COLUMNA

Los pilares de la política energética

En España, pero también en Europa, las compañías energéticas están protagonizando diversos movimientos de posicionamiento desde hace meses. Aparte de que el momento bursátil lleva a algunas empresas a capitalizar los beneficios obtenidos, se pueden encontrar también algunos factores macroeconómicos que pueden contribuir a explicar los movimientos.

Los escenarios que se describen por diferentes organismos internacionales, Foro de Estabilidad Financiera, Fondo Monetario Internacional, Banco de Pagos Internacionales, etcétera, incluyen como un riesgo para el crecimiento económico la consolidación de los precios energéticos en un nivel elevado. El último informe de previsiones de riesgos financieros de la Financial Services Authorities inglesa considera específicamente que a pesar de que los precios del petróleo en términos reales estén por debajo de los existentes en los años ochenta, los mercados de futuros señalan unos precios de alrededor de 45 dólares por barril, casi el doble de la media histórica de 25 dólares por barril.

Aunque éste sea un escenario alternativo que señala condiciones de riesgo, la posibilidad de que las economías deban funcionar en un marco de precios de la energía más caros es elevada. Hay que tener en cuenta que el alza reciente de los precios de la energía no se debe a problemas en la oferta, como fue el caso de las crisis de los años setenta, sino a la demanda de países emergentes como China e India. Esta diferencia, junto con el hecho de que la política monetaria parece haber logrado una estabilización de las expectativas inflacionarias y que ha aumentado la flexibilidad de los mercados laborales, contribuye a explicar por qué no se ha trasladado completamente el alza del precio de la energía a los precios de consumo finales, como ha señalado recientemente David Walton, miembro del Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra (Has oil lost the capacity to shock?, 23 de febrero, 2006). Por su parte, Alan Greenspan, en otro discurso ante la Cámara de Comercio de Japón el 17 de octubre de 2005, señalaba que la persistencia de precios altos de la energía llevaría a modificaciones en el uso energético de los países, dado que las elasticidades de demanda a largo plazo son mayores que las relativamente inelásticas de corto plazo. Los cambios en las expectativas sobre precios energéticos han sido importantes y persistentes y orientarán decisiones de inversión. Como señala Greenspan, los temas energéticos serán cruciales para la salud a largo plazo de las economías y presentan ciertas cuestiones importantes a los políticos.

Una preocupación sigue siendo la concentración de la oferta en zonas inestables; otra, la importancia de lograr un funcionamiento adecuado del mercado, de forma que funcionen las señales de precios. Hay que señalar que, de acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía, hasta el año 2020 la demanda mundial de petróleo crecerá un 32% y la de gas un 48% y que el crecimiento de la demanda de energía se seguirá centrando en estas dos fuentes porque no hay actualmente alternativas disponibles.

El crecimiento en la demanda y el precio elevado son dos factores que explican un ambiente de cierta preocupación sobre la seguridad en el suministro, aunque no son los únicos, según ha señalado el director ejecutivo de BP, John Browne, en un discurso ante el Instituto de Economía Internacional (Managing Energy Insecurity, 23 de febrero, 2006).

Otras cuestiones que se deben considerar son, en primer lugar, el hecho de la dependencia de tres áreas de suministro: Oriente Próximo, África Occidental y Rusia. En segundo lugar, hay que considerar el efecto sobre el cambio climático, ya que las concentraciones crecientes de carbono en la atmósfera suponen un riesgo para el clima. Así, parece que las orientaciones de la política energética se están basando en tres pilares que tienen un horizonte de medio plazo: la preservación del medio ambiente, la inversión en búsqueda de eficiencia productiva y la seguridad en el suministro.

El primer paso a realizar es la diversificación de las fuentes de oferta en lo máximo posible y la propia industria está dirigiendo su inversión a exploración y desarrollo y a infraestructura de transporte y recepción para petróleo y gas. Hay que señalar que la inversión puede tener que hacerse en países en transición que pueden necesitar otros tipos de inversión dirigidas a mejorar sus condiciones económicas. El segundo paso se debe dirigir a reducir los riesgos medioambientales del incremento del consumo de energía. En este aspecto, ya se están tomando medidas, por muchos Gobiernos y por las propias industrias, para mejorar la eficiencia energética; incluso algunas empresas están trabajando en la posibilidad de almacenaje del dióxido de carbono.

En resumen, dado el escenario de mantenimiento de los precios elevados, la concentración de las fuentes de oferta y las consecuencias medioambientales, la política energética será más que nunca el centro de la política económica de los países desarrollados en los próximos años.