Con la deuda no se juega

La idea de que el BCE condone la deuda es peligrosa y desafortunada, y no responde a realidades contables ni a principios económicos sostenibles

Se ha discutido mucho estos días la propuesta que, liderada por el economista Thomas Piketty, plantea que el Banco Central Europeo debería cancelar la deuda pública que ha adquirido en los últimos tiempos. O bien condonarla o favorecer que se convirtiera en deuda perpetua. Esta idea es desafortunada en tiempo –son mensajes peligrosos que puede ser malinterpretados por buena parte de la opinión pública en un contexto de crisis– y forma –no responde a realidades contables ni a principios económicos sostenibles–. Además, parece muy inoportuna en un contexto en el que tanto hemos avanzado en la UE en materia de solidaridad como los fondos NGEU y otros programas conjuntos. Pareciera que se desee conducir a la economía en situaciones extremas. Una es la de asumir que los gobiernos están en quiebra y no tienen capacidad de repago. Algo así como a lo que Camilo José Cela se refería con lo de que “cuando las deudas no se pagan porque no se puede, lo mejor es no hablar de ellas y barajar.”

Y así, se quiere colocar al BCE y a los tesoros nacionales ante la tesitura del riesgo moral, a jugar con la idea de ¿y si no pago? Lo que nos lleva a otro extremo aún más peligroso, la posibilidad de quebrar instituciones por falsas apreciaciones contables o por decisiones suicidas. Así, como Shakespeare sugería, se resolvería el problema de forma drástica ya que “el que muere paga todas sus deudas”. Los demás, claro está, quedaríamos en tierra económica devastada.

Con la economía, es bueno que las ideas sean simples y las ecuaciones también, pero no las interpretaciones. Piketty, al que no se puede acusar de simple, introdujo en el debate público las implicaciones de una desigualdad que ahora parecen extenderse al terreno de la deuda pública. Esta desigualdad sostenía que r>g, siendo r el tipo de interés y g la tasa de crecimiento de las economías. Lo que se sugiere es que esta relación se ha mantenido históricamente. Curiosamente, en el caso de los tipos de interés de los bancos centrales, ahora puede ocurrir lo contrario desde hace años. Esto llevaría a concluir que si lo Estados se endeudan a tipos menores que su tasa de crecimiento económico ese gasto sería siempre sostenible. Llevado al extremo, podríamos incluso llegar a condonar esa deuda, que es lo que se pide al BCE.

Estas afirmaciones contienen varios errores de bulto. En parte, porque los modelos, las ecuaciones o las desigualdades, por simples que sean, deben tener en cuenta las implicaciones más allá de los mismos. En la actualidad, los tipos de interés son, en muchos casos, negativos. Por lo tanto, el Tesoro que emite deuda cobra por ella en muchas ocasiones… pero tiene que pagar siempre el principal. Y toda deuda vence y debe ser, en parte, refinanciada, pero los tipos de interés no pueden ser eternamente negativos. Ni conviene, en absoluto, que lo sean.

La cosa va más allá de discusiones sobre intereses o cargas de la deuda, porque lo que se pide es que nos olvidemos de ella, perdonarla. Esto resultaría en una falacia contable que podría introducir en los mercados de bonos un pánico considerable. Justo lo que se lleva tratando evitar desde la crisis de la deuda soberana. Entonces había propuestas extremas que sugerían la posibilidad de quitas u otros tipos de condonación. Esto equivalía a dañar irreparablemente la reputación de los países afectados. Y es lo que ahora se quiere hacer con el BCE. Precisamente cuando el mayor activo de un banco central es su reputación. También hay problemas de señalización hacia el mercado privado, donde los emisores (fundamentalmente empresas) también querrían, pari passu, que su deuda se aliviara con un chasquido de dedos. Más allá de la propuesta subyace esa idea tan equivocada de que el dinero es gratis y que los bancos centrales lo fabrican a su antojo, sin contrapartidas.

Cierto es que la expansión cuantitativa es de tal calado que el debate sobre cómo desmantelarla va a ser intenso y su concreción práctica muy complicada. Una de las cosas que ha propiciado es que las primas de riesgo se hayan reducido mucho en la Eurozona, extendiendo la sensación de que no hay mucha diferencia en el riesgo de un bono italiano o el de uno alemán. El debate, en sentido último, es político. Una cosa es controlar las primas de riesgo y otras hacer que desaparezcan, como si la deuda no existiese. Sería el peor colofón para la expansión cuantitativa y desataría un largo período de enorme inestabilidad.

La respuesta oficial ha sido doblemente tajante. Por un lado, al sugerir que el debate mismo de la condonación de deuda es contraproducente porque genera la falsa idea de que es posible salir de este enredo de la noche a la mañana. Por otro lado, porque, como indicó Christine Lagarde, hacerlo iría contra el Tratado de la UE. Históricamente, los bancos centrales ya habían entrado como una suerte de comprador de bonos de última instancia (en períodos de posguerra, por ejemplo) cuando los inversores privados no estaban por la labor, pero los episodios de impago o condonación son otra cosa.

Por último, está la lucha monetaria contra el Covid-19. El BCE es, de facto, un ejército en la trinchera. Con sus programas de compras ha financiado esa expansión fiscal. En ese entorno, si algún país tiene problemas de sobreendeudamiento público (hay unos cuantos) deberá proceder en dos tiempos con mucha precisión. A corto plazo, podrían plantearse ampliar los vencimientos de la deuda emitida mientras los tipos de interés son tan reducidos o, incluso, emitir deuda perpetua. A medio y largo plazo, sin embargo, tendrán que contar con reformas que les permitan que su tasa de crecimiento del PIB sea mayor que la de la deuda, para ir amortizando esta última. Entre tanto, ningún país debería hablar de austeridad cuando su deuda crece más a prisa que su PIB. Ni pedir que se condone.

Santiago Carbó/ Francisco Rodríguez son Catedrático de Economía de la Universidad de Granada, Director de Estudios Financieros de Funcas y colaborador de CUNEF/ Catedrático de Economía de la Universidad de Granada, investigador sénior de Funcas y colaborador de CUNEF