Tribuna

Trump y el problema del crecimiento económico

Con la precaria salida a la crisis financiera, uno de los temas más candentes es el de si nuestras economías volverán a experimentar los rápidos niveles de crecimiento de décadas pasadas. Este es uno de los temas estrella en la elecciones en EE UU, con todos los candidatos, tanto los republicanos como los demócratas, prometiendo que tienen las recetas mágicas para que el país regrese a niveles de crecimiento muy superiores de los actuales. El republicano Donald Trump ha prometido que con su reforma impositiva la economía estadounidenses crecería un 6% anualmente –una promesa que ha sido ridiculizada desde todos los ámbitos–. Casi todos los días me preguntan cómo es posible explicar el fenómeno Trump. Una razón fundamental es la enorme frustración entre millones de votantes que llevan sufriendo una generación de estancamiento económico.
El crecimiento económico no es una cuestión baladí ya que de él depende el futuro y prosperidad de nuestras economías. Estamos en una era en la que los ciudadanos pensamos que es una época de cambio constante y de innovaciones y radicales que están transformando nuestras economías y posicionándoles para seguir creciendo indefinidamente. Desafortunadamente, los datos reales no son tan alentadores, sobre todo si los comparamos con los niveles de crecimiento de mitad del siglo pasado
Recientemente se han publicado varios libros en EE UU sobre este tema. El más importante es The Rise and Fall of American Growth: The US Standard of Living Since the Civil War [La subida y la caída del crecimiento de América: el estándar de vida estadounidense desde la guerra civil], del historiador económico y profesor de la Universidad de Northwestern Robert Gordon.
En su libro, Gordon argumenta que la cumbre del periodo de alto crecimiento y de la aparición de las tecnologías disyuntivas que impulsan el crecimiento ya ha pasado. Un análisis minucioso muestra cómo los cambios tecnológicos recientes (el iPhone o el wifi) son modestos comparados con los de décadas pasadas, cuando se introdujo la electricidad, o el automóvil. En las ultimas décadas nos hemos acostumbrado al crecimiento económico, pese a periodos de crisis, y lo hemos asumido. Gordon muestra, sin embargo, cómo los periodos de crecimiento han sido la excepción en la historia de EE UU, y no la regla. En el libro, Gordon hace un análisis exhaustivo de los efectos de la segunda revolución industrial en el crecimiento económico y muestra cómo fue durante el siglo de mayores cambios –entre 1870 y 1970–, cuando la renta per cápita creció mucho más rápidamente que en décadas anteriores. Desde entonces, y con la excepción de los noventa, con la revolución digital, no hemos vuelto a experimentar tasas de crecimiento comparables (ni cambios tan dramáticos a nuestros estilos de vida como durante las primeras décadas del siglo pasado). En los cincuenta y sesenta, el crecimiento medio fue del 2,7%, y en la última década ha sido tan solo del 1%. Una razón fundamental ha sido la caída en las tasas de productividad.
Gordon sostiene que los cambios tecnológicos que se avecinan (robots, coches sin conductores…) no van a tener el impacto en la productividad de los de la segunda revolución industrial, y por consiguiente no vamos a experimentar similares tasas de crecimiento. Él concluye que la reciente ralentización en las tasas de crecimiento es permanente, y que la era de gran crecimiento ya ha pasado. Esta conclusión (y otros economistas no están de acuerdo) refleja el pesimismo que observamos en los votantes de nuestros países. Si su pronóstico es acertado, lo que significa es que las décadas venideras van a estar marcadas por estándares de vida estancados para la inmensa mayoría de los norteamericanos con unas consecuencias políticas y sociales incalculables.
En EE UU las encuestas muestran que una amplia mayoría de los norteamericanos son pesimistas de cara al futuro, y es la primera generación que piensa que sus hijos van a tener peores perspectivas económicas que ellos. Esto es clave para entender la gran frustración que está alimentando la campaña de Trump (y de Sanders por el lado demócrata). Para una sociedad como la norteamericana, cuya imagen propia se basa en la confianza, en el progreso y en la capacidad del individuo de escribir su propio futuro, las perspectivas descritas por Gordon son más que preocupantes. Si se cumplen, puede que en unos años Trump nos parezca un moderado.

Sebastián Royo es Vicerrector y catedrático de Gobierno de la Universidad de Suffolk en Boston