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A fondo
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Probablemente un año de transición, pero seguro que no un año tranquilo

Si no se produce un nuevo shock energético y se controla la inflación subyacente las políticas nacionales y monetarias pueden dar frutos

Santiago Carbó Valverde

El mejor video musical de 1985, en la edad de oro del videoclip. Un alocado David Byrne andaba, pero no conseguía avanzar, mientras cantaba Road to Nowhere. Como si de un gurú económico se tratara decía aquello de “bueno, sabemos a dónde vamos, pero no sabemos dónde hemos estado, y sabemos lo que sabemos, pero no podemos decir lo que hemos visto”.

Esa maraña parece a veces el panorama económico. Numerosos son los temas que pueden marcar el ejercicio recién iniciado. Lucha contra la inflación, riesgo de recesión y de aumento del desempleo, problemas energéticos o nuevas derivaciones de la guerra de Ucrania y del Covid en China (posibles cisnes negros). Todos de gran peso específico, que, como la inflación, requieren tiempo para superarlos. Es difícil esperar que este año pueda ver el fin del encarecimiento de precios o sus causas. Eso sí, será un año clave para que se puedan resolver en 2024 o 2025. Suena pesimista, pero así están las cosas. Dificultades intrincadas. Por ello, probablemente 2023 será un año de transición.

Como ocurre en el fútbol los minutos en los parece no ocurrir nada tras haber marcado un gol o haberlo encajado son trascendentales para el resultado final. Este año nos jugamos mucho en la reducción del crecimiento de precios sin que descarrile la economía. La inflación no volverá a los niveles que los bancos centrales desean (el ya clásico objetivo del 2%) hasta 2025, como señalan las autoridades monetarias. El BCE y la FED estadounidense se conjuran para que no aparezca un nuevo arreón de encarecimiento de la energía que desbarate los esfuerzos realizados. Si no acontece un nuevo shock energético y se logran mantener a raya los efectos de segundo ronda – espiral de crecimiento de salarios y precios–, las políticas aplicadas por gobiernos y sobre todo, bancos centrales, deberían dar fruto.

Estas preocupaciones son compartidas globalmente, aunque existan diferencias significativas entre países. Lo hemos podido comprobar los participantes en el multitudinario congreso de la American Economic Association (AEA), celebrado en Nueva Orleans y que finalizó este domingo. Los grandes temas macroeconómicos han ocupado buena parte de las sesiones. No se andan con rodeos en la espartana AEA, siempre convocada después de Año Nuevo con economistas de los cinco continentes. Realizarlo tan pronto en el año permite aprovechar los precios baratos de los hoteles tras las fiestas. También comenzar el año con fuerza, y con todos los desafíos en mente. El debate entre académicos y policymakers es muy intenso. El semanario británico The Economist seguramente reflejará –como en todas las ediciones– en su número de esta semana los grandes temas debatidos. Mi propia selección incluye lo que nos espera con respecto a la inflación, la probabilidad de que se materialice algún cisne negro y los riesgos climáticos.

Uno de los grandes ejes del debate es hasta donde llegarán los bancos centrales para doblegar la inflación. Preocupa y mucho la subyacente –que supera el indicador general en muchos países– y que refleja la extensión del problema a todos los rincones de la economía. Implicará dificultades mayores en la gestión de la estrategia monetaria y puede llevar más tiempo para reducirla.

En sus próximas reuniones, los bancos centrales continuarán incrementando los tipos de interés y reduciendo sus balances y la liquidez del sistema. En primavera, habrá que reevaluar. Si se ha logrado mantener la inflación a raya, y la actividad económica comienza a mostrar debilidad –llegue recesión o no–, es probable que levanten el pie del acelerador y se comience a hablar de cambio de estrategia. Incluso para algunos se podría considerar alguna reducción –aunque fuera menor– en el precio del dinero antes de fin de año. Prematuro contemplarlo. En todo caso, los bancos centrales aparentemente no cederán en el endurecimiento monetario hasta que sus medidas alcancen la suficiente credibilidad como para anclar las expectativas de los agentes económicos a un entorno menos inflacionario. A pesar de esas expectativas, el gran riesgo es que, a pesar las medidas paliativas que los gobiernos están implantando para aminorar el impacto de la inflación, se produzca un excesivo debilitamiento económico –en algunos países será recesión– que afecte negativamente el empleo. En estas circunstancias, la presión para que los bancos centrales detengan su actual estrategia antes de lograr sus objetivos, con lo que la combinación desaceleración/recesión + inflación –una suerte de estanflación– podría ganar enteros.

Los salarios no han crecido para 2023 como la inflación, por lo que una actualización de las remuneraciones para 2024 sería bastante más probable por el grave deterioro continuado del poder adquisitivo. Sabemos que eso lleva a una inflación más elevada y persistente. Por tanto, hay que confiar que la estrategia actual sea fructífera. Aunque 2023 sea un año de paso, nos jugamos los siguientes.

A escala doméstica, parece que España evitará la recesión. El encarecimiento de tipos continuará afectando al sector privado y administraciones públicas. Desacelerará el crecimiento. Siendo un año electoral –por ello, casi imposible tomar decisiones difíciles–, podría convertirse en un ejercicio casi perdido para acometer reformas de calado que mejoren la necesitada competitividad y productividad de la economía española y la sostenibilidad de sus cuentas públicas. Otra vez se posponen esas urgentes medidas. Confiemos en que el menor apoyo del BCE con nuestra deuda no afecte excesivamente a los mercados -más allá del crecimiento de tipos- que podrían ponerse más nerviosos conforme se acerque la cita electoral.

Santiago Carbó es Catedrático de Economía de la Universitat de València y Director de Estudios Financieros de Funcas

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