TRIBUNA

¿Lecciones para Grecia?

En los últimos días seguimos discutiendo las repercusiones del la crisis griega para otros países de la eurozona. Tras la aprobación por el Parlamento griego del paquete de ajuste y la decisión de los Gobiernos europeos de aprobar el rescate, se esperaba que se produjese un respiro y que los mercados se calmasen, pero desafortunadamente no está sucediendo. Moody's acaba de rebajar la calificación de Portugal a bono basura ante el temor de que el país no pueda cumplir los objetivos de reducción de déficit y estabilidad marcados por la UE y el FMI, y de que también necesite un segundo rescate.

A estas alturas, está claro que la decisión de la UE de aprobar los fondos ha sido motivada fundamentalmente por el deseo del salvar la moneda única y evitar una nueva crisis bancaria. Pero persisten las dudas de si supone una solución a medio y largo plazo, ya que no resuelve el problema de la falta de competitividad del país (ni de Portugal ni de Irlanda). Es fácil entender que prestar más dinero a un país (o a alguien) que está ya fuertemente endeudado, que tiene pocos activos líquidos y que tiene insuficientes ingresos suele ser una receta para el desastre. Posponer la fecha de vencimiento del crédito solo garantiza que los que tomaron la decisión no estarán es su puestos cuando llegue ese día.

Es curioso lo poco que aprendemos de la historia. Observadores nos recuerdan que hace justamente 10 años que Argentina causó la mayor bancarrota soberana de la historia. Ahora Grecia amenaza con romper ese récord. Las similitudes entre los dos países no pueden ser ignoradas: corrupción endémica, debilidad de las instituciones, perspectivas cortoplacistas de las élites y los Gobiernos, historia de falta de disciplina fiscal y de despilfarro, así como una insuficiente base impositiva y una evasión fiscal rampante son problemas que han caracterizado a ambos países durante décadas. La falta de flexibilidad monetaria (para Grecia causada por su pertenencia a la UME, y en el caso de Argentina por la paridad con el dólar) también limitaba las opciones de ambos países y previene las devaluaciones competitivas.

En Argentina, el Gobierno inicialmente respondió con un masivo bond swap voluntario para posponer los pagos hacia el futuro. Esta decisión sirvió para poco: a los seis meses el país declaró la bancarrota. En Europa seguimos haciendo esfuerzos ingentes para repetir los mismos errores: como en Argentina, hay una gran falta de liderazgo y de determinación para aceptar decisiones difíciles; también se sigue evitando una reestructuración significativa de la deuda soberana y nos negamos siquiera a discutirla; el Gobierno griego, más allá de conseguir la aprobación de paquetes de ajustes en el Parlamento, sigue dejando grandes dudas sobre su determinación para cumplir e implementar lo acordado, y sobre su capacidad para controlar el gasto público y recaudar más impuestos.

El gran error, como en Argentina, sigue siendo la obsesión en seguir tratando un problema de falta de solvencia y de competitividad como un problema de liquidez, y de tratar de solucionarlo con insuficientes remiendos para proporcionar liquidez a corto plazo. En el caso de Grecia parece cada vez más evidente que una pequeña reducción en su deuda (un haircut) no va a convencer a los mercados (ni a nadie) ni va a rebajar la presión. Por el contrario, muchos analistas estiman que será necesario un haircut cercano al 50% del valor presente neto de la deuda. En este contexto cualquier reestructuración actual va a requerir otras reestructuraciones en el futuro.

Por último, el problema se ve agravado por la falta de un plan claro, así como un mensaje unido y coherente por parte de las autoridades europeas (incluyendo el BCE). Los inversores y los mercados tienen que percibir que las autoridades hablan con una sola voz, y que están determinados a hacer todo lo necesario para resolver la crisis. En Europa, por desgracia, estamos viendo justo lo contrario: no solo peleas entre los Gobiernos, sino también entre los Gobiernos y el BCE; así como retrasos en las decisiones y cambios constantes en las estrategias y los planes.

Minimizar el problema y negar la realidad, como seguimos haciendo, solo nos va a llevar a repetir el mismo desastre que Argentina. Lo que necesitamos es liderazgo y soluciones creativas que de verdad den respuesta a la crisis.

Sebastián Royo. Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Suffolk en Boston, EE UU