Un año del estallido del Covid, cuando los mercados se asomaron al abismo

El terremoto de la pandemia ha sacudido a todos los activos financieros

Un hombre pasea por la Gran Vía desierta durante el primer estado de alarma.
Un hombre pasea por la Gran Vía desierta durante el primer estado de alarma.

Hace un año la humanidad contenía la respiración. El coronavirus había saltado de China a Italia, de Italia a España, y de España, al resto de Europa. Los hospitales se colapsaban y las autoridades comenzaron a tomar medidas para confinar a la población y evitar la propagación de la pandemia. Eso conllevaba congelar la economía de todo el planeta durante varias semanas. Algo que no se había hecho jamás. Las dudas entonces eran múltiples: ¿las medidas detendrían la expansión del virus? ¿Durante cuánto tiempo habría que adoptarlas? ¿Cómo resistirían las empresas a varias semanas o meses de parón? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta tener vacunas?

El dinero detesta la incertidumbre. Es difícil calcular la rentabilidad de una inversión en acciones o bonos si no se sabe siquiera si la empresa va a seguir existiendo dentro de un año. Aunque ya en febrero comenzaron las caídas bursátiles, la sesiones entre el 9 y el 13 de marzo pasarán a la historia como unas de las más convulsas. En cinco días hubo un lunes negro, un jueves negro y hasta un viernes negro.

El 9 de marzo, la Bolsa de Nueva York estrenó la semana con una caída del 8%. El colapso era tan brusco que el mercado tuvo que cerrar durante 15 minutos para reordenar las posiciones de compra y venta. Tras un breve respiro, el martes, el miércoles 11 las Bolsas volvieron a caer. Y el jueves. Y el viernes. Se ponía así fin, de forma brusca, al ciclo alcista más largo de Estados Unidos, que había durado 11 años. En pocas sesiones, los mercados de renta variable habían perdido entre un 20% y un 30% de su valor. Ese jueves, el Ibex 35 firmó la peor sesión de su historia, al desplomarse un 14%. El índice más importante del mundo, el S&P 500, perdió un tercio de su valor entre el 20 de febrero y el 20 de marzo. El dinero huía. La riqueza de evaporaba.

El Ibex 35 vivió hace un año la peor sesión de su historia, al perder un 14% en un día

“Fueron días muy duros porque al colapso bursátil se añadía el temor por la situación sanitaria y la necesidad de empezar a buscar la fórmula para poder trabajar a distancia”, recuerda un gestor de fondos. Los mandatarios de las grandes potencias tenían muy presente el caos que se vivió en 2008 con la crisis de Lehman Brothers y sus réplicas, que en Europa duraron hasta 2012, con el rescate de España. Había que actuar rápido para que el miedo no contagiara al sistema financiero y empezaran a colapsar bancos, y después países. Había que sacar el armamento nuclear de los bancos centrales.

El 3 de marzo ya había habido una reunión del Grupo de los 7 (Estados Unidos, Canadá, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia) para coordinar un programa masivo de inyección de liquidez. El domingo, 15 de marzo, la Fed dejó los tipos al cero y lanzó el mayor programa de estímulos desde la Gran Recesión. Los bancos centrales de Australia, Japón, Noruega... se sumaron a estas políticas de estímulos. El 18 de marzo, tras un titubeo inicial, le siguió el Banco Central Europeo, al anunciar una bazuca de 750.000 millones de euros para calmar a los mercados.

Con la mitad de la población mundial confinada o con restricciones a su movilidad, con las fábricas paradas, los aviones en tierra y las calles vacías, la contundente y rápida acción de los bancos centrales evitó que la economía mundial entrara de nuevo en el abismo.

Uno de los síntomas más evidentes de la parálisis de la economía planetaria se vio en el petróleo. Los contratos de futuros sobre el barril de Texas (el contrato más frecuente en Estados Unidos) llegaron a cotizar en negativo el 20 de abril. Los operadores de mercado estaban dispuestos a pagar, en lugar de cobrar, por quitarse de encima entregas futuras de crudo, ante la drástica caída de la demanda.

El petróleo también es un claro ejemplo de la vuelta a la normalidad. Después de haber cotizado en -37 dólares el barril, ahora se negocia a 66 dólares, un precio algo por encima del que tenía a comienzos de 2020.

