Tribuna

Apostamos por el pato

Las organizaciones del sector energético tienen muy claro que trabajar a largo plazo es absolutamente necesario

Imaginemos que tenemos una misión trascendental. Hemos de hacer llegar un mensaje de un punto geográfico a otro sin saber de antemano cuál será el medio que tendremos que atravesar. ¿Serán las frías aguas del océano?, ¿o las cumbres del Himalaya?, ¿o quizás una selva densa y plagada de obstáculos?

Ha llegado el momento de elegir a nuestro mensajero dentro de un elenco de poderosos animales. Un águila, un delfín, un tigre o un pato. Sí, he dicho un pato. El águila es el ave más veloz de los cielos, el delfín el más ágil nadador y el tigre corre por la selva como ninguno. En cuanto al pato, no ganará medallas olímpicas en ninguna de las tres especialidades. Pero tiene una cualidad de la que carecen el resto de sus vigorosos colegas. Es capaz de hacer cualquiera de las tres. Ninguna demasiado bien, ni demasiado rápido, pero, llegado el momento, es el único que garantiza que podrá transportar el mensaje sea cual sea el medio que necesite atravesar.

Esta sencilla metáfora representa muy bien el terreno en el que se mueve el planificador energético. Esta disciplina, orientada a garantizar la producción de energía, la seguridad y el uso adecuado de la energía disponible, ha de realizar un delicado trabajo de anticipación y de manejo de incertidumbres, en ocasiones a más de dos décadas vista. El planificador intentará anticipar escenarios caso de ciencia ficción, previendo precios de combustibles, cambios tecnológicos en la producción de energías renovables, desarrollo de nuevas infraestructuras, evolución de tasas de cambios entre divisas, marco normativo en energía, crecimientos de demanda. Son tantas variables y tal el grado de incertidumbre que es prácticamente imposible que logre adivinar lo que nos depara el futuro.

Pero es que ante una planificación tan compleja y tan a largo plazo, ya sea en el entorno energético o en cualquier otro, el quid de la cuestión no está tanto en saber leer el futuro como en elegir la opción menos mala pase lo que pase, la que nos asegure un menor impacto en el caso de que las cosas no salgan como lo esperamos. La idea es calcular ¿qué pasa si nos planificamos para un escenario y el resultado es totalmente lo opuesto? A este resultado lo hemos de llamar nuestro valor de arrepentimiento. La idea será calcular nuestro máximo valor de arrepentimiento para cada escenario y luego seleccionar aquella solución que nos arroje el valor mínimo de todos los máximos valores de arrepentimiento. ¿Suena complejo, verdad? Nuestro pato es justamente eso. Si toca volar, tardará mucho más que el águila; si hay que nadar, no lo hará ni de lejos a la velocidad del delfín; y si debe viajar a ras de tierra, no tendrá ninguna oportunidad de ganar al tigre. Pero con el pato sabemos con certeza que el mensaje acabará llegando a su destino.

En esta misma línea, las decisiones del planificador partirán de una valorización del nivel de arrepentimiento que implica una elección concreta para cada uno de los escenarios posibles. De forma que demos con la opción que pueda dar una respuesta aceptable en todos ellos. Es seguro que la opción elegida no será nunca la que se ajuste al 100% cuando llegue el momento de aplicarla, pongamos que en 2040. Pero a cambio tendremos la seguridad de que esta se adaptará parcialmente. Y corregir una desviación entre lo que ha sido previsto de manera conservadora hace mucho y la realidad de hoy es mucho menos costoso que tener que crear un nuevo sistema porque las previsiones fueron tan arriesgadas que no son aplicables a las condiciones actuales.

El pato nos permitirá dar salida a la demanda energética de ese lejano 2040 sin incurrir en los enormes costes que supondría crear nuevas infraestructuras de última hora. Con esta planificación nos aseguramos de que los recursos esenciales para nuestro crecimiento, e incluso para nuestra subsistencia, estén plenamente garantizados. Lo que está en juego detrás de este minucioso trabajo es demasiado valioso para no ser tratado con el máximo cuidado.

Las organizaciones del sector energético tienen muy claro que trabajar a largo plazo es absolutamente necesario. Los enormes volúmenes que manejan para casi todo (investigaciones millonarias, presencia en Bolsa, macro-infraestructuras) demandan espacios de trabajo estirados en el tiempo, hasta los 30 o 40 años. Y este no es un caso aislado. Todos los entes que trabajan en áreas sensibles, de importante impacto y trascendencia para la sociedad, han de emplazarse a un largo plazo que no es precisamente de 5 años. Las soluciones cortoplacistas y/o de alto riesgo traen consigo grandes reveses, como los que hemos visto demasiado a menudo durante estas últimas crisis.

Aun así, cuando llegue 2040 y resulte que ya sepamos que el viaje es por tierra, no faltará quien –un político presumiblemente– de manera oportunista nos alegue, “hombre, ¿y cómo no elegiste al tigre?”.

Pero eso, va con el trabajo.

Nervis Gerardo Villalobos es director técnico y de operaciones en Enersia Technology & Innovation.