Alimentación

La cesta de la compra se come las ‘apps’

La tecnología y las grandes bases de datos permiten saber cuándo, cómo, dónde y por qué se van a comercializarlos productos

Conocer al consumidor y hacer perfiles, ajustar la demanda y la producción, minimizar riesgos o descubrir nuevos nichos de negocio; datos y más datos que las empresas de alimentación y bebidas hace tiempo que recopilan y analizan para la toma de decisiones.

Esta industria, innovadora y dinámica como pocas, parece estar un paso por delante de otros sectores en el uso y manejo de las grandes bases de datos. Las herramientas que ofrece el big data no solo no la asustan, sino que las ha incorporado como un compañero de viaje imprescindible.

¿Cómo se utiliza en el sector? “La marea de datos e información con la que contamos en la actualidad es una auténtica revolución, pero muy inspiradora”, apunta José Luis Molina Zamora, consejero delegado de Hispatec.

Los datos sirven para hacer previsiones de demanda, ajustar las producciones de ciclos cortos y evitar pérdidas

A medida que se han incrementado “los procesos de digitalización contamos con más información que nos revela datos que ni siquiera pensábamos”. Estos, actualmente, son “valiosísimos, por ejemplo, para hacer una previsión de la demanda o ajustar las producciones de ciclos cortos y, en consecuencia, evitar pérdidas”. Hoy, ni la producción ni la demanda se dejan al libre albedrío. La tecnología y las grandes bases de datos “nos permiten saber cuándo, cómo, dónde y por qué se van a comercializar esos alimentos”, señala el experto.

Se habrá preguntado alguna vez cuál es el secreto –o al menos uno de ellos– de que las hojas de las verduras y hortalizas que fabrica y comercializa Florette estén listas para consumir. Con seis plantas de producción repartidas por toda la geografía española, Florette es un ejemplo del manejo de los datos para ajustar la producción a la demanda: producción de ciclos cortos y cantidades justas para satisfacer la demanda con un bien altamente perecedero.

Campofrío es otra de las empresas líderes en esta transformación digital y uno de sus últimos hitos es su nueva fábrica de Burgos. En palabras de Javier Álvarez, director de sistemas de información de Campofrío Food Group, la compañía tuvo “la oportunidad de liderar la transformación digital en el sector.

Para ello, revisamos e hicimos aún más eficaces los procesos de negocio, incluyendo la tecnología como elemento clave en el soporte de estos”. El proyecto de reconstrucción de lo que es una de las fábricas más punteras del mundo, añade el directivo, “nos permitirá seguir liderando el sector mediante la calidad e innovación de nuestros conocidos productos”.

Las nuevas instalaciones permiten automatizar mediante un control informático todos los procesos, desde que llega la materia prima a la fábrica hasta su salida al mercado para su consumo. “La capacidad de producción de la planta es ahora de unas 100.000 toneladas al año para producto cocido, curado y loncheado con la más avanzada tecnología de fabricación”, concluye Álvarez.

Otro de los segmentos en los que el big data resulta casi obligatorio es en la previsión del mercado, “en el que la industria está invirtiendo mucho ya que, en un sector tan sensible, las pérdidas pueden ser mortales”, confiesa Molina, y recuerda cómo la liberalización de las cuotas lecheras en la UE provocó una gran distorsión de precios. Una lección ya aprendida porque “hoy la mayoría de las empresas lácteas invierten mucho esfuerzo en predecir el mercado”.

Adiós a los desperdicios

Casi un 35% de los alimentos que se producen acaba en la basura y de cada tres kilos de alimentos en origen, uno se pierde en algún punto de la cadena de suministro debido a la mala precisión entre la oferta y la demanda. El buen manejo del big data podría acabar con esta brecha.

A pie de campo, las aplicaciones tecnológicas son una auténtica revolución en la llamada agricultura de precisión. Gracias a la información que recaban los satélites, en estos momentos es posible, por ejemplo, tener una visión y control completo de dónde se produce una infestación o un crecimiento anómalo de malas hierbas.

Una información que resulta tremendamente útil para dimensionar el alcance de los daños, atacar el problema en el punto concreto donde se produce y evitar pérdidas colaterales, cuando en otras épocas la solución hubiera pasado por fumigar todo el campo o la finca.

En la llamada agricultura inteligente también se han incorporado los denominados mapas vectorizados (raster) del territorio, en los que metro cuadrado a metro cuadrado se puede saber, por ejemplo, qué proporción de productos agroquímicos hay que utilizar. De esta forma se evitan los tratamientos invasivos y masivos.

La cesta de la compra se come las ‘apps’

Desde la FIAB (Federación Española de Industrias de la Alimentación y Bebidas) también se destaca y apoya el esfuerzo que realiza el sector para innovar en sus productos y adaptarse a las necesidades de los consumidores. A pesar de que la alimentación es un mercado maduro para incorporar estas tecnologías inteligentes, “todavía estamos en una etapa temprana de aplicación de estas poderosas herramientas”, reconocen fuentes de la industria, y añaden que “los resultados están ahí. Es una tecnología práctica y útil y los resultados se ven de forma inmediata”.

Molina Zamora advierte también contra la euforia del uso de las nuevas tecnologías y una utilización inadecuada de las mismas. “Ahora estamos en una fase bonita. Hay muchos avances, existe una mayor protección del entorno, menos contaminantes, pero es un camino no exento de fracasos en la medida en que abusemos de la moda de estas tecnologías analíticas. Si no somos capaces de analizar y procesar los datos para un uso práctico, ahórratelo”, dice. No se trata solo de tener la tecnología, sino también de “adquirir y estimular una cultura analítica para examinar, predecir, tomar decisiones y aplicar las mismas”.

El sector es optimista y uno de los más boyantes de España, pero sigue teniendo en la internacionalización su principal reto, a pesar de que sus volúmenes de exportación son más que apreciables: unos 45.000 millones de euros anuales.

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