Estudiar en una universidad extranjera, ¿sinónimo de prestigio?

La pandemia, aunque ha limitado los desplazamientos, no ha implicado que se dejen de valorar las habilidades que aporta este tipo de educación

Estudiar en una universidad extranjera, ¿sinónimo de prestigio?
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Estudiar en una universidad del extranjero es una de las opciones que mejor suenan de cara a contribuir a la formación educativa y a la mejora de las oportunidades laborales. Al menos, así ha sido durante años. Todo apunta a que la pandemia, aunque haya agitado a fondo esta y muchas otras facetas de la vida, no ha sido ni por asomo capaz de arrebatar la parte positiva que aporta una educación de estas características.

En el caso de España, antes de la llegada del virus, la tendencia para el número de extranjeros que estudiaban en las aulas de las universidades del país era alcista. En el curso 2018-2019, las cifras oficiales de los Ministerios de Educación y de Universidades dan cuenta de que por aquel entonces había un total de 66.937 alumnos extranjeros matriculados. La cifra representaba el 5,2% del total del alumnado universitario en España.

En el curso 2019-2020 el virus no se notó hasta ya empezado el año escolar y los datos provisionales muestran 75.925 matriculaciones de alumnos extranjeros, un 13,4% más, hasta suponer el 5,8% del total de matrículas. Todavía no se conocen los datos de 2020-2021, el primer curso plenamente pandémico, aunque cabe esperar un descenso del alumnado extranjero ante las limitaciones a la movilidad.

Pero el auge de las limitaciones de movilidad no significa necesariamente el declive de la formación internacional, y así lo destaca Mónica Flores, presidenta de ManpowerGroup para Latinoamérica. Igual que el Covid ha cerrado puertas, se han abierto ventanas. “Por supuesto que se ha visto impactada la movilidad física por las restricciones que la pandemia ha impuesto a diversas poblaciones, pero se ha incrementado la movilidad virtual. Hoy existe la posibilidad de estar estudiando en una universidad china desde la comodidad de nuestra casa, haciendo trabajos en equipo con personas de todo el mundo sin necesidad de viajar o de obtener una visa”, explica Flores, antes de afirmar que, además, la modalidad virtual cada vez gana más calidad y permite a la vez ahorrar costes.

Flores repasa las ventajas de la educación internacional. “Cuando un joven o un estudiante de la edad que sea sale a aprender en una universidad extranjera, más allá del conocimiento académico que va a adquirir, mejora sus habilidades para comprensión de otras culturas, el dominio de otro idioma, la capacidad de aceptar las diferencias y su adaptabilidad a otras costumbres. También, amplía su red de contactos, lo que abona que tenga una mentalidad global que le facilite trabajar en equipo, comunicarse con diferentes culturas y personas, que esté más abierto a la diversidad e inclusión y que tenga mucha mayor empatía para construir relaciones de influencia”.

Javier Blasco, director del Adecco Group Institute, pone el foco en la misma dirección que Flores. “El poder moverse en un entorno de universidades internacionales en las que se puede trabajar con un equipo con personas de otros países, de otras culturas, de otras ideologías y de otras generaciones es un valor añadido”. El experto lo cree así, y más en un contexto en el que cada vez la preocupación por la diversidad es mayor entre las empresas. De las declaraciones de ambos analistas de los recursos humanos se puede extraer la idea de que estudiar en el extranjero es una experiencia formativa que va mucho más allá del plano académico, y que eso no lo cambia la pandemia.

Respecto al atractivo del ecosistema universitario de España, Blasco destaca que allí se asientan varias escuelas de negocios que están en el top 15 a nivel mundial desde hace 20 años y que hay universidades públicas, con unos precios más asequibles para los estudiantes, que se encuentran entre las mejores del país. “En España, de las cinco mejores universidades, tres son públicas: la Carlos III de Madrid, la Autónoma de Barcelona y la Autónoma de Madrid. Son públicas y son buenas, igual que hay privadas que son muy buenas también”. No obstante, Blasco admite que algunos centros formativos se han quedado atrás respecto a la media de calidad universitaria en otros destinos de estudiantes internacionales.

Miguel Ángel Castro Arroyo, presidente de la Asociación Universitaria Iberoamericana de Postgrado (AUIP) y rector de la Universidad de Sevilla, prevé que, independientemente de que en el futuro los estudiantes sean más internacionales o no, serán las universidades las que darán el paso. “El establecimiento de alianzas o la cooperación entre las instituciones académicas y las entidades, como la Segib o la AUIP, beneficia el intercambio o la movilidad de estudiantes, docentes e investigadores, favorece el reconocimiento de los estudios entre las universidades, surgen proyectos internacionales conjuntos y, lo que es más importante, se sientan las bases para compartir experiencias y conocimiento que facilitan la búsqueda de la calidad. No tengo ninguna duda de que, en el futuro, las universidades buscarán la colaboración a través de alianzas estratégicas internacionales para ofrecer respuestas a la sociedad”.

Más allá de la lectura de sumar alumnos, lo que Castro defiende es que ganar estudiantes internacionales es atraer talento. Para lograrlo, se necesitan recursos, ofrecer algo diferente a lo que se tiene en las universidades del país de origen, animar el reconocimiento de títulos y disminuir trabas burocráticas. 

No siempre la mejor opción

Aunque tenga ventajas, no siempre estudiar en una universidad extranjera es lo mejor. En ocasiones sale más a cuenta centrarse en aprender un oficio concreto. Javier Blasco opina que va a depender de cada persona el ver qué compensa: “En el corto plazo, para salir de la crisis, yo recomiendo que la gente apueste por la formación profesional no exclusivamente universitaria. En España tenemos sectores como la construcción o la industria donde siguen haciendo falta miles de empleados y no hay personas cualificadas”.

El experto dice que en nuestro país hay oficios en los que, si se tiene experiencia, se cobra un promedio de 4.000 euros al mes. “No hace falta ni siquiera hacer una formación profesional, que para mí es la estrella. Tenemos certificados de profesionalidad que, a través de la formación para el empleo, posibilitan ejercer profesiones nuevas. Eso para una persona que esté en paro o en un sector que no se va a recuperar en un tiempo, es una solución muy válida”, comenta.

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