China, el elefante está en la cacharrería

Ni la falta de democracia ni de respeto a los derechos humanos han impedido la reciente firma del CAI, el tratado global de inversión entre la UE y Pekín

Sumidos como estamos en las tinieblas del Covid-19 y la incertidumbre que provoca sobre el futuro de nuestra salud y economía puede que no estemos valorando adecuadamente la introducción de nuevas vigas maestras que van a configurar el mundo próximo. No solo se va a producir un cambio en la Casa Blanca; no solo se ha consumado el Brexit; también está cambiando la posición estratégica global de un país al que solemos prestar poca atención, China.

De acuerdo con recientes estimaciones del Centre for Economics and Business Research, CEBR, la economía china sobrepasará a la norteamericana en 2028 y, aunque esto no tiene que consumarse exactamente, es un dato a tener en cuenta porque de nuevo China se ha consolidado y ha aventajado a los demás países el último año. Dos hechos, causas-efectos de esa consolidación, se han sucedido en pocos días.

El primero de ellos fue la firma en noviembre del RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership). Este tratado comercial suscrito por 15 países asiáticos ha supuesto el reconocimiento de facto de China como socio comercial ineludible, y líder, por parte de aliados tan leales a EE UU como Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda, que asumen las posiciones norteamericanas en la lucha por la hegemonía mundial y consideran a China rival estratégico. Esta conjunción, profundizar el comercio y posicionarse en contra del socio principal, pone en evidencia las contradicciones de los países avanzados en su relación con China, que también se ha puesto de manifiesto en la reciente firma del Acuerdo Global de Inversión entre la UE y China, CAI.

El CAI va a facilitar el acceso de las empresas europeas al mercado chino: van a tener mayor seguridad jurídica, más igualdad de trato respecto a las empresas estatales chinas, no tendrán que hacer transferencias de tecnología, habrá una mayor transparencia en la política de subvenciones estatales chinas, etc. La firma del CAI se produce en un contexto en el que la UE, siguiendo los pasos de EE UU, considera a China “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobernanza”.

No parece que esos “modelos alternativos”, falta de democracia y respeto a los derechos humanos, hayan sido un obstáculo para la firma del tratado, parece que han sido ignorados totalmente.

Asimismo, los críticos del CAI han destacado que su firma se ha realizado en un momento inoportuno: la presidencia de Biden promete un cambio hacia el multilateralismo que incluiría la resurrección de un tratado de libre comercio entre EE UU y la UE. En este sentido, el CAI supondría torpedear las buenas relaciones con el principal socio comercial de la UE y, en gran medida, el garante de su seguridad.

Los que opinan así se olvidan de algo importante. Durante la presidencia de Trump se ha puesto en evidencia que la UE no se puede fiar de EE UU, y la prueba no solo estaría en los aranceles que acaban de imponerse a productos europeos u otras medidas similares precedentes. La prueba principal se encontraría en el acuerdo que en febrero cerraron la Administración Trump y China que prevé importaciones chinas de productos y servicios norteamericanos que hacen la competencia a los europeos. Además, contiene cláusulas que afectan a las finanzas y los seguros. En la segunda fase del acuerdo se deberían abordar, entre otras cosas, los subsidios a las empresas chinas. Trump ha dejado de ser presidente, pero el trumpismo, que puede hacerse fuerte en el Senado, sigue vivo y, en todo caso, entre demócratas y republicanos no existen diferencias de fondo respecto a la política con China por lo que cabría esperar cierto continuismo.

Así, lo que la UE ha hecho es negociar de acuerdo con sus intereses, como hizo EE UU, y ha igualado o alcanzado lo que EE UU alcanzó o pretende.

Entonces ¿en qué queda la rivalidad estratégica o sistémica? Quizás haya que recurrir a un concepto alemán para explicar la situación, al fin y al cabo Alemania ha sido la gran impulsora del CAI, el de realpolitik. En este caso no se echarían a un lado consideraciones ideológicas, como ocurrió con la URSS, sino el temor a la hegemonía mundial china que puede que esté más lejana de lo que muchos creen si tenemos en cuenta la distancia que aún separa a China de los países avanzados en parámetros como renta per cápita, importancia en los mercados financieros, desarrollo militar… y, también, tecnológico. Y todo ello sin contar que la historia no trascurre linealmente, que, a veces, las trayectorias ascendentes se quiebran y que China, además de tener graves problemas internos, está rodeada de países que pueden convertir sus temores en hostilidad no siendo su principal problema el mar del Sur de China, sino India, el único país que, por su población, y con las adecuadas alianzas militares como la que ha suscrito con EE UU, puede enfrentarse a China en términos convencionales.

Pero mientras eso llega, si llega, lo que parece que tienen claro todos los países avanzados es que China supone un mercado de 1.400 millones de personas y que ese mercado se va a robustecer con la estrategia dual de crecimiento que pretende basarse en las exportaciones, pero, sobre todo, en el consumo interior. En definitiva, si miramos bien, vemos que China está en la cacharrería y forma parte de ella. A esto se ha atenido la UE.

Juan B. Plaza es analista de economía