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El Foco
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

En busca de trabajadores digitales entre una población distraída

Los jóvenes saben moverse con soltura por las redes sociales, pero fracasan a la hora de analizar, sintetizar, jerarquizar y evaluar la información

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PACO PUENTES

Las empresas no encuentran personas adecuadas para el trabajo en una economía digital. En un mercado de trabajo dual como el español, donde conviven trabajadores bien pagados con trabajadores precarios, resulta una excentricidad. Paradójicamente, y a pesar de haber aumentado la formación académica media de la población en edad de trabajar, parece que las habilidades concretas que poseen los trabajadores cualificados, aprendidas tanto en su etapa formativa como en su experiencia posterior, no son acordes con las demandadas. ¿Qué se está enseñando entonces?

Una de las cuestiones más inquietantes que revelan los estudios publicados es que las políticas de digitalización del sistema educativo son ineficaces. La UE situaba la escasa competencia digital de los estudiantes a la cabeza de la lista de factores que pueden suponer un obstáculo para la digitalización del sistema educativo. Solo el 3% del tiempo que los niños y adolescentes dedican a los medios digitales se emplea en la creación de contenidos. Los habitantes digitales tal vez sean capaces de moverse en Meta y en X al mismo tiempo que suben un selfie a Instagram y envían mensajes de texto, pero cuando se trata de evaluar la información que circula por las redes sociales, resulta que son fáciles de engañar. De ahí el éxito, por ejemplo, de las noticias falsas.

El uso inadecuado de las pantallas perjudica a niños, jóvenes y adultos en tres aspectos: su interacción social, su lenguaje y su concentración. Cuanto más tiempo pase el menor con su smartphone, su televisor, su ordenador, su tablet o su videoconsola, más se alterarán cualitativa y cuantitativamente los intercambios intrafamiliares. Las pantallas roban estímulos y experiencias esenciales que resultan muy difíciles de recuperar después. En el caso de los jóvenes y adultos es descorazonador saber que a los 28 segundos un lector se ha cansado de leer una noticia; no va a estar, como tiempo medio al mes, más de 18 minutos en la versión digital de un diario generalista; puede estar 57 minutos en un diario deportivo, 15 minutos en un diario regional y 7 minutos en un periódico económico, según los últimos datos del medidor de audiencias GFK.

Mientras que las aptitudes digitales se pueden adquirir sin problema a cualquier edad, y un adulto o un adolescente con unas habilidades normales puede aprender rápidamente a utilizar las redes sociales, los programas de ofimática, las páginas web de comercio electrónico, las plataformas de descarga, las tablets táctiles, los smartphones, la nube, etc, no ocurre lo mismo con los fundamentos del lenguaje, la coordinación motora, los hábitos sociales y la gestión de las emociones; si no se aprenden en las etapas iniciales del desarrollo son más difíciles de adquirir tiempo después. Como dicen los neurocientíficos, los adultos aprenden reajustando sus circuitos neuronales, mientras que los niños construyen nuevos circuitos. Por tanto, si no lo han hecho cuando corresponde, poco tendrán que reajustar en el futuro. Ahí reside la gran amenaza.

Según estudios del neurocientífico Michel Desmurget, los menores de dos años dedican 50 minutos diarios a las pantallas, casi el 10% del tiempo que están despiertos en una época de la vida en la que la interacción con los padres es esencial. En términos del lenguaje, al cabo de 24 meses el niño ha dejado de escuchar 850.000 frases. La academia de EE UU de pediatría dice que la mayoría de las aplicaciones educativas para bebés y niños en edad preescolar se caracterizan por un bajo potencial educativo, se centran en competencias mecánicas (abecedario, colores), no en avances progresivos validados, y prácticamente no cuentan con el asesoramiento de ningún especialista en desarrollo y educación.

Entre los 2 y 4 años, el consumo digital alcanza un máximo de 3 horas diarias, un 30% más que hace diez años, y supone casi la cuarta parte el tiempo que pasa despierto el niño. En un año este tiempo sería el mismo que se necesita para ser un buen violinista. Y casi el 90% de este consumo digital se realiza lejos de la supervisión de los padres. Entre los 8 y los 12 años, el tiempo dedicado a las pantallas sube a 4 horas y 40 minutos, un tercio del tiempo medio de vigilia. Y entre los 13 y los 18 años, con la generalización de los smartphones, el uso sube a 6 horas y 40 minutos, la cuarta parte del día.

Tras la primera infancia el lenguaje requiere mucho más que palabras, necesita libros y estos, atención y concentración, justo lo contrario de lo que adquiere el cerebro con las pantallas. En cuanto al espacio oral, escasea la riqueza léxica y sintáctica, porque los diálogos cotidianos activan un lenguaje pobre. Por tanto, las competencias lingüísticas del niño no se están desarrollando al ritmo previsto y cada vez le resultará más difícil alcanzar el nivel que se espera para su edad. Además, el formato fragmentario de la información publicada en internet, unido a las constantes distracciones (correos electrónicos, hipervínculos, publicidad, etc..), dificultan la concentración necesaria para comprender documentos escritos complejos. Según Microsoft, la capacidad de atención está en un proceso de descenso continuo desde hace 15 años y hoy en día ha alcanzado un mínimo histórico.

En este escenario, se necesitan trabajadores para los nuevos puestos de la economía digital que reemplacen a los anteriores, pero ¿quién se preocupa de que sepan seleccionar, organizar, jerarquizar y sintetizar el conocimiento? La red contiene todo el saber del mundo y también todo el desconocimiento, sin embargo, los algoritmos de respuesta que usan no llevan incorporado el rigor fáctico.

Carlos Balado es profesor de OBS Business School y director de Eurocofín

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