COLUMNA

Alemania mira hacia delante

Con el ajustado resultado en las urnas, el electorado alemán ha expresado su deseo de que las reformas continúen, pero de manera muy gradual, según el autor. En su opinión, un Gobierno de gran coalición, encabezado por Angela Merkel, es la mejor expresión de este deseo

La clase política alemana lleva varias semanas intentando descifrar la verdadera intención del electorado alemán. Tras una campaña electoral donde Angela Merkel partía con una enorme ventaja en las encuestas, basada en el desencanto de los votantes alemanes con la política económica del canciller Gerhard Schröder, el resultado final demostró que los sistemas democráticos pueden hilar muy fino. Al no otorgar un mandato claro a ninguno de los grandes partidos, el pueblo alemán mandó un mensaje muy claro: no nos gusta lo que tenemos, pero tampoco la alternativa. El mensaje sonará familiar a aquellos que han seguido las vicisitudes recientes de la política europea, y simplemente repite el desencanto que tan claramente reflejaron las derrotas del voto constitucional europeo en Francia y en Holanda.

El mandato de Schröder se ha visto marcado por importantes reformas estructurales, incluyendo una reforma sustancial del mercado laboral y por un pobre crecimiento económico. El problema es que el debate sobre la reforma estructural, como en otros países europeos, se ha caracterizado por la incertidumbre y la indecisión. Como ya apuntamos en esta tribuna hace unos meses, ha habido inflación de reforma, se ha hablado tanto y hecho tan poco que el concepto de reforma estructural al final ha perdido toda la credibilidad.

¿Qué ofrecía Angela Merkel? Más reforma estructural, pero con una cara nueva. El electorado alemán es consciente de que se enfrenta a una situación donde la alternativa a renovarse es la decadencia. La reforma es por tanto una constante vital. ¿Cuál fue el error de Merkel? Que posiblemente propuso reformas demasiado agresivas. El punto de inflexión de la popularidad de Merkel se centra en las declaraciones públicas de su asesor económico sobre las bondades del impuesto sobre la renta a tipo único. El debate electoral sobre el tipo único se convirtió en un debate sobre la clase media pagando una parte desproporcionada de la factura reformista, y la oportunidad la aprovechó Schröder para recuperar el terreno perdido.

Por tanto, se puede concluir que el electorado alemán ha expresado su deseo de que las reformas continúen, pero de manera muy gradual. Un Gobierno de gran coalición, encabezado por Merkel, es probablemente la mejor expresión de este deseo. La reforma del mercado laboral se aparcará durante un tiempo, pero este Gobierno de coalición puede realizar avances importantes para el futuro del país, como la reforma del sistema federal.

Alemania tiene un sistema federal muy desarrollado, donde el Gobierno central tiene severamente limitada su capacidad de actuación. Por ejemplo, la política fiscal está altamente condicionada por las decisiones de los länder: ante un aumento inesperado del déficit, el Gobierno federal no tiene capacidad de aumentar los impuestos para cubrirlo, ya que la mayoría de las decisiones impositivas pertenecen a los Estados. El sistema es difícil de gestionar, y la reforma federal supondría un retorno de ciertas competencias al Ejecutivo federal, exactamente el camino opuesto al que está emprendiendo España con la reforma de los estatutos de autonomía.

Alemania necesita un periodo de reformas que no dañen la confianza de los consumidores a corto plazo. La debilidad de la demanda interna europea se debe en gran medida a la naturaleza ricardiana del consumidor europeo: es tan clara la conciencia de que el Estado del bienestar está en bancarrota que la inercia del consumidor europeo es ser precavido y ahorrar para el futuro. El recuerdo constante de que hay que liberalizar el mercado laboral -es decir, aumentar la incertidumbre- es otro incentivo al ahorro. Sólo un programa de reformas positivas conseguirá hacer repuntar la demanda interna en un contexto de economías globalizadas donde la inversión tiene lugar predominantemente en el extranjero y los salarios están sometidos a una fuerte presión a la baja.

Para Europa es fundamental que Alemania recupere la salud económica, no sólo por su peso específico en el PIB europeo, sino porque así se podrá recuperar la disciplina de política económica. Una Alemania que haya retornado a una senda de crecimiento sostenible podrá recuperar la disciplina fiscal, y con ello reducir de manera significativa la capacidad de negociación de los incumplidores en el seno de la discusión europea.

Con una Comisión Europea debilitada, la alternativa es una Europa que lentamente deriva en un espacio económico de políticas débiles y poco disciplinadas, donde el concepto de bien común europeo se diluye paulatinamente para dar paso a posiciones puramente de interés nacional. Europa debe aprender del ejemplo de Koizumi en Japón: su política decisiva de reformas ha conseguido que el pueblo japonés no quiera volver a ser gobernado por políticos indecisos y egoístas, como demostró su victoria aplastante en las recientes elecciones anticipadas. ¿Dónde está el Koizumi europeo?