La pandemia reta a la movilidad en las ciudades

La mitigación efectiva de la congestión requiere influir en los conductores y en sus decisiones sobre los viajes

La pandemia de Covid-19 ha traído consigo una reducción significativa de los desplazamientos y de la contaminación durante el confinamiento más severo que se ha ido recuperando, acercándonos a las condiciones de congestión previas. Esto nos ha puesto en bandeja una importante oportunidad para disfrutar de un mundo con menos congestión; es tiempo de pensar en estrategias para modificar el comportamiento relacionado con los desplazamientos e idear sistemas de transporte más eficientes y resilientes que permitan una movilidad más sostenible.

La movilidad en las ciudades es un ecosistema cada vez más complejo. Por un lado, se genera un gran volumen de datos que no se usan ni se comparten eficientemente, al tiempo que nos encontramos con múltiples formas de transporte y de operadores que exigen una gestión más ágil y una buena planificación. En definitiva, los servicios y la movilidad crecen más rápido de lo que las ciudades pueden gestionar.

Los ciudadanos, por su parte, demandan ciudades más conectadas, limpias, seguras y con una mayor calidad de vida. Quieren disponer de información para tomar mejores decisiones y perder menos tiempo en sus desplazamientos, así como facilidad de acceso a nuevos modos de transporte. En efecto, los entornos urbanos presentan los mayores problemas en lo que respecta a la sostenibilidad del transporte, ya que las ciudades son las que más sufren la congestión, la mala calidad del aire, los ruidos y una seguridad vial deficiente a causa del tráfico.

El impacto negativo de la congestión sobre la economía debido a la pérdida de tiempo, el descenso de la productividad, los costes soportados por la sanidad pública y el combustible gastado es claro. La Unión Europea (UE) lo cifra en 100.000 millones de euros al año, lo que equivale a aproximadamente el 1% del PIB.

Durante la devastadora pandemia del Covid-19 se han hecho visibles los efectos del transporte sobre la congestión y la calidad del aire. Las cifras publicadas por la Agencia Espacial Europea (ESA) en marzo de 2020 revelan una reducción significativa de los niveles de contaminación en las zonas de Europa afectadas por las medidas de confinamiento, que conllevaron una caída importante del tráfico por carretera.

Solo en Madrid, el tráfico rodado se redujo un 88% durante el estado de alarma. Y en algunas regiones de Italia, España y Francia, los niveles de NO2 (de coches, furgonetas y camiones) descendieron más de un 50%. Es un hecho que los confinamientos han reducido la congestión; sin embargo, a medida que se han ido levantando las restricciones en mayor o menor medida, el tráfico en las ciudades europeas vuelve a recuperar los niveles previos al Covid-19.

La mitigación efectiva de la congestión requiere influir en los conductores y sus decisiones con respecto a si deben viajar, y cómo y cuándo deben hacerlo, a la vez que hay que asumir que los distintos tipos de transporte no responden de igual forma a las políticas concretas. Se trata de un enigma de ingeniería social y un reto tecnológico al mismo tiempo. Aunque no existe la solución perfecta, la mayoría de las estrategias se centran en gestionar la oferta, proporcionando nuevas capacidades o liberando las que ya existen, o en gestionar la demanda para abordar la escasez de capacidad.

El nuevo mundo que dejará tras de sí la crisis del coronavirus nos abre una oportunidad para reconsiderar. Megatendencias como la revolución digital o la protección climática también son impulsores del cambio con urgencia hacia una nueva movilidad. En este contexto, la tecnología del transporte jugará un papel clave, con múltiples herramientas a disposición de las entidades públicas: desde la gestión de accesos y la implantación de sistemas no tarifarios (para limitar el acceso a zonas concretas) y tarifarios (para controlar la demanda de las zonas urbanas congestionadas) hasta las tecnologías electrónicas de cobro de peajes y de libre circulación o la gestión inteligente del tráfico, con sistemas semafóricos capaces de adaptarse al tráfico en tiempo real y reducir los niveles de congestión.

Actualmente estos instrumentos se siguen gestionando en núcleos independientes, a menudo por distintas autoridades y organismos, sin la comunicación y la coordinación necesarias que permitirían sacarles el máximo partido. Sin embargo, si queremos lograr una movilidad segura, sostenible, ágil y saludable debemos apostar por una gestión holística, con políticas de Estado apoyadas en la colaboración y basadas en información útil.

En España no se ha dotado de herramientas adecuadas a la movilidad para tener un desarrollo tecnológico y operacional. Carecemos de una política de Estado clara que ayude a desarrollar la movilidad como ente transversal dinamizador de la economía y de la industria del país. Aunque se han tomado decisiones de mejora importantes, aún queda mucho camino por recorrer. El éxito solo vendrá derivado de quien apueste por este enfoque integrador, que implique el compromiso de la comunidad, que sitúe al ciudadano en el centro y donde las iniciativas tecnológicas y regulatorias sean lideradas por los gobiernos, con las empresas como socios y la tecnología como elemento facilitador.

Javier Aguirre es presidente de Kapsch TraffiCom para España y Portugal