Editorial

El euro, la inflación y la demanda

El Indice de Precios de Consumo (IPC) ha registrado en los doce meses transcurridos desde el primero de noviembre de 2012 y el 31 de octubre de 2013 un descenso del 0,1%, una tasa interanual negativa que no se producía desde que puntualmente lo hiciera también en 2009, cuando más severa era la crisis de demanda. Estamos, por tanto, en un proceso de prolongada pero resistente desinflación inducido por la anemia de la demanda interna, que necesariamente presiona a los precios finales hacia la contracción. Pero no estamos, ni mucho menos, ante un episodio de peligrosa deflación, porque los simples movimientos de los impuestos en los tres últimos años han sido suficiente inyección como para mantener un avance holgado de los precios finales. Y los impuestos, aunque no estén implícitos en el deflactor de la producción, sí lo están en el del consumo, puesto que el último sujeto de la cadena tiene que abonarlos religiosamente.

Si la economía encadenase varios trimestres con la inflación en tasas negativas crecientes, las autoridades económicas deberían preocuparse, porque podría ser que se estuviese cebando un fantasma deflacionista. Pero si tal cosa no ha ocurrido con la actividad en declarada recesión y la demanda en los cuarteles de invierno por una largísima temporada, no hay muchos argumentos para pensar que ocurrirá cuando la economía remonte el vuelo, como parece que empieza a hacer. Por un motivo que recogen todos los manuales de teoría económica, cual es que la presión creciente de la demanda genera tensiones alcistas de precios, y por otro, de puro costumbrismo económico presente como en ningún otro sitio en España: los agentes económicos siempre han mantenido una estrecha amistad con la inflación y la consideran la mejor aliada de sus rentas, cuando se trata del más peligroso devorador silencioso de su riqueza, especialmente de aquellos dependientes de los salarios.

En estos puntuales momentos, además de la salida del índice anual de las fuertes subidas del IVA de septiembre de 2012, tiene un peso determinante en la caída a tasas negativas la fortaleza del euro. La notable apreciación de la divisa es un motor importador de deflación (mejor desinflación) para países que como España son importadores netos e intensivos de materias primas, sobre todo petróleo, que marca precios en dólares. Y ese fenómeno solo sirve para incrementar la renta real disponible de los consumidores, y de ninguna manera para encender la mecha de una espiral deflacionista. En España, en esta materia solo hay riesgo, en todo caso, de lo contrario, y bien estaría vigilar que ya que los precios se resisten a bajar, al menos no suban desorbitadamente en cuenta atisben que la recuperación de la demanda ha llamado a la puerta de la oferta.

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