La república catalana sigue siendo un cuento

Ni el mundo político ni el económico se creen la DUI.

El 155 por vía rápida se ve con alivio, pese a los riesgos

Puigdemont
Carles Puigdemont y otros parlamentarios tras la declaración de independencia en el Parlament.

Proclamar una república no es lo mismo que ser una república. Los que festejaban la declaración unilateral de independencia en las calles de Cataluña quizás disfrutaban el momento conscientes de que mañana será otro día. Explica bien Iceta que él puede decir que es guapo, pero si nadie le dice guapo no sirve de nada. Ningún país serio, no contaremos a Osetia del Sur, ha dicho guapa a la república catalana (nota al corrector: en minúsculas). Al revés, la ven fea. Y el mercado está sereno: se ha resentido, claro, pero ante una ruptura real del Estado caería a plomo. No es así.

Pronto comprobaremos que a esa gente ilusionada le habían prometido lo que no podían cumplir. Les contaban el cuento de hadas de una república feliz, próspera, reconocida por todos, integrada en la UE, donde se podría elegir pasaporte, donde querrían estar todas las empresas y donde el Barça podría volver a ganar la Liga sin que piten ya a Piqué.

En vez de eso, va a quedar el destrozo de una autonomía que consideraban obsoleta, pero que con sus imperfecciones ha estado entre las más avanzadas del mundo occidental. Va a quedar una fractura social duradera, familias que evitan quedar a comer los domingos, amigos que se salen de grupos de wasap para evitar el bombardeo de crispación. Va a quedar la fuga de las empresas del que siempre fue el primer polo industrial de España, negocios sufriendo el disparatado boicot, cruceros que pasan de largo por no atracar junto al barco de Piolín donde se alojan, hacinados, los policías.

No basta con declararse independiente para ser independiente, pero sí basta para cargarse el autogobierno. En principio, ojalá, por poco tiempo. Por prudencia, cabe poner en cuarentena el plazo previsto por el Senado para aplicar el artículo 155 de la Constitución aunque se celebren elecciones el 21 de diciembre. Porque el bloque independentista está roto, desde luego, pero ¿qué se hará si el nuevo Parlament se reafirma en la insurrección? ¿Y si antes el independentismo boicotea la llamada a las urnas? ¿Y si la ocupación de lugares estratégicos deriva en incidentes graves? Aun con esos riesgos, este artículo 155 con convocatoria electoral inmediata se ve con alivio: desmiente el discurso del Estado que ocupa una nación libre, e implica que el punto de partida de la negociación con las nuevas autoridades (otras) será recuperar la autonomía, con las mejoras que luego puedan lograrse por la vía de la reforma constitucional, en vez de una independencia que saben imposible.

Si en este caótico jueves Puigdemont se hubiera decidido in extremis por evitar la DUI y convocar elecciones autonómicas, como al final hizo Rajoy por él, estaríamos mucho mejor. Pero, claro, uno no puede enjaular al monstruo que ha ido engordando y dejado suelto. Esas masas que fueron alentadas a tomar la calle, agitadas desde la maquinaria oficial y esas organizaciones civiles que se sientan en la mesa del Govern, ya le gritaban traidor, botifler (como a los partidarios de los Borbones en 1714), judas que se vende por 155 monedas, como decía en un tuit el diputado y showman Rufián.

Los responsables de la insensata DUI no dan la cara votando, pero piden a su gente que se parta la suya para salvar la república

 

 

Si Puigdemont hubiera dado marcha atrás al borde del precipicio, a cambio de frenar el 155, y si no hubiera buscado también imposibles garantías de impunidad tras pisotear todo el ordenamiento jurídico, habría pasado el bochorno de admitir que su cuento era mentira. Incluso eso habría sido más digno que mantener un pulso que sabe perdido.

Cualquier salida habría sido mejor para Cataluña que proclamar la república de forma vergonzosa: sin que el president diga una palabra ante la Cámara, con los escaños de la oposición vacíos y con los diputados indepes escondidos tras el voto secreto. Los responsables de esta insensatez, bien conocidos, no dan la cara votando, y sin embargo van a pedir a su gente que se parta la suya en la calle para salvar la república (insisto: minúscula).

Aunque el viernes vimos la euforia de esa media Cataluña, y las banderas españolas arriadas de algunos edificios oficiales, la épica del procés ha sido ensuciada por su transcurrir chapucero. Puigdemont no va a ser el héroe de esta película. Con la DUI intenta evitar que le recuerden por sus titubeos: la primera vez que iba a declarar la independencia hizo una pirueta; luego buscó un pacto porque quería salvarse de la cárcel; al final quedó preso de sus promesas y de sus alianzas. Todos sabemos que estuvo cerca de rajarse en el último minuto.

El 155 era la única solución para restablecer el Estado de derecho. Pero estamos en una situación de alto riesgo, porque seguimos ante una embestida frontal contra el sistema democrático. Después de decir que el 1-O no se celebraría y fracasar en el intento de impedirlo, Rajoy no se podría permitir que tampoco fuera eficaz la intervención de la autonomía. Si no logra coger las riendas, se vería a España como un Estado fallido. Para evitar meses de confrontación, se ha optado por la salida más adecuada: las urnas de verdad, las propias de la democracia representativa.

No descartaremos aún ningún escenario, tampoco el cruento. Lo que desean muchos independentistas es la foto del manifestante ante el tanque, como en Tiananmén, Pekín, en 1989. Algo que espante tanto al mundo, y desestabilice tanto a España y Europa, que se abra paso la secesión pactada. Pero no es eso lo que esperan los inversores. La Bolsa acogió el jueves con euforia el anuncio de que Puigdemont iba a echarse atrás, porque habría despejado la incertidumbre, pero luego no se hundió porque esa opción se esfumara, claro que a la misma hora estaba Draghi soplando otra vez a favor del mercado (le echaremos de menos cuando no esté). El viernes los operadores sí lo veían más oscuro, pero tampoco negro: caídas del 1,5%. El Ibex lleva semanas descolgándose de las subidas de la Bolsa europea, pero esa pérdida no descuenta un conflicto civil prolongado.

Las empresas que aún no se han retirado de Cataluña (algún medio se está dedicando a lincharlas en sus portadas), o las que aún sacando su sede mantienen su actividad principal allí, se aferran a la idea de que la DUI no tendrá ninguna eficacia y el Estado reinstaurará la legalidad. No creen que se cumpla la peor pesadilla de quien necesita seguridad jurídica: dos administraciones en disputa, dos legalidades paralelas, dos Haciendas reclamando los impuestos. En vez de eso, se espera que, con toda la movilización ciudadana que se quiera, los funcionarios elegirán salvar su empleo, piensen lo que piensen. Que los Mossos no encabezarán una rebelión armada. Y que los interventores del Gobierno acumularán pruebas (las que no hayan pasado aún por las trituradoras) para que la justicia depure las amplias y graves responsabilidades en esta calamidad.

Frente a unos dirigentes políticos erráticos y divididos, que horas antes de la DUI iban a hacer otra cosa, y que ocultaron su voto decisivo por miedo a la justicia, ¿acaso van a correr al martirio los trabajadores del Estado? No es lo mismo hacer la revolución saltándote las clases en el campus o, más ridículo, sacando dinero de los cajeros automáticos, que jugarte el sustento de tu familia.

La derrota de Puigdemont y Junqueras está muy cerca. Pero no será una victoria para nadie. El daño está hecho y es incalculable.

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