‘Permacrisis’, la nueva palabra del año

El diccionario Collins define el término como un largo periodo de inestabilidad e inseguridad fruto de eventos catastróficos

Con el final del año comienza la temporada de los balances, en la que florecen los llamados títulos del año. Como el libro, la película o la serie del año, hasta llegar al de persona del año, seleccionada por la revista Time desde hace casi un siglo. Este año ha sido elegido Volodymyr Zelensky, como ya lo fue, en 2007, su antagonista Vladimir Putin.

Pero, quizás, ninguna de estas elecciones representa mejor el devenir de nuestra sociedad en el último ejercicio que la de la palabra del año. Tradición que instauró a principios de los setenta la Academia de la Lengua Alemana, pero que no ha sido hasta fechas más recientes cuando ha ido ganando notoriedad, especialmente en el mundo anglosajón, donde cada diccionario de la lengua inglesa realiza su propia selección. Tendencia que finalmente desembarcó en nuestro país hace poco más de diez años con la propuesta que realiza la Fundéu de la Real Academia Española. En 2020 y 2021, no hubo sorpresas. Estos reconocimientos, tanto los internacionales como el patrio, estuvieron prácticamente copados por vocabulario y neologismos que enriquecieron la permanente conversación sobre la pandemia.

Entre los vocablos ya elegidos para representar al 2022, destaca la designación de permacrisis por el diccionario Collins. Un término que no necesitaría traslación al español, lo que facilita su posible inclusión futura como barbarismo. Collins define permacrisis como un largo periodo temporal de inestabilidad e inseguridad, como consecuencia de catastróficos (sic) eventos, entre los que señala, mediante infografía, la guerra de Ucrania, la inflación, la emergencia climática y, una vez más, la pandemia y que, como sociedad, nos acaban paralizando.

En resumen, este nuevo vocablo busca definir el escenario actual de alta incertidumbre, en el que ha aumentado la frecuencia de fenómenos adversos que afectan significativamente a la ciudadanía. Para explicar la permacrisis se puede acudir al popular ensayo El cisne negro, de Nassin Taleb, publicado en abril de 2007, pocos meses antes de que empezaran las imprevistas quiebras de grandes bancos de inversión, como Bear Stearns o Lehman Brothers, en los albores de la Gran Recesión y que, para España, casi se podría considerar como el inicio de nuestra propia e interminable permacrisis.

Taleb emplea como metáfora este llamativo animal, que, en Occidente, se consideraba extremadamente improbable, por no decir mitológico, por desconocer que vivía plácidamente en su hábitat natural australiano. De esta forma, los cisnes negros le sirven para describir fenómenos atípicos, muy improbables, pero de gran impacto socioeconómico. Siguiendo con la zoología social, la politóloga Michele Wucker prefiere hablar de rinocerontes grises. Para ella, estos catastróficos eventos no serían improbables, sino que simplemente se infravalora, de forma sistemática, la probabilidad de que ocurran. De la misma forma, que, por desconocimiento, se habla de rinocerontes blancos o negros, cuando realmente todos suelen estar tintados en distintas tonalidades grises.

Posiblemente, la complejidad actual sobrepase la capacidad de síntesis de las metáforas animalistas, ya que parece que estamos experimentando un incremento brusco en las probabilidades de diferentes eventos potencialmente catastróficos. Entre otras, por las siguientes dos razones. Echando mano del socorrido refranero, podríamos denominar a la primera como la filia del perro flaco por las pulgas, dado que algunos de estos desdichados eventos no son sucesos completamente independientes entre sí, sino que su probabilidad de suceder se ha incrementado al estar condicionada a los que iban sucediendo previamente. Un ejemplo de ello podría ser la inflación actual, que difícilmente hubiera escalado tan alto y tan rápido durante 2022, si no fuera por otras desdichas previas, como la invasión de Ucrania o, incluso, la propia pandemia, con sus problemas en las cadenas de suministro y las necesarias medidas de política expansiva, especialmente en Estados Unidos.

En segundo lugar, éxitos económicos globales habrían ayudado a generar una macrogranja intensiva de cisnes negros con los que alimentar la permacrisis. Especialmente, los notables logros en la globalización de los flujos de capitales, mercancías y personas, enumerados de mayor a menor intensidad. Por un lado, el primer flujo, los capitales, podría estar aumentando la intensidad y frecuencia de las crisis financieras; por otro lado, el segundo, las mercancías y sus cadenas de producción global en productos sensibles, como los semiconductores, puede convertir una crisis de producción local en un grave problema de suministro internacional; y finalmente, el tercero, el transporte de personas, empezando por los más de 4500 millones de pasajeros aéreos pre-covid, que multiplica la velocidad de propagación de un nuevo virus. Además, el alto desarrollo económico mundial, propiciado de forma conjunta por los tres flujos antes mencionados, estaría incrementando el calentamiento global y, por tanto, la probabilidad de sucesos climáticos extremos. Todo ello sin contar con el hecho de que los complicados nuevos retos sociales, por los aspectos no resueltos de la globalización y la mejorable distribución de sus ganancias, estarían incrementando la probabilidad de respuestas nacionalistas abruptas, como el Brexit.

La incertidumbre no nos permite saber ni cuándo ni cuál será el próximo suceso adverso significativo, aunque no nos faltan lúgubres candidatos, desde el cripto-apocalipsis hasta una escalada de la tensión en el estrecho de Taiwán. También es pronto para evaluar o predecir los efectos socioeconómicos a largo plazo de la permacrisis. Sin embargo, el primer resultado es ya evidente. Concretamente, unas administraciones públicas, desde las locales a las europeas, reforzadas, que hacen frente a nuevas demandas de una ciudadanía que busca cobijo y guía cuando el cielo se desploma sobre sus cabezas, a la vez que deben promover un reparto socialmente justo de los costes de la cada adversidad, protegiendo especialmente a los más vulnerables. Todo ello sin olvidarse de promover nuevas infraestructuras para la independencia energética o fomentar nuevas capacidades estratégicas industriales en productos tan dispares como el armamento, los insumos sanitarios o los semiconductores.

En resumen, habrá que esperar un año más, y ya van tres seguidos, para encontrar más consuelo económico en la elección de las palabras.

José Ignacio Castillo es Catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla