Los inversores aprietan poco a petroleras como Shell

Las cifras sobre cambio climático aún no son preocupantes, pero podrían serlo

Plataforma de perforación Polar Pioneer, de Shell, en Seattle (Washington, EE UU).
Plataforma de perforación Polar Pioneer, de Shell, en Seattle (Washington, EE UU).

Los inversores de las grandes petroleras tienen un problema. La necesidad de reducir las emisiones de carbono implica que en algún momento de las próximas décadas la demanda de combustibles fósiles podría alcanzar su punto máximo, aumentando el riesgo de que los precios colapsen y las reservas pierdan su valor. Los accionistas tienen que decidir si hacer preguntas más duras o continuar como de costumbre.

A juzgar por los inversores de Royal Dutch Shell, la respuesta es esta última. En la última reunión de accionistas del grupo, solo el 5% respaldó una moción que le obligaba a establecer y publicar objetivos alineados con el Acuerdo sobre el clima de París de 2015, que pretende limitar el calentamiento global a menos de 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales.

Shell no es una excepción en lo de quedarse corto, según el think tank Carbon Tracker. En general, las grandes petroleras no dan a los inversores suficientes detalles para indicar cómo afectaría un escenario de subida por debajo de los 2 grados centígrados al valor de sus activos, señala el centro investigador.

Las grandes petroleras europeas en general asumen precios de 70 a 80 dólares el barril cuando hacen tests sobre el deterioro del valor de sus activos, en comparación con un promedio de 35 dólares entre 1861 y 2016, según la gestora de fondos Sarasin & Partners.

Es extraño que los inversores no estén más molestos. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) prevé que para el año 2040 la demanda de petróleo y gas pueda caer en casi un 50% si se cumplen los objetivos de París, en comparación con la situación actual.

Incluso eso puede ser optimista si, por ejemplo, el uso de vehículos eléctricos despega más rápido de lo esperado. Las advertencias del gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, de que las reservas podrían quedar “abandonadas” podrían hacerse realidad.

Una de las razones de la falta de interés es que los inversores no son los únicos que ignoran París. Estados Unidos, el mayor consumidor de petróleo del mundo, dejó el acuerdo el año pasado. El propio escenario de referencia de la AIE supone que las temperaturas aumentarán en 2,7 grados. Si algunos de los principales Gobiernos e instituciones se muestran reticentes, no es de extrañar que el sector privado también lo esté haciendo.

Los accionistas también podrían justificar su inacción con la escasez de cifras. Se puede valorar las grandes petroleras de varias maneras, pero un enfoque conservador sería asumir que hacen lo contrario de su modelo de negocio típico, que implica gastar miles de millones de dólares anuales en la exploración de petróleo y gas. Valorar lo que sucedería si todo el desarrollo se detuviera, y las reservas se agotaran, parece dar motivos para la tranquilidad.

Véase Shell. El grupo de Reino Unido poseía poco más de 12.000 millones de barriles de petróleo equivalente en reservas comprobadas a finales de 2017. Supongamos que mantiene la producción en los niveles actuales durante cinco años, antes de recortarla un 5% anual, y que los precios del petróleo y el gas se mantienen en los niveles actuales de 75 dólares por barril y en el promedio del primer semestre de Shell de 5 dólares por cada mil pies cúbicos, respectivamente. Los ingresos de producción caerían de 69.000 millones de dólares (60.000 millones de euros) en 2018 a 0 después de 2029. Restando los costes de producción y desarrollo, gravando la ganancia resultante al 20% y descontando los flujos de caja a una tasa del 10%, las reservas de Shell valdrían hoy 208.000 millones de dólares (180.000 millones de euros).

Shell también gana dinero distribuyendo combustible y convirtiéndolo en otros productos, como químicos. Supongamos que el negocio vale seis veces más que su ebitda de 2017 –menos que sus pares estadounidenses Phillips 66 y Valero Energy Corp–, o sea, 84.000 millones de dólares (73.000 millones de euros). Si lo sumamos todo, y restamos la deuda neta, Shell tendría un valor aproximado de 175.000 millones de libras (196.000 millones de euros), más de cuatro quintas partes de su actual capitalización bursátil.

Dado que esa cifra no incluye las reservas de Shell que no están demostradas, o los beneficios de futuras exploraciones, se puede ver por qué los inversores son optimistas sobre el cambio climático. Además, la escasez de la oferta y el enfoque prudente de las grandes empresas petroleras con respecto a la inversión tras la caída de los precios del crudo en 2014 pueden mantenerlos elevados durante años.

Sin embargo, los inversores no deberían dormir tranquilos. Los vientos políticos podrían cambiar rápidamente, especialmente si ocurre un desastre ambiental, o si las olas de calor actuales empeoran. Los Gobiernos podrían verse obligados a actuar con mayor rapidez, gravando a los contaminadores y subvencionando tecnologías más ecológicas, lo que provocaría la caída de los precios del petróleo.

Supongamos que los precios del crudo y del gas caen a 40 y 4 dólares respectivamente, y que se agotan las reservas. En ese caso, el valor de Shell bajaría a solo 89.000 millones de libras (100.000 millones de euros).

Si bien los nuevos proyectos de Shell podrían llegar al punto de equilibrio con un precio de 40 dólares el barril de petróleo, el riesgo es que los precios caigan aún más si los Gobiernos realmente le dan la vuelta a la tortilla. No es de extrañar que las propias empresas no sean más comunicativas. Lo que llama la atención es que los inversores no les estén dando un empujón más fuerte.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías.

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