Editorial

El papel de los salarios en la economía

Los sindicatos quieren capitanear de nuevo una estrategia basada en la demanda de fuertes subidas nominales

Una trabajadora coloca una etiqueta en una fábrica textil.
Una trabajadora coloca una etiqueta en una fábrica textil. REUTERS

Los salarios constituyen la mitad de la riqueza nacional y, junto con las cotizaciones que llevan aparejadas, la más voluminosa cuantía de los costes de producción de la economía. Tienen, por tanto, una doble función económica, puesto que mientras sostienen variables cruciales como la demanda nacional de consumo e inversión, pueden convertirse en un factor determinante en la formación de los precios y los niveles de competitividad de una economía abierta. No se puede hablar de los salarios como si fueren una variable autónoma y neutral. En los últimos meses se ha reactivado el debate sobre su futuro aprovechando la recuperación de la economía y de los beneficios de las empresas, y se debería tener presente el papel que han desempeñado en el pasado para no cometer errores en el futuro.

Los sindicatos quieren capitanear de nuevo una estrategia basada en la demanda de fuertes subidas nominales, ante el papel pasivo al que desde hace años les ha relegado una reforma laboral que ha dado más libertad a los comités de empresa y a los gestores de las sociedades, y que se ha saldado con una flexibilidad desconocida antes en las relaciones industriales y con un balance en creación de empleo muy positivo.

Los empresarios, por su parte, mantienen que los salarios deben seguir siendo moderados, aunque admiten que especialmente los abonados a los recién llegados al mercado de trabajo deben ser más elevados, para evitar la fractura que lentamente está penetrando en las diversas generaciones de asalariados. Un informe elaborado por Comisiones Obreras cuantifica la devaluación salarial en una pérdida de las retribuciones de entrada en las empresas con la crisis del 13%, mientras que se mantienen con ligeros avances nominales las remuneraciones de los asalariados que ya estaban en el mercado cuando llegó la recesión. Si la productividad se ha incrementado de manera evidente con la penetración de la tecnología, es injustificable que los salarios de entrada bajen en tales cuantías, y proporcionan margen para repensar la política de costes de la producción.

Eso sí: manteniendo la moderación que durante varios ciclos alcistas consecutivos ha sido uno de los motores del crecimiento, de los beneficios y de la generación de empleo, que sigue siendo la forma má generosa y democrática de repartir la riqueza. Los sindicatos plantean ahora subidas del 1,8% al 3%, lo que supondría absorber la inflación esperada y toda la productividad, con escaso margen para mantener la inversión y el crecimiento, y se convertirían otra vez en un acelerador de los precios y enemigo principal de la competitividad. Cautela, pues, ante este fenómeno, y más en un momento crítico en el que será inevitable una subida de impuestos o cotizaciones para financiar las pensiones, sin olvidar que también son inflacionistas.

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