Editorial

Demasiados recursos malgastados

España tiene 25,2 millones de casas, y de ellas, 3,44 millones están vacías, están ociosas. El resto están ocupadas una parte del tiempo por los hogares que las consideran su vivienda principal (18,08 millones) o de forma temporal (3,68 millones) aquellas consideradas vacacionales o secundarias. Todos los tipos de vivienda han experimentado un importante incremento en la última década, tal como revela el censo datado en 2011, bastante coherente con el avance demográfico. Este ha arrastrado la construcción de viviendas principales, puesto que se ha producido un muy apreciable avance de los hogares por desdoblamiento del de carácter tradicional.

Pero ha crecido también en paralelo el parque de viviendas ociosas, aquellas que primeramente debieron ser utilizadas cuando el avance demográfico demandaba nuevos alojamientos. Un comportamiento lógico del mercado habría adjudicado primero las viviendas que estaban vacías cuando arrancó el boom inmobiliario, que ya era superior a los tres millones al arrancar el siglo, para reactivar la construcción cuando la demanda absorbiese el excedente. Esa sería la gestión lógica del mercado, si el inmobiliario funcionase como la producción industrial, que agota todas las existencias, o la gran mayoría de ellas, antes de reactivar la capacidad productiva.

Es evidente que el inmobiliario no es un mercado normal, y es más evidente aún que en España en los últimos quince años se ha inoculado de un fuerte componente financiero, en buena parte especulativo, que lo aleja más de la normalidad. Pero dado que su hipertrofia ha sido una de las causas reconocidas de la prolongada recesión, por el daño causado a los balances de los hogares y de la banca, hay que cuantificar su anormalidad para evitar, en el futuro, una réplica de sus excesos.

Una valoración a precios de hoy, moderados ya con el paso de la recesión, revela que los españoles han malgastado entre 450.000 y 500.000 millones de euros en viviendas que ahora no usan ni un solo día del año. Esos recursos ociosos, en torno al 45% del PIB del país, están en los balances de la banca y en las hipotecas de los españoles, con unos niveles de endeudamiento tan elevados que, dado el bajísimo ritmo de desapalancamiento vegetativo, cercenan la capacidad de inversión en otro tipo de activos para unos cuantos años. De hecho, esa cantidad es nada menos que el triple de todo el crédito vivo concedido en España para actividades industriales, u ocho veces la inversión en bienes de equipos del último año. Tener empeñados recursos por casi la mitad del PIB da una idea de los excesos de la corrida inmobiliaria, y los esfuerzos necesarios para superarlos, y permite, echándole imaginación, conocer cómo le habría ido al país y a sus moradores de haber invertido ese dinero, por ejemplo, en actividad industrial manufacturera.

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