David Gascón: “Con un chip podemos hacer hablar a una vid o a un volcán”

Libelium ha ganado el Premio Cinco Días al proyecto empresarial más innovador

Vende tecnología capaz de recopilar datos de seres y cosas inanimadas

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David Gascón, cofundador y director de tecnología de Libelium

Saber cuándo un volcán va a entrar en erupción o conocer la cantidad de agua exacta que necesita un cultivo es posible gracias al trabajo de Libelium. David Gascón (Zaragoza, 1982), cofundador en 2006 de esta organización maña junto a su socia Alicia Asín, se dedica, tal y como explica, a conectar mediante dispositivos el mundo real, el mundo que puede tocarse, verse, olerse y sentirse, con internet. Su papel en el sector de la gestión y análisis de datos es, por ello, fundamental, ya que constituyen el primer eslabón de la cadena, ese que recauda la información que luego va a analizarse. Por todo ello, la firma ha ganado el Premio CincoDías al proyecto empresarial más innovador, en la décima edición de estos galardones.

La gestión de datos ha estado muy ligada a la actividad humana. En su caso, analizan la actividad de volcanes, viñedos o koalas. ¿Por qué?

La idea es dotar de comunicación a cosas inanimadas. Pero para que un río o una planta hablen necesitamos un chip. Queríamos ampliar el mundo que nos rodea y extraer toda la información de la que, por falta de digitalización, no disponíamos. En el volcán Masaya (Nicaragua) instalamos sensores para monitorizar su actividad. En varios viñedos de Suiza y Eslovenia, gracias a la tecnología, podemos controlar la temperatura y humedad, la radiación solar o la presión atmosférica, y así optimizar la producción. En 50 koalas del parque natural de Brisbane (Australia) hemos instalado chips para controlar su actividad y ver que todo va bien. Pero no solo en el sector medioambiental. También trabajamos en la industria 4.0, en proyectos de ciudades inteligentes o en el sector médico.

¿Cuál es su papel en el análisis de datos y en el mundo del internet de las cosas?

Nosotros trabajamos en el mundo real, ponemos dispositivos en la calle, en los bosques y en los ríos para captar la información. Por eso tenemos una relación directa con el análisis de datos, porque sin esta recopilación es imposible estudiar posteriormente los datos. Las empresas nos piden los sensores y herramientas que necesitan para medir algo y nosotros se los fabricamos.

En todo este tiempo, ¿se han encontrado con algo que no sea medible?

Sí, hay algunos sensores que son imposibles de conseguir y que nos los siguen pidiendo. Por ejemplo, uno que pueda extraer el pH de la tierra. Esto puede hacerse en el agua, pero no en suelo firme. U otros de naturaleza más biológica, que sean capaces de afirmar sin ninguna duda que en una porción de agua concreta hay salmonela.

Ahora un enólogo tiene información con la que antes no contaba, como la cantidad de azúcar de la uva o el crecimiento del tallo, gracias a los sensores y chips

¿Cuál es la mayor dificultad que encarna el análisis de datos?

Sin ninguna duda, la interoperabilidad, es decir, que la información que mandan los sensores sea entendida por un cloud y por quien hace los análisis. Es relativamente fácil extraer datos, pero no se pueden convertir en valor sin los expertos necesarios, que interpreten y analicen la información correctamente. Por eso está surgiendo una oleada de profesionales que no solo se dedican a recopilar el dato, sino también a saber darle valor. Un enólogo tiene que reestructurar su trabajo, porque ahora ha de contar con información de la que antes no disponía y que recibe gracias a un sensor. Sabemos la cantidad de agua que absorbe al día una vid, cuántos micrometros se dilata o contrae un tallo por la noche o la cantidad de azúcar exacta que tiene la uva. Quien trabaja el vino ha cambiado su forma de operar.

¿Disponer de tantos datos puede ser contraproducente en algún momento?

Un mismo dato no vale para todos. Quizá en un cultivo de maíz es beneficioso saber cómo una planta hace la fotosíntesis, pero a lo mejor, en uno de cacao importa más la humedad de la tierra. También hay que entender que hay que segmentar la información. Podemos analizar que de pronto sube la temperatura, pero quizá esa circunstancia no es trascendente.

¿Son los datos el nuevo oro, como ya se dice?

El dato es solo un valor, lo que pasa es que cada vez se invierte más en él. Hasta hace poco nos pedían sensores que medían algo con un porcentaje de precisión del 90%. Ahora las empresas quieren una fiabilidad del 98% o 100%, y están dispuestas a pagar por un sensor que cueste 10 veces más. Es algo necesario si se quiere dar responsabilidad al dato, y a eso es hacia lo que vamos, a dar un valor legal y seguro a esa información.

Esto será más complicado de lograr si el sensor está en el cráter de un volcán...

Sí. Todos los sensores, desde el punto de vista electrónico, son unidades que varían en voltaje, amperaje o señal digital. Pero su construcción y mantenimiento dependen totalmente del lugar en el que van a estar. Un volcán es muy corrosivo y el metal se oxida en apenas dos días. Si un sensor normal puede medir con precisión durante cinco o seis meses sin necesidad de ser recalibrado, en un cráter esto dura tres o cuatro días. Pero si el cliente lo compra es porque lo necesita. Al mes vendemos miles de dispositivos en 120 países, y muchos de los usuarios llevan a cabo proyectos secretos o privados. Muchas veces no sabemos dónde acaban algunos de estos dispositivos.

¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Estamos volcados con el sector salud. Hemos creado un minihospital que tiene el tamaño de un maletín y vale 100 veces menos que la sala de monitorización de un hospital. Este vale unos 1.000 euros. De esta forma se está revolucionando la telemedicina. La herramienta permite que el usuario se mida en casa, monitoriza los datos a tiempo real, los manda a la nube y un médico, a miles de kilómetros, lo analiza. Tenemos un presupuesto para 2018 de 1,5 millones de euros para I+D. No sabemos del todo el potencial que esto tiene, pero vamos por buen camino.

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