TRIBUNA

Coordinación solo aparente

A veces parece que no se ha aprendido demasiado en estos cuatro años de crisis. Lo que está sucediendo en Europa estos días y las medidas que se están adoptando son solo una aparente coordinación. Sin embargo, lo que está sucediendo en realidad es que, como tantas otras veces estos años, se producen reacciones descoordinadas desde distintas instancias cuando la situación de los mercados está cercana a un precipicio.

Ayer, los principales bancos centrales del mundo decidieron una inyección de liquidez masiva para tratar de aplacar las tensiones del mercado. Los comunicados oficiales hablaban de favorecer la liquidez para estimular el crédito a las familias y a las empresas. La realidad, sin embargo, es que el crédito no llegará y que lo que se está realizando es solo una ayuda parcial en una situación de extrema tensión en los mercados de deuda y una presión significativa sobre el dólar, cuya demanda ha aumentado de forma muy considerable recientemente. Este tipo de acciones no resuelven los problemas estructurales, solo los aplazan. Y cada vez con menor margen temporal.

Precisamente, hoy se discuten esos problemas estructurales de la economía y el sistema financiero europeo así como sus posibles soluciones en la III Jornada de Actualidad de la UE organizada por CECA y Funcas, destacando esos retos pendientes por ser numerosos y muy relevantes. La inyección de liquidez de las autoridades monetarias no es una medida nueva y en el pasado ya ayudó a sobrellevar situaciones de extrema tensión en los mercados de forma temporal. La inyección actual, además, tendrá ahora un efecto aún más de corto plazo, porque las tensiones han ido en aumento en los últimos años y los especuladores y los inversores en general desconfían cada vez más de la gobernanza europea para resolver el dilema de la deuda soberana.

Este dilema, como ya se ha dicho muchas veces, consiste en equilibrar dos fuerzas contrapuestas. De un lado, los que propugnan la austeridad fiscal por encima de todo y exigen el cumplimiento de los objetivos de déficit y de las reformas que sean precisas para ello, con Alemania a la cabeza. Por otro lado, los que -con diferente grado de compromiso por esos objetivos y reformas- mantienen que es del todo necesario establecer mecanismos de apoyo mutuo y garantía común para la deuda Europea, con Italia y España como representantes más destacados. ¿Está el Ecofin resolviendo este problema y propiciando el equilibrio entre ambas fuerzas? Parece que no.

Lo que el Ecofin está proponiendo -hasta el momento- es que el Fondo Monetario Internacional resuelva lo que los Estados de la eurozona no parecen poder resolver por sí mismos. Más que una solución definitiva que resuelva de forma simultánea la necesidad de compromiso fiscal con el mecanismo de soporte de la deuda, lo que el Ecofin están haciendo es tratar de evitar la muerte anunciada del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (EFSF). Entre los múltiples defectos del EFSF destaca que su vehículo de inversión no ha contado hasta la fecha con el apoyo financiero preciso. La solución que se baraja es que el apoyo financiero lo preste el FMI, pero con un préstamo a través del BCE. Esto supone que en lugar de establecerse un sistema de apoyo común a la deuda europea (que incluso podría considerar la participación del FMI), lo que se propone es un mecanismo exclusivo para algunos países -con Italia y España como destacados candidatos-, mientras que los países centroeuropeos siguen a su aire y, muy probablemente, propiciando acuerdos y compromisos que pueden llevar de forma efectiva a la temida Europa de dos velocidades.

Todo lo que estos días parecen acciones contundentes son, en realidad, un conjunto de medidas descoordinadas que se alejan de la verdadera agenda de problemas de Europa. En esta especie de redefinición del EFSF no se está considerando una resolución conjunta de los problemas fiscales y los de deuda, sin la cual cualquier esfuerzo es baldío. Tampoco se está alejando la especulación sino que muy probablemente se está favoreciendo que se focalice allí donde más daño hace, en Italia y España. Y mucho menos se está hablando de cómo compartir la factura de lo que sería una verdadera reestructuración financiera en Europa, con los Estados miembros, los tenedores de bonos y los bancos asumiendo los costes que fueran precisos para ello. Una vez más, se está haciendo mucho ruido pero no se está resolviendo el problema de fondo y Europa no evita el temor a su fragmentación.

Santiago Carbó. Catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Granada