El Foco

Del castigo a la adulación

En un entorno en el que el paro y la deuda no permiten hablar de salida de la crisis y en el que hay aún millones de dramas económicos personales, se prodigan en estos días noticias cada vez más positivas sobre la economía española. No hace tanto que cundían los mensajes apocalípticos y ahora parece que hemos pasado al terreno del halago. De alguna manera, la economía española ha realizado la travesía desde un castigo excesivo a una adulación algo temprana. Ni antes estábamos tan mal ni ahora estamos de dulce.

La sobrerreacción fue evidente cuando las primas de riesgo alcanzaron cotas que ahora parecen ya lejanas, pero el susto no se nos ha ido aún. España acumuló desequilibrios en múltiples facetas y Europa no alcanzó la cohesión, racionalidad y altura de miras para tratar los problemas de la deuda soberana con las dosis de solidaridad y disciplina justas y bien administradas. Poco a poco, la prima de riesgo se ha ido reduciendo y las consecuencias son evidentes. En particular, las posibilidades de emisión de deuda en buenas condiciones financieras se han multiplicado y así se ha reflejado en el creciente número de colocaciones de bonos.

Asimismo, la mejora se retroalimenta a sí misma y el sentimiento inversor optimista (bullish sentiment) respecto a España es cada vez más fuerte. Mi convencimiento personal, revisados una y otra vez un número amplio de indicadores adelantados (que están siendo mejor aún de lo esperado), es que la economía española superará las previsiones y el PIB puede crecer por encima del 1% en 2014. Esto no da para grandes alharacas pero reafirma la existencia de condiciones para tratar de aportar algo de sorpresa positiva a la recuperación.

En todo caso, la virtud que aporta el equilibrio es difícil en materia económica y más en estos años en el que la ciclotimia de las expectativas, las sensaciones dispares y el número de riesgos que interactúan en la economía global han hecho enormemente complicados los ejercicios de previsión macroeconómica. En este sentido, es mejor prevenir que curar y, en todo caso, diagnosticar que adivinar. Y en ese difícil trapecio del circo de interacciones económicas y financieras en un entorno aún bastante incierto es en el que le va a tocar balancearse a España en los próximos años. Porque hay importantes riesgos que lidiar.

Aprovechando la paradoja circense, el primero de los riesgos que se me antoja importante considerar es que el circo necesita una auténtica red de seguridad. Ese circo es la eurozona y los últimos acontecimientos en torno a la unión bancaria han dejado un regusto amargo al respecto que se puede explicar con un contraste simple: si la crisis de la deuda soberana pudo estar fuera de control es por la ausencia de un mecanismo de apoyo financiero (una red, una garantía, un backstop) de apoyo mutuo. Sin embargo, el acuerdo con el que se cuenta hoy por hoy apunta a la creación de una estructura parecida a la deseada pero rácana en medios y en voluntades. Europa sigue partida en dos. Lo que hace, no obstante, que no se reactive el foco del incendio soberano periférico es que se entiende que algo se ha debido aprender y que el BCE estaría listo para actuar y cerrar posibles brotes de cólera especuladora antes de que se complete la unión bancaria dentro de 10 años. No es, en cualquier caso, una situación del todo cómoda la que se respira en los mercados, aunque es infinitamente mejor a la de hace año y medio.

Otro aspecto crucial es que no hay espacio para la complacencia y es preciso mantener el pulso sobre las reformas. Si España –con el mercado de trabajo a la cabeza– se hundió de una manera que tardaremos años en levantar fue porque la estructura fallaba y las reformas estructurales que el país precisaba no se habían puesto en marcha. Aún queda mucho por hacer, incluso en el mercado de trabajo y, por supuesto en áreas en las que ahora se evidencian debilidades muy importantes, como en materia energética o en la delicada, esencial y eternamente irresuelta necesidad de reforma educativa a todos los niveles. Olvidar estas necesidades sería un pecado imperdonable.

Por otro lado, se está haciendo evidente lo importante que es gestionar la afluencia inversora. Siendo extraordinariamente positivo que esta exista –en la medida en que puede resolver problemas de viabilidad y apalancamiento empresarial–, hay que asumir que hay un parte más especulativa y otra de largo plazo. Del modo que se mezclen ambas será determinante para la renovación del tejido productivo y para poder llevar a cabo una estrategia empresarial en el país más o menos coherente en los próximos años.

Asimismo, también en relación al riesgo inversor, España va a tener que cuidar mucho su riesgo reputacional. Hay frentes abiertos –desde la corrupción a las tensiones territoriales– cuya incidencia no se ha valorado suficientemente en algunas instancias. Estos temas importan a los inversores… Y mucho. Y, por supuesto, más allá de los observadores externos está la propia confianza de los españoles y su hastío por el deterioro institucional. Existe un riesgo importante de crear una nueva dualidad cada vez más importante en España, la de las percepciones. Entre los que, por un lado, pueden notar esa recuperación y los que no pueden hacerlo, porque no tienen un empleo o porque sus problemas persisten.

Finalmente, pero probablemente lo más importante en materia de recuperación económica y de confianza social para este año que hemos comenzado, es que es preciso convertir la generación de empleo en la prioridad fundamental. Los cambios en las instituciones laborales que se pueden llevar a cabo con reformas son solo una parte que, por sí sola, no puede resolver el problema del paro. El empleo viene con el crecimiento pero, además, en la situación actual de España, con políticas activas y de reciclaje verdaderamente efectivas y con programas europeos señeros y no con iniciativas tan limitadas como las que se han puesto hasta ahora en marcha desde Bruselas.

En definitiva, para la economía española en 2014 y más allá, en algún punto entre el castigo y la adulación está la virtud y hay que seguir trabajando para alejarse de los extremos.

Santiago Carbó Valverde es catedrático de economía de la Bangor Business School (Reino Unido) y de la Universidad de Granada e investigador de Funcas

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