Merkel deja en herencia una Europa fragmentada y en deriva populista

La grave crisis del Gobierno alemán ha precipitado el balance sobre el mandato de la canciller. Y el resultado arroja más sombras que luces.

Angela Merkel
La canciller alemana, Angela Merkel, este miércoles en el Parlamento alemán. (AFP / Omer MESSINGER)

El análisis de la herencia política de Angela Merkel ha comenzado a rebufo del ataque más virulento que ha sufrido la canciller alemana en 13 años de mandato. Su propio ministro de Interior, Horst Seehofer, ha intentado derrocarla para hacerle pagar su gestión de la política migratoria.

Merkel ha sobrevivido a la embestida. Pero a costa de aceptar que Seehofer organice centros de detención (denominados campos de tránsito) para impedir la entrada de emigrantes irregulares procedentes de otros países europeos. Una solución "a la húngara" que hace solo unos días parecía inaceptable para Bruselas o Berlín. Y que amenaza con un efecto dominó que llene de controles fronterizos la zona Schengen, ya resquebrajada desde la crisis de refugiados en 2015.

La claudicación de Merkel se ha interpretado en Bruselas como el principio del fin de una era dominada por la canciller de los pies de plomo. Un período marcado por debacles consecutivas (Grecia, deuda, migración...) en las que Berlín ha impuesto siempre un mismo modelo de solución: in extremis, a medias e intergubernamental.

Los frutos amargos de esa estrategia incluyen rescates del FMI, corralitos dentro de la zona euro (todavía vigente en Grecia), controles fronterizos dentro de la zona Schengen (en Alemania, Francia, Austria, Suecia, Dinamarca y Noruega) y la primera escisión de la UE (Reino Unido).

En el haber de la canciller figura el haber evitado la ruptura de la zona euro, tanto con el visto bueno tácito a las políticas más agresivas del BCE, como por haber tirado de las riendas a su impulsivo ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, partidario de expulsar a Grecia.

La agencia Moody's alerta sobre la profunda división de la UE y la falta de consenso sobre la integración

 

El modelo, en todo caso, se ha vuelto contra Merkel porque Berlín se encuentra ahora en el torbellino de la enésima crisis europea. Y la mayoría de los socios comunitarios han optado por desentenderse del problema, como hicieron Alemania, Austria, Holanda, Finlandia o Eslovaquia cuando el sur del continente sufrió la crisis de la zona euro.

El fiasco de la última cumbre europea (28 y 29 de junio), pensada para socorrer a Merkel, ha sido de tal magnitud que la agencia de calificación Moody's la ha considerado este miércoles como "negativa" a largo plazo para el rating de los socios de la zona euro. La cumbre, según la agencia, ha mostrado las "profundas divisiones" que existen entre los socios "sobre la migración y sobre la integración europea".

Moody's considera que "no es probable que el escenario político actual facilite pasos significativos para fortalecer las instituciones [de la UE] su gobernanza, más allá de limitados progresos en la unión bancaria". Un panorama que, según la agencia, amenaza la futura calificación individual de los socios del euro, circunstancia especialmente peligrosa para los países más vulnerables, con Italia a la cabeza.

El veredicto de las agencias resulta revelador porque apunta la "ausencia de visión compartida entre los miembros de la UE" como principal causa de un riesgo político que, de no corregirse, puede poner en peligro el futuro económico del club y del euro.

La "ausencia de visión compartida" ha sido la seña de identidad de la era de Merkel, una canciller que en década y media no ha logrado encajar con ninguno de los cuatro presidentes de Francia (Chirac, Sarkozy, Hollande y ahora Macron) que le han tocado en suerte.

La ausencia de liderazgo franco-alemán se ha traducido en una suerte de diktat berlinés que ha alentado los reflejos nacionalistas dentro y fuera de Alemania con un relato moral de las crisis que ha dividido a los socios en virtuosos y holgazanes, acreedores y deudores, solidarios y egoístas...

La parsimonia de Merkel en resolver las sucesivas crisis ha alentado la desconfianza mutua entre los socios

 

Con ese caldo de cultivo, el populismo y el euroescepticismo ha brotado con fuerza y casi un tercio de los 28 gobiernos de la UE ya están controlados, totalmente o en parte, por partidos ultranacionalistas, xenófobos o de extrema derecha.

La tendencia se extiende por igual en países golpeados por la crisis como Italia o en otros sin graves problemas económicos, como Austria o Dinamarca. Y va desde países fundadores como Bélgica a socios menos veteranos como Finlandia o recientes como Polonia, o Hungría.

Esos grupos han pasado de ser residuales a dominar gran parte de la agenda comunitaria y sus propuestas permean los partidos tradicionales. El primer ministro austriaco, Sebastian Kurz, ya busca alianzas más allá de su familia política (el Partido Popular Europeo) para tejer un frente antiinmigración con líderes hasta hace poco intratables en la UE como el italiano Matteo Salvini (Liga). Y Salvini, ministro del interior en su país, ya planea una alianza continental de las fuerzas euroescépticas para concurrir a las elecciones de mayo de 2019 al Parlamento Europeo.

La Casa Blanca de Donald Trump no oculta su apoyo a esa corriente, con el embajador estadounidense en Berlín, como principal airete. Y Bruselas teme que el Kremlin de Vladimir Putin también sople a favor de la división durante las próximas elecciones europeas, hasta el punto de que el Consejo Europeo ha encargado a la Comisión Europea que elabore antes de fin de año un plan de choque que contra las fake news rusas.

"Pueden llamarlo populismo, pero tarde o temprano hay que hacerse esta pregunta: ¿es populista responder a las expectativas de nuestros ciudadanos... o quizá, esa es la esencia de la democracia?", desafiaba este miércoles el primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki, ante el Parlamento Europeo.

Durante la última década, la UE más que responder a las expectativas de los ciudadanos ha contribuido a frustrarlas, fuera por la situación de precariedad y desesperanza que ha cundido en el sur o por la sensación de inseguridad y descontrol que asusta a los países del norte. Bajo la batuta de Berlín, cada problema, por pequeño que fuera, se ha dejado enquistar hasta convertirlo en gigantesco.

La parsimonia de Merkel y su resistencia a una respuesta comunitaria a las crisis sucesivas ha dejado un club lacerado por la desconfianza mutua entre los socios. Y unas instituciones comunitarias desacreditadas por los continuos desprecios del gobierno alemán, con la Comisión Europea como principal damnificada.

Las grietas de la UE han crecido sin parar a golpe de cumbres de emergencia y reuniones interminables que tan solo lograban parches y patadas hacia adelante. Durante una década el objeto de esas citas infructuosas eran Grecia, Chipre o Portugal. Pero en las últimas semanas el epicentro de la crisis europea ha saltado a Berlín. Y Merkel ha comprobado lo penoso que resulta para un Gobierno verse desbordado por un problema europeo (la migración en su caso) y que el resto de socios se vuelvan de espaldas como si fuera un problema nacional.

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