El Foco

Los siete mandamientos

George Orwell publicó en agosto de 1945 su famosa Animal farm, al decir de los que saben, la más lúcida fábula jamas escrita contra los Estados totalitarios y sin duda una obra de referencia universal. Por cierto, el manuscrito de Rebelión en la granja –como una feliz premonición de su futuro éxito/importancia– fue afortunadamente rescatado de los escombros de la casa del escritor, al norte de Londres, destruida parcialmente en junio del 44 por una bomba V-1 alemana.

Cualquier pasaje del libro es una invitación a la reflexión, hoy más que nunca: “Y, sobre todo, ningún animal debe tiranizar a su propia especie. Débiles o fuertes, listos o simplotes, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales”, proclama el viejo Major en la parte final del discurso que, al principio de la trama, dirige a todos los animales de la granja; el verraco fue el ideólogo que con sus palabras inspiro los siete mandamientos, los principios teóricamente “inmutables”, las normas que deberían guiar a los animales en su particular revolución tras hacerse con el poder en la Granja Solariega del señor Jones.

La democracia, sin los innecesarios apellidos con la que hoy la adornamos (autentica, moderna, verdadera...), debiera ser un feliz maridaje entre justicia y libertad, entre participación activa permanente y representatividad; con gobiernos e instituciones decentes, con dirigentes (políticos o empresariales, tanto monta) que sean transparentes en su actuar y acepten rendir cuentas como una obligación y no como señal de descrédito; que se comprometan solidariamente con la Sociedad, procuren la resolución de los problemas que inquietan a los ciudadanos y fomenten el aprecio, la defensa y el cuidado de las cosas que son de todos, aunque estén en nuestras manos. De ninguna manera ha de permitirse que nadie se beneficie en exclusiva de los bienes comunes y, como escribe Antonio Gala, “trastoque la jerarquía del bien público y el bien particular”. Pareciera como si en esta moderna (?) y egoísta forma de vida que nos estamos construyendo, donde la información nos inunda al instante por los medios más dispares, aceptáramos con naturalidad que la falta de dialogo, la incomunicación y el desapego hacia los otros y lo común fuese lo más natural del mundo, y así nos va. Vamos a tener una gran oportunidad de poner remedio a nuestros desencuentros a partir de septiembre, cuando la ONU apruebe definitivamente los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, consensuados en el borrador suscrito el pasado 3 de agosto por 193 países que propone el escenario ideal para 2030 y fija tres grandes metas o principios básicos: terminar con la pobreza extrema, luchar contra la desigualdad y la injusticia y poner soluciones al cambio climático.

En un año repetidamente electoral en España, una gran sinrazón, la desigualdad, entrará en campaña y ocupará –con el desempleo, la corrupción, la desconfianza en dirigentes e instituciones y la situación económica– el centro de los discursos políticos de todos los partidos, de los boletines informativos, de los editoriales y artículos periodísticos, de los mítines que tendremos que padecer y, naturalmente, del parecer de los tertulianos todólogos que todo lo saben. Y está bien que así sea, y es bueno y hasta conveniente que hablemos de desigualdad si, después, todos nos pusiéramos sin dilación a la tarea e hiciéramos realidad lo de dar trigo en lugar de tanto predicar.

La democracia debieraser un feliz maridaje entre justicia y libertad; con instituciones decentes

La realidad, sin embargo, es bien distinta: en el índice de justicia social en la Unión Europea, que se elabora teniendo en cuenta seis indicadores (riesgo de exclusión y pobreza; igualdad de oportunidades en la educación; acceso al mercado laboral; cohesión social y no discriminación; salud y cohesión intergeneracional), España ocupó en 2014 el modesto puesto 21, en un ranking que agrupa a 28 países que encabezan, como siempre y para bien, Suecia, Finlandia y Dinamarca, y cierran Bulgaria, Rumanía y Grecia.

La desigualdad ha alcanzado los niveles más altos nunca registrados en los países industrializados, según refieren los medios y recoge un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), publicado en mayo, que además alerta del lastre que la desigualdad económica supone para el crecimiento y el desarrollo económico. Lo que no deja de ser un sarcasmo es que la propia OCDE haya creado una aplicación informática/digital que permite a cualquiera calcular la situación de un hogar (rico, pobre, en la media) con respecto al resto de la población en tan solo diez “clics”. Claro que, además de dar respuesta –según la OCDE– a tan importantes inquietudes, y a despejar dudas sobre si somos o no ricos, digo yo que tal como están las cosas la novedosa app nos ayudara a que agarremos una depresión de caballo cuando conozcamos los resultados del ensayo y constatemos lo sabido: que la penuria es nuestro estado natural...

Es tiempo de alianzas público-privadas, y hora de esperanzas y de utopias que nos devuelvan la confianza en nosotros mismos. Nos lo debemos, porque acabar con la brecha de la desigualdad es cosa común, y a cada uno le deberíamos exigir, y exigirnos, la cuota parte de responsabilidad que nos corresponda en ese empeño: Gobiernos, instituciones, multinacionales, grandes corporaciones, pequeñas y medianas empresas; ciudadanos, familias, el mundo de la educación, las fundaciones, el tercer sector y los medios de comunicación.

La desigualdad, según la OCDE, ha alcanzado niveles nunca registrados en los países industrializados

El objetivo no es solo prioritario; sobre todo es estratégico, y debe ser capaz y suficiente para dar una respuesta global, urgente e inmediata porque, como ha escrito Adela Cortina, “hemos llegado a un nivel excesivo de desigualdad que no solo es injusto, sino que pone en peligro la democracia”. Y así ocurrió en la ficción de Orwell: los animales que se hicieron con la Granja Solariega protagonizaron durante su mandato revolución/atisbo democrático/contrarrevolución/más revolución y dictadura totalitaria; cambiaron a conveniencia los mandamientos originales y, al final, instalados sus cerdos dirigentes en el engaño, la desigualdad, el nepotismo, la corrupción y el crimen redujeron las siete máximas a una sola: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Es un aviso escrito hace setenta años.

Juan José Almagro es doctor en ciencias del trabajo y abogado.

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