Quizá España sea un país moderno, y no lo sabemos

Imagen del Congreso de los Diputados.
Imagen del Congreso de los Diputados. GTRES

Uno no se hace mayor de un día para otro, por más que la percepción de este suceso sea momentánea. Qué mayor estoy, nos decimos un día, no tanto como consecuencia de una reflexión interna sino más bien de nuestra propia observación desde fuera. En España, donde la tradición del pragmatismo tiene raíces frágiles, está muy arraigada la costumbre periodística de mirar qué dicen de nosotros por allá.

Sustituir el recorrido de portadas foráneas por la percepción del mercado tiene la ventaja de que no es lo mismo opinar sobre un tema que jugarte el dinero, aunque no sea el tuyo sino el de tus clientes. En contrapartida, tiene la desventaja de que los argumentos son tan volátiles como los propios mercados: no es rara la ocasión en la que expertos atribuyen al mismo motivo comportamientos opuestos de los precios de determinado activo.

Pero hay datos tozudos: el pasado jueves la prima de riesgo estaba en 92 puntos, y para cuando Sánchez recibe a Poroshenko en calidad de presidente del Gobierno, en 94. El Ibex estaba en 10.000 9.500 puntos y está en 9.800. No caben tampoco argumentos tipo “estaba descontado”, porque ni el mismo Sánchez sabía por aquel entonces que iba a presentar una moción. La prima de riesgo italiana, entre el 15 de mayo y el 4 de junio, ha saltado de 129 a 215 puntos, con un pico de más de 300.

Explican los expertos varios motivos para esta tranquilidad: Pedro Sánchez pretende asumir los presupuestos de Rajoy (lo que a priori evita desviaciones del déficit), hará elecciones como muy tarde en dos años (posiblemente antes) y no prevé dar ministerios a los partidos que le han aupado. El mercado tiende a ser razonable, bajo determinadas circunstancias, y vota con los pies: o se va de España o se queda. Y un mero cambio de Gobierno, por muy sorpresivo y rápido que haya sido, no lo ha movilizado. Eso es noticia: castigarán a España por lo que haga su Gobierno, no por el mero cambio de nombres.

Quizá la modernidad sea algo tan anodino como eso: que se pueda vivir una semana política que deja boquiabiertos a los guionistas televisivos sin asustar a los inversores. Sin que afecte a cosas anodinas y aburridas, como una estabilidad financiera que no tiene por qué ser objetivo principal de ningún Gobierno pero que, en ausencia, puede complicar mucho las cosas. No me parece mala noticia, en un país muy dado a expresiones apocalípticas y portadas lisérgicas.

Aburrido y anodino yo también, siempre he pensado que este país está más avanzado que sus elites, y que la calidad democrática se gana paso a paso. También, todo hay que decirlo, pienso que hay mucho margen de mejora en esta calidad democrática, y me preocupan las pulsiones autoritarias y excluyentes de los últimos meses. Ahora bien, los inversores pudieron convivir varios meses sin gobierno, han convivido con un parlamento fragmentado y, ahora, con una semana en la que, a raíz de una sentencia judicial, el poder legislativo expulsa al ejecutivo. Quizá nos sobren jornadas históricas y amenazas existenciales y nos falte algo tan normal como hablar, negociar y ceder. Quizá acabemos siendo los últimos en enterarnos de que vivimos en un país casi normal.

Postdata para el lector del futuro: Sí, soy consciente de que esta entrada envejecerá mal. No sé si dentro de una semana, un mes o seis. No creo que eso reste importancia al hecho de cómo nos han visto los inversores esta semana.

Postdata para el lector del presente: Sí, soy consciente de que hay muchas verdades más allá de mi punto de vista. Más que dar lecciones, quiero destacar el constraste abismal entre la percepción del inversor y la del tertuliano de turno.

Comentarios

Quizás si dejásemos de escuchar tertulianos empezariamos a ver el país real.
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