TRIBUNA

El sueño roto de Irlanda

La crisis global se acaba de cobrar su primera víctima política en la eurozona. El Gobierno Irlandés de Fianna Fáil, forzado por el colapso de la economía del tigre céltico a convocar elecciones generales anticipadas, acaba de sufrir una humillante derrota en las elecciones del pasado viernes. Según los resultados provisionales, el partido conservador opositor Fine Gael será el encargado de formar nuevo Gobierno tras 14 años en la oposición, pero no ha conseguido la mayoría absoluta y se verá forzado a formar una coalición.

Hasta hace poco Irlanda era considerado uno de los países más exitosos de Europa. Sin embargo, la crisis global puso al descubierto las debilidades del modelo. De acuerdo con el FMI, la caída acumulada del PIB en los últimos tres años ha sido del 11% del PIB, y la de la demanda agregada, del 22%. El desempleo ha aumentado del 4,6% en 2007 al 13,3% en 2010, la deuda, del 25% al 95% del PIB, y el déficit ha alcanzado el 14,3%. Se espera que más de 100.000 personas emigren en los próximos años (de una población de 4,3 millones).

Este desastre es el resultado de políticas económicas equivocadas, prácticas bancarias irresponsables y regulaciones insuficientes e inadecuadas. Como en España, la entrada de Irlanda en la Unión Monetaria Europea (UEM) llevo a una caída de los tipos de interés que llevó a una burbuja en el sector inmobiliario fomentada por la expansión del crédito.

El nivel de crédito privado aumentó desde el 100% del PIB en el año 2000 al 230% en 2008, y las entidades financieras extranjeras jugaron un papel clave en esta expansión crediticia: el pasivo neto internacional de los bancos irlandeses aumentó del 20% del PIB en 2003 al 70% en 2008.

La crisis financiera global llevó al cese inmediato de los flujos de crédito y el Gobierno, en pleno ataque de pánico e incompetencia, decidió, en septiembre de 2008, garantizar la deuda de los bancos. Esta terrible decisión que forzó a rescatar a casi todos los bancos ha convertido la crisis financiera en una crisis fiscal de deuda pública. Se estima que los costes de recapitalización de los bancos estarán en torno al 36% del PIB, lo que empujará la deuda pública al 123% del PIB en el año 2014. El colapso llevó a la aprobación por parte de la UE y el FMI de un paquete de rescate de 85.000 millones de euros a fines del año pasado.

La crisis ha dejado al desnudo las miserias de un sistema político caracterizado por el clientelismo y la incompetencia, y explotado por la avaricia de las élites políticas y financieras, encabezadas por el Taoiseach (primer ministro) Brian Cowen, que han llevado a la ruina al país.

El nuevo Gobierno se encontrará con un legado extraordinariamente difícil y con pocas opciones. Las posibilidades de dejar de pagar sus deudas o de abandonar la UME serían catastróficas. El líder de Fine Gael, Enda Kenny, se ha comprometido a tratar de renegociar el paquete de rescate al considerar que los intereses son abusivos (5,83%, más de lo que se cargó a Grecia). Una reducción de un punto ahorraría al Gobierno el equivalente de un 0,4% del PIB.

El paquete, al haber aumentado el coste de pagar la deuda, es percibido por muchos irlandeses como una agravante del problema fiscal y no como una solución. Los irlandeses sienten, y no sin razón, que los europeos han ido a por ellos y que les quieren pasar factura por sus excesos y por su arrogancia durante los años de crecimiento.

La opción más razonable sería la eliminación de la deuda subordinada de los bancos (14% del PIB), pero el Banco Central Europeo teme el contagio y se opone. Sin embargo, el principio adoptado de forzar a los contribuyentes a asumir las deudas de bancos insolventes es muy injusto y llevará al país a décadas de contracción fiscal y bajas perspectivas de crecimiento. Si el resto de los países de la Unión Europea quieren proteger a sus propios bancos que tienen deudas con Irlanda, entonces deberían de asumir también parte del coste.

Por último, para España hay una lección muy importante: hay que evitar a toda costa dar cheques en blanco a los banqueros. Si hay que dejar caer a alguna caja insolvente, es mejor aceptarlo y forzar a los acreedores a asumir parte de las pérdidas que repetir el desastre de Irlanda.

Sebastián Royo. Catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Suffolk en Boston, Estados Unidos