Editorial

La crisis de edad del automóvil en España

ado esa tendencia, que no es nueva: en 2007 había siete millones de vehículos viejos en las carreteras españolas, pero su edad media era de ocho años. Tampoco es un fenómeno privativo de nuestro país, pero su gravedad es mayor que en el resto de las economías del entorno. Solo hay que echar un vistazo a las cifras para advertir la decadencia que ha sufrido el parque español en los últimos años. Mientras en 2013 la proporción de vehículos de menos de 10 años era del 55% –frente a un 69% en 2006–, en Reino Unido ese porcentaje se ha mantenido en un 70% desde 2002. Quizá Italia sea el país cuya situación resulte más parecida a la española, pero con un cierto margen que nuestro país ha superado ya con creces.

La explicación en términos numéricos de esta crisis de edad es sencilla: no se venden suficientes coches nuevos como para rejuvenecer la edad media del parque. Desde la industria se calcula que para ello haría falta que las ventas ascendiesen a unos dos millones de unidades al año, y no se ven señales de que eso pueda ocurrir. En 2013 solo se vendieron 722.000 vehículos, pero el mercado natural español alcanza en el mejor de los casos un máximo anual de 1,2 millones de coches vendidos al año, lejos de esos dos millones necesarios para insuflar savia nueva.

Para regresar al umbral natural de ventas –insuficiente en cualquier caso para la renovación óptima del parque– harían falta, según los expertos, al menos cuatro años. No en vano, desde 2007 las ventas de vehículos nuevos han caído un 50%, un porcentaje que hasta ahora se suple con vehículos de más de cinco años. La primera causa de esta situación radica, sin duda, en la pérdida de capacidad adquisitiva de la población española, tras un largo y duro proceso de ajuste económico que todavía no ha llegado a su fin. De un país que arrastra un volumen de desempleados como el español, en el que un gran número de hogares depende de empleos de baja remuneración e incierto futuro, y en el que las fuentes de financiación no pasan por sus mejores momentos, no puede esperarse un repunte en las adquisiciones de vehículos nuevos, y eso a pesar de las ayudas públicas. La compra de un automóvil constituye una decisión seria, meditada y supeditada a la salud de la economía familiar. En ese sentido, la mejora de la curva de ventas en España posiblemente evolucione de forma paralela a la de la actividad general y a la de la mejora de las finanzas de los hogares.

Pese a ello, existen poderosas razones para tratar de acelerar ese proceso. La primera de ellas es el futuro de la propia industria del automóvil española, que necesita alimentarse de una demanda interna que complemente las exportaciones. También hay que contar con la importante incidencia que el envejecimiento del parque automovilístico tiene en la seguridad vial. Los últimos datos revelan un aumento de los accidentes en las carreteras españolas, una circunstancia que un país moderno y desarrollado y una potencia turística no se puede permitir. Desde la industria se considera “imprescindible” el efecto renovador que han tenido los planes PIVE y PIMA Aire, que se ha traducido en la sustitución de un total de 600.000 vehículos viejos. Pese a que el modo óptimo de recuperación del consumo en una economía de mercado es el progresivo repunte de la actividad y la creación de empleo, la realidad se impone. En ese sentido, las herramientas para estimular el proceso de renovación del parque automovilístico español pueden ser una valiosa ayuda hasta que el motor económico coja revoluciones.