¿Criptoactivos? La inversión debe limitarse a lo que se conoce y entiende

Nunca nadie ha visto nacer bebés de treinta kilos, por prometedor que sea el embarazo, como lo son las criptopublicidades que rondan el mercado

Las reservas que los bancos centrales y los supervisores de los mercados financieros tienen con los criptoactivos pueden en parte deberse al temor de una invasión de sus competencias como emisores del dinero y guardianes de su subyacente; pero como celosos centuriones de la ortodoxia del mercado deben advertir sobre los riesgos de hacer apuestas por activos no físicos, no respaldados por otra cosa que unos cuantos algoritmos encriptados, no considerados valor de reserva, al no constituir un mecanismo de pago y tener un arriesgado componentes especulativo y una volatilidad extrema. Y esas son algunas de las características más explícitas de las criptomonedas, criptodivisas o simplemente criptoactivos, que por otra parte no están regulados por los legisladores.

Pero es innegable que la persistencia de tipos bajo cero y la limitación de alternativas de obtención de rentabilidad para la materia prima dinero han puesto en el mercado ya desde 2008 la aparición de una serie de figuras invisibles depositadas en los ordenadores y conseguidas con tecnología blockchain, cuya cotización en mercados digitales alcanza revalorizaciones espectaculares, seguidas, eso sí, de desplomes de época. Tras el nacimiento del bitcóin, se supone que se le han sumado ya una pléyade de más de 4.500 monedas electrónicas y que al menos cien millones de personas en el mundo han invertido dinero, del contante y sonante, en ellas. Además, visionarios como Elon Musk, propietario de Testa, está dispuesto a admitirlas como medio de pago para adquirir sus automóviles.

Sea como fuere, el caso es que esa práctica de inversión se ha trasladado a la calle y hay brókeres que ofrecen inversión en criptoactivos, en contra de las llamadas de atención de los reguladores en todos los mercados maduros del planeta. Y cierto es que si no de forma directa en criptodivisas, puede invertirse en empresas que se dedican a la minería de ellas, en otras especializadas en aparatos de minería tecnológica, empresas que acumulan criptodivisas como reservas (aunque no estén reconocidas), o en fondos cotizados que apuestan en el mercado de criptodivisas.

Alternativas, por tanto, hay muchas. Pero todas ellas tienen el mismo riesgo, que se resume en que igual que puede revalorizarse con fuerza una criptomoneda adquirida, puede volatilizarse su valor en tiempo récord, o caer en manos de estafas perfectamente diseñadas. Los inversores particulares deben limitarse a observar el fenómeno, y a arriesgar su dinero solo en activos que conozcan y entiendan perfectamente, y recordar siempre que nunca nadie ha visto nacer bebés de treinta kilos, por prometedor que sea el embarazo, como lo son las criptopublicidades que rondan el mercado.