COLUMNA

Las medallas olímpicas son para los ricos

Uno de los deportes favoritos de los económetras en las vísperas de la celebración de los Juegos Olímpicos, que hoy se inauguran en Atenas, es la formulación de previsiones del número de medallas que cada país logrará a partir de la formulación de complejos modelos estadísticos. Este afán por aventurar el futuro deportivo de los países no puede tener otra explicación que el deseo permanentemente insatisfecho de estos profesionales de demostrar a sus hijos pequeños que sus trabajos no carecen de utilidad práctica.

La consultara PricewaterhouseCoopers en su publicación European Economic Outlook del pasado mes de junio hizo este ejercicio utilizando una metodología similar a las utilizadas con anterioridad por varios autores. De acuerdo con este estudio, los atletas españoles están en condiciones de obtener 13 medallas en Atenas, dos más que en Sydney y algo menos de lo que vaticinan nuestras jerarquías deportivas.

El propósito de estos análisis es determinar, mediante la previsión del número de medallas que un país conseguirá, cuál será el grado de éxito que un país puede esperar de su participación en los Juegos Olímpicos a partir de la construcción de un modelo que utiliza variables ajenas al desempeño estrictamente deportivo -no se tiene en cuenta el número de atletas federados para calcular la probabilidad de conseguir una medalla en 100 metros lisos, por ejemplo-. El ejercicio no deja de tener una cierta utilidad porque si bien no ayuda a decidir sobre la conveniencia de participar o no en los Juegos Olímpicos, si puede ser de cierta utilidad para determinar el número de atletas a enviar.

El tamaño de la población ha ido perdiendo relevancia como factor determinante del éxito en los Juegos Olímpicos

Con todo, estos estudios no han abundado. La literatura económica sobre la predicción de resultados presenta dos características. La primera es que a pesar de arrancar en los años setenta del pasado siglo con bastante entusiasmo, los boicots a los juegos de Moscú 1980 (por los norteamericanos) y de Los Ángeles 1984 (por los soviéticos) convirtieron en irrelevante cualquier predicción que hubiera sido hecha utilizando muestras sesgadas o cuya predicción se refiriera a juegos con una participación anómala. La segunda característica es que estos análisis son muy estacionales, esto es, se realizan y consiguen un público que se interese por ellos solamente cada cuatro años en vísperas de los Juegos.

La mayoría de estos estudios subrayan que el tamaño de la población, su riqueza, su pasada pertenencia al bloque comunista y el ser el país organizador muestran ser las variables más importantes para predecir los resultados. Sin embargo, estas variables tomadas individualmente muestran un poder predictivo bastante peor.

Tomemos la población, por ejemplo. Aunque nadie duda de que son los países más poblados los que acumulan más medallas (Rusia, EE UU), también es una realidad que las medallas obtenidas por la India no son muchas y que China, que representa el 20% de la población mundial, no suele recolectar más del 8% de las medallas.

El segundo factor importante es la riqueza de las naciones medido en términos de renta per cápita. Aunque este es un factor que cuenta para predecir casi cualquier cosa, el hecho es que los costes de participar se han abaratado, al menos para países de desarrollo intermedio y su fuerza predictiva se ha debilitado relativamente.

El ser país organizador de los Juegos es importante, tanto porque ello le permite estar presente en todas las competiciones, como por contar con más apoyo entre el público que acude a los estadios. Este segundo fenómeno, unido a los menores costes de desplazamiento juega también a favor de los países próximos al lugar de los Juegos, como se ha demostrado repetidamente.

Los países que han formado parte del bloque comunista tienen una tradición de buen hacer deportivo muy superior al resto de Estados de similar grado de desarrollo. Esto es un hecho que estuvo soportado en su día por la especialización productiva que estos países hicieron de las actividades deportivas y que de alguna manera, aunque en menor grado, ha durado hasta hoy.

Otras variables que se han tenido en cuenta en estos trabajos son la cultura deportiva de las naciones, la pasada dependencia colonial, la organización estatal (república o reinado).

En general, de la lectura de este tipo de trabajos -no son muchos los existentes- puede concluirse que el tamaño de la población ha ido perdiendo relevancia como factor determinante del éxito en los Juegos Olímpicos, que la riqueza nacional es importante y que el ser país organizador añade un plus de medallas.

Lo curioso de este último elemento es que no solamente ayuda a ganar medallas en los Juegos celebrados en el país, sino que se comprueba que los atletas de países que organizarán las siguientes olimpiadas muestran mejores resultados en los juegos inmediatamente anteriores. Es el caso de los australianos en Atlanta o de los griegos en Sydney. Este comportamiento parece que tiene que ver con una mayor atención dedicada por los medios de comunicación a los Juegos Olímpicos, a la actividad deportiva nacional y a los atletas.