cada uno decide cómo quiere presentarse ante la sociedad a los efectos en los que la edad importa; puede incluso que optemos por algo entre la impostura bienintencionada y la mentira deliberada cuando se trata de obtener el beneplácito social (u oficial) para lograr un determinado objetivo. Pero, por otra parte, a menudo nos topamos con que la sociedad ya nos califica, sobre la base de nuestro aspecto o la propia edad cronológica, independientemente de nuestra condición física o psicológica o de nuestros intentos por aparentar otra cosa, de una u otra manera. Lo hace sancionando que somos “demasiado mayores”, o “demasiado jóvenes”, para hacer esto o aquello, o que a “nuestra edad” ya deberíamos haber hecho esto o aquello (tener hijos, un trabajo, una vivienda, o jubilarnos).

¿A qué nos conduce este galimatías sobre las edades que, al fin y al cabo, solo recoge lo que venimos observando desde que la sociedad existe? Pues nos conduce a que, ante la creciente discrepancia entre estos conceptos, alimentada por el incesante aumento de la esperanza de vida, la ausencia de medidas y políticas que incorporen de manera activa la dimensión etaria está provocando la emergencia de fenómenos y percepciones profundamente injustas en el plano individual y contraproducentes en el plano social y productivo.

No hay que irse a hacer un doctorado a Harvard para constatar que se está generalizando la discriminación por edad, mala en sí misma, y devastadora cuando afecta a los derechos básicos de los individuos. Esta discriminación califica a los mayores como improductivos, por ejemplo. En nuestro país, actualmente, obliga a jubilarse alcanzada una determinada edad o antes si es posible. O, entre los mitos y percepciones más abominables, se defiende que los mayores quitan el trabajo a los más jóvenes como si fuese un trozo de pan que hay que repartir.

El DNI miente, sí. Pero más cornadas dan las falsas creencias acerca de la edad, el complejo de muchos a expresar una edad psicológica o biológica, que, a base de mucho esfuerzo, han logrado situar muy por debajo de la que dice su DNI, o la impostura al respecto, que también la hay. Más cornadas dan unas leyes que te encasillan, a veces contra tu voluntad, en labores de jubilado o en un autobús municipal subvencionado porque ya has cumplido cierta edad. Más cornadas dan los jefes de personal que se aferran a tu DNI (no al suyo, ojo) para decirte, por un email, contra toda evidencia, que ya no eres apto para trabajar.

Las edades ya no son lo que eran y, afortunadamente, tampoco son lo que serán. El DNI miente.

Tomás Arrieta/ Eva María Blázquez/ José A. Herce son Patrono fundador de la Fundación AGE/ Profesora titular de Derecho Laboral y de la Seguridad Social de la Universidad Carlos III/ Socio fundador de LoRIS