El viaje de ida y vuelta de la deuda pública

  • Marzo. Después de años sin oír hablar de la prima de riesgo, los temores desatados por el coronavirus volvieron a invocarla. En marzo de 2020, con los grandes inversores saliendo en tromba de la Bolsa para comprar activos seguros, el bono alemán y el estadounidense estaban muy demandados. El rendimiento del bono de EE UU a 10 años tocó un mínimo histórico del 0,318% (a mayor demanda de la deuda, menor tipo de interés están dispuestos a aceptar los inversores). El bund alemán llegó a rozar el -1% de retorno. En cambio, los bonos españoles o italianos vieron cómo se les pedía mayores retornos, al considerarlos los mercados más arriesgados.
  • Fed y BCE. Las políticas monetarias ultraexpansivas acordadas lograron estabilizar los precios de los bonos. En EE UU, que va por delante de Europa, incluso ha comenzado el repunte de los tipos a largo plazo, al pensar ya el mercado en la retirada de esas políticas.

A finales de abril, la humanidad empezó a salir de sus refugios y a comprobar que las ciudades y las fábricas seguían allí. Las tiendas y los restaurantes volvieron a abrir, y empezaron a llegar las primeras noticias de desarrollo de vacunas para combatir al Covid-19.

Los Gobiernos, en paralelo a la acción de los bancos centrales, desplegaron los mayores programas de estímulos fiscales desde la Segunda Guerra Mundial. Había ayudas directas a empresas para que no tuvieran que despedir, apoyo a los trabajadores que no podían acudir a su puesto de trabajo, exenciones fiscales... e incluso, en Estados Unidos, envíos directos de cheques con efectivo a la población, para que hicieran frente a la posible caída de ingresos.

Otra de las medidas que adoptaron las autoridades en todo el mundo fue la exigencia a las compañías financieras (bancos y aseguradoras, fundamentalmente) para que congelaran el pago de dividendos a sus accionistas. El temor a que la crisis financiera dañara la solvencia del sector obligaba a dedicar todos los beneficios generados a fortalecer los ratios de capital. Solo a finales de ejercicio el BCE empezó a levantar la mano para permitir algunos pagos en las entidades más solventes.


La acción de los bancos centrales consiguió conjurar el peligro de una crisis financiera

La nueva normalidad

A partir de la primavera, las Bolsas volvieron a recuperar terreno. El mundo no había colapsado. Sí, algunos sectores, como el turístico o el de la aviación, estaban muy tocados. Pero otros, como el tecnológico, habían subido como la espuma. Empresas desconocidas de videollamadas, como Zoom, se habían revalorizado más de un 1.000%. También los gigantes como Amazon o Net­flix. La población estaba en casa y cada vez compraba más por internet y consumía más horas de series y películas.

Una de las consecuencia más evidentes de la pandemia ha sido el impulso arrollador de la digitalización. “Avanzamos más en los seis primeros meses de 2020 que en los seis años anteriores, en cuanto a teletrabajo, ventas online, pagos electrónicos y ocio en casa...”, explica el director de inversiones de Crèdit Andorrà Asset Management, David Macià.

El mercado ha vuelto a mirar con buenos ojos
a empresas de la vieja economía

A lo largo de 2020, las acciones denominadas de crecimiento (especialmente las tecnológicas), acumularon una revalorización media en la Bolsa de Estados Unidos del 7,3%, mientras las que tienen un perfil más cíclico (industriales, financieras, aerolíneas...) perdieron un 6,35%. Con todo, el balance final para la renta variable mundial fue relativamente positivo en el conjunto del año. El índice S&P 500 subió un 17%; el Nikkei japonés, un 21%, y el MSCI de Bolsa mundial, un 15,7%. La Bolsa europea se quedó rezagada por el alto peso que tienen las acciones cíclicas y el bajo componente tecnológico.

Durante el verano, las Bolsas mundiales tuvieron unos meses de dudas. ¿Habían corrido demasiado? ¿Tenía sentido que muchas acciones cotizaran ya por encima de los niveles previos a la pandemia a pesar del desastre económico? Las dudas se despejaron exactamente el 9 de noviembre, cuando el director médico de Pfizer anunció que tenían una vacuna que aportaba un 90% de efectividad. También ayudó que unos días antes Joe Biden se impusiera a Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos.

En los dos últimos meses del año las acciones se dispararon. Y, además, empezó a producirse una rotación desde los sectores tecnológicos a los más cíclicos. Los inversores vieron que la industria iba a volver a funcionar a pleno rendimiento, que se necesitaban más materias primas que nunca y que la vieja economía no estaba tan tocada como se pensaba.

¿Y ahora qué? Un año después de que la pandemia estallase cada vez hay más vacunas para combatirla. Y los bancos centrales siguen firmemente comprometidos para seguir inyectando liquidez. Las grandes gestoras mundiales se muestran muy optimistas respecto a la Bolsa para los próximos años. Está por ver si el experimento monetario consigue llegar a buen puerto y, especialmente en Europa, los fondos europeos logran que se reactive del todo la economía y se reduzca el desempleo.

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