Una estrategia capaz de frenar la peor crisis que ha conocido el turismo

Es necesario garantizar al mercado internacional que España es un país seguro y con capacidad para ejercer control sobre la pandemia

La industria turística española afronta el último tramo del año con el duro reto de intentar salvar el peor ejercicio de su historia. Después de un verano catastrófico en el que menos de la mitad de la planta hotelera se ha mantenido abierta y durante el cual se han registrado ocupaciones inferiores al 50%, el sector ha acogido con optimismo moderado el anuncio del Gobierno de que se abrirán corredores turísticos entre Reino Unido y Canarias, que comienza su temporada. Las empresas han recibido con alivio también la decisión de Berlín de sacar a España a partir del próximo 30 de septiembre de la lista negra de países a los que no se recomienda viajar.

Aunque ni una ni otra medida pueden por sí solas revertir la difícil situación que vive la primera industria española, sí arrojan luz sobre el sombrío escenario actual, a la espera de una estrategia capaz de evitar que el deterioro se prolongue también durante el próximo año, siga destruyendo tejido empresarial e incluso llegue a cronificarse, lo que supondría un desastre para la economía española. Medidas como la adoptada por el Gobierno belga, que ha levantado el veto sobre Tenerife por su baja tasa de contagios por coronavirus, evidencian que el principal camino para aliviar la crisis sigue siendo el control de los brotes epidémicos, pero también la puesta en marcha cuanto antes de un plan eficiente, coordinado y pragmático dirigido específicamente a la industria.

El Gobierno debe ayudar a las empresas a sobrevivir a una coyuntura que no es sectorial, pero que está golpeando a esta industria de un modo inmisericorde. Ello exige escuchar con atención a los empresarios, que conocen incomparablemente mejor que cualquier poder público las necesidades y debilidades de su negocios, atender demandas razonables y necesarias, como la de prorrogar los ERTE a aquellas compañías que luchan por mantenerse a flote, diseñar mecanismos financieros y fiscales adecuados y negociar soluciones eficaces frente a las restricciones impuestas desde otros mercados. En esa hoja de ruta no puede faltar la adopción de una estrategia diplomática verdaderamente seria y coherente, en la que no quepan contradicciones, dobles dicursos y localismos, y que sea capaz de transmitir al mercado internacional que España es un país seguro, con capacidad para ejercer control sobre su crisis sanitaria y donde las administraciones públicas trabajan codo a codo con las empresas de un modo coordinado y con un mismo objetivo